“La Historia a menudo es producto de la irreflexión. Es una hija bastarda de la estupidez humana, el fruto de unas mentes obnubiladas, de la idiotez y de la locura”. Ébano.

Conocí a Ryszard Kapuscinski gracias a los premios Príncipe de Asturias. A veces, hasta los galardones tienen utilidad. Desde entonces, he devorado los libros y artículos de este genial periodista, corresponsal, pensador e historiador polaco. Aunque él se definía como un simple reportero, lo cierto es que pocas personas han retratado y reflexionado de una manera tan valiente, directa y lúcida al ser humano de la actualidad y su mundo. Esta semana ha muerto este gran hombre y, ensombrecido por Pe y De Juana, apenas ha sido recordado en nuestro país. Quizás porque su sensatez choca demasiado con el caos y la estolidez que nos domina.

Kapuscinski no era un corresponsal cualquiera. Cuando iba a un país nuevo, no se alojaba en un hotel de lujo. Se adentraba en la ciudad de destino hasta la realidad más cruda. En Lagos, Nigeria, vivió en un piso situado en uno de los peores barrios a pesar de las advertencias de los occidentales. Así, conoció aquella ciudad mejor que ningún “hombre blanco”. Desde esa cercanía escribió Ébano, el mejor y más revelador libro que se ha escrito sobre la África del siglo XX. En él, en breves relatos, el periodista polaco habla de Idi Amín, del mayor cementerio de armas del mundo, de los “sintecho” sin destino de las grandes ciudades africanas, de un “naufragio” automovilístico en pleno Sahara, de mil pequeñas historias que en conjunto forman un libro imprescindible, una reflexión sobrecogedora sobre el continente africano.

Porque Kapuscinski cuenta hechos, describe personas, se centra en los detalles para conseguir que el conjunto de sus palabras esté lleno de humanidad y lucidez intelectual. Fiel a la realidad, crudo en sus palabras, misántropo en muchas de sus opiniones (“El hombre es malo por naturaleza y encuentra un deleite pecaminoso en caer en todas las tentaciones, sobre todo en las de la desobediencia, la codicia y el apetito carnal. Porque dos son los anhelos vehementes que dominan el alma: el de la agresión y el de la mentira. Si no se le deja hacer daño a los demás, ella se autocastigará; si no encuentra a nadie a quien mentir, se mentirá a sí misma”. El emperador), al final siempre encuentra algún modo de embellecer a las personas y las situaciones. Es periodista, y cuenta las cosas como son, pero en su obra domina el espíritu utópico de quien, sin tener esperanza, espera que al final las cosas mejoren.

Así, la obra de Kapuscinski le sitúa en la senda de esos grandes hombres que han tenido sentido común y muchas ganas de cambiar las cosas, y que han terminado pagándolo. Hombres como Sócrates, Jesús de Nazaret, Giordano Bruno, Miguel Servet, Don Quijote, Oscar Wilde... Kapuskinski, no obstante, sobrevivió a la dictadura comunista, a la revolución islámica de Irán —fue el único corresponsal occidental que la presenció en directo—, a multitud de guerras africanas, a viajes en condiciones pésimas... Quizás decía tantas verdades con tan pocas opiniones que eran demasiado ciertas para condenarle. Porque Kapuscinski ha muerto a los 75 años.

Su obra en español no es todo lo extensa que debería. Publicada por la siempre acertada editorial Anagrama, destacan el ya citado Ébano, Un día más con vida, un desgarrador retrato de la guerra civil angoleña, El sha o la desmesura del poder (“El poder genera dinero, siempre fue así desde que existe el mundo”), El emperador, su retrato histórico-periodístico de Haile Selassie, un dictador que es un dios para muchos, y Viajes con Heródoto, una delicia sobre su oficio, la Historia y la vida humana.

Cualquier texto de Kapuscinski es recomendable. Era un genio, una pluma veloz y certera. Su muerte no debe pasarse por alto. Hace cien años, la pérdida de alguien como él también entristecía. El problema es que ahora no se intuye a nadie que pueda sustituirle. Tememos la extinción del delfín común, pero nadie habla del peligro que corre la excelencia. Con Kapuscinski muere un escritor excelente, un pensador insigne, un ser humano extraordinario. Y al resto sólo nos queda leerle y llorar nuestra orfandad.

P.S.: Hacia el final de Viajes con Heródoto se puede leer: “La absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír. De ahí que la aparición de un personaje como Heródoto —un hombre poseído por la pasión, la manía y el ansia de conocer, dotado además de inteligencia y de talento para escribir— entre enseguida en los anales de la historia universal”. Magnífica reflexión sobre la Humanidad, inmejorable epitafio para alguien que ya es un clásico.

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