EL VOYEUR
Obvio por cargantes las explicaciones entre líricas y psicoanalíticas que Jesús Quintero ofrece sobre su abandono de antiguas identidades artísticas como El loco de la colina, El ratón colorao y El lobo estepario y haber decidido a partir de ahora asumir su reencontrado yo. Todo ello para explicar las trascendentes razones de que su nuevo programa, o sea, el de siempre, se llame Quintero. Tampoco presto excesiva atención a sus rituales discursos humanistas y poéticos sobre las personas y las cosas. Toda esa parafernalia filosófica tendrá su ancestral y entregado público, pero no soy yo.
Pero sí espero que este excepcional comunicador utilice su genuina magia para que los mudos hablen y desnuden su privacidad ante los sorprendidos o embelesados espectadores. Quintero también pretende ser selectivo al afirmar: «Quiero un público que cuando está despierto, está más despierto que la mayoría». El anhelo es lícito pero no sé que opinarán al respecto los financiadores de su nuevo invento, colocado en horario de lujo. Puede ocurrir que si el depredador share no se enamora de él, los espectadores de calidad que ama Quintero, se queden a dos velas, y los prosaicos fenicios sustituyan el encanto de la palabra por cualquier gilipollez cantarina, bailarina o esctrictamente hepática, de las que tanto le gustan a los que están dormidos aunque estén despiertos.
Y la cosa empieza bien. Vino, jamón, queso y tortilla, cositas entrañables de la tierra para crear relajante atmósfera y torrencial expresividad con una pareja guapa, famosa, rica y feliz. Antonio Banderas se presta a ejercer de traductor con lo que cuenta su enamorada esposa, la maravillosa comedianta y muy atractiva protagonista de «Algo salvaje» y «Armas de mujer». La gatuna Melanie Griffith, todo dulzura, sonrisa y buen rollo, sólo pierde los papeles cuando susurra: «Que se joda Bush», pero enseguida rectifica o matiza su incendiario deseo. Antes ha contado que lo que más le gusta de España es la forma de relacionarse que tienen sus habitantes. Está claro que no es asidua u ocasional oyente de la emisora bendecida permanentemente por Dios, la fe y la razón.
Todo fue demasiado indefendible en la tenebrosa historia de Farruquito. Pero Quintero, el confesor más dotado y persuasivo, le ofrece la palabra al satanizado y condenado. Él admite su culpa y la justicia de su cárcel, pero pide respeto para su desolación, para que los buitres no agudicen más el peso terrible que va a soportar su conciencia durante el resto de su vida. Escohotado siempre derrocha conocimiento, mordacidad, irreverencia y clase. Juntarlo con el tal Matamoros no me pareció una idea feliz, ni siquiera surrealista, solo grotesca. Tampoco logra conmoverme ni afiliarme la certidumbre de Quintero de que « el éxito aburre y la fama cansa, lo único que perdura es la obra». ¡Venga ya, tío!
© Mundinteractivos, S.A.

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