LOS TRILEROS FILOLOGOS

Dos páginas de los diarios de la semana pasada ilustran meridianamente las diferencias entre el compromiso de un intelectual de la vieja escuela, la ilustrada, y el de otro, en este caso militante típico de un partido político, aunque los dos se dediquen al mismo vicio de la escritura. El primero dice lo que piensa, se retrata, no nada y guarda la ropa, no entra a considerar posibles beneficios de sus palabras para propios ni extraños, pues no tiene otro enemigo que la falsedad, las medias verdades o las calculadas omisiones intelectuales; el segundo piensa lo que dice siempre al servicio de sus previas fidelidades, y refrena o anestesia su juicio a fin de no «dar argumentos» al enemigo, es decir, a otra formación política. El primero debe asumir el papel de invitado temido, detestado e incómodo para todos los poderes; el papel del segundo es el del cómplice necesario, mimado y adorado por la respectiva parcela de poder, siempre y cuando se atenga a un guión que en ocasiones él mismo inspira y tutela con sus palabras y con sus silencios legitimadores.

El tremebundo varapalo al PP de Gregorio Morán en su última Sabatina intempestiva (La Vanguardia, 20 de enero), pertenece, por su argumentación a pecho descubierto, a la primera categoría crítica.También señalaré que, así formulada, la lucidez no es fácil de manipular por ningún enemigo. Vean, si no, las durísimas palabras con las que Morán cierra machadianamente su texto: «Queda (...) esa pelea racial, moral, a garrotazos entre el sangriento macizo de la raza, nunca extinguido, y el vendedor de humo con el lirio en la mano y la sonrisa estúpida en la boca. Cualquiera de los dos amenaza con helarnos el corazón.»

Por el contrario, las declaraciones de Alfonso Sastre (Cultura, El Mundo, 19 de enero) pertenecen a la categoría intelectual de la más obvia, y a mi juicio patética, de las complicidades.Como mínimo, el dramaturgo no intenta camuflar sus fidelidades.Algo es algo. Pero su frase es canónica, literalmente de antología o de campeonato: «Yo había sido crítico con la URSS, aunque callara para no dar argumentos a los imperialistas». ¿Qué quiere decir el escritor cuando dice que, callando, había sido crítico? ¿Que reservaba sus críticas al gulag a la intimidad de la alcoba o de los aseos? ¿O está pidiendo que no se le confunda con un tonto panoli?

No, no hay riesgo de confusión. Sus palabras se limitan a revelar complicidad y cálculo. Permítanme invertir ideológicamente tan brillante frase: «Yo fui crítico con el nazismo, pero callé para no dar argumentos a los enemigos de Alemania», «Yo estaba en total desacuerdo con el franquismo, pero callé para no dar argumentos a comunistas, judíos ni masones», «Yo detesto a Bush y su degradación de derechos civiles, pero callo para no dar argumentos al islamismo radical», «Yo condeno la despiadada asfixia israelí del pueblo palestino, pero callo para no dar argumentos al racismo antisemita»...¿Queda así más claro?

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