CANELA FINA
Se acercó a mi mesa en el comedor del Hotel Reconquista, en Oviedo, me tendió la mano derecha, se atusó con la izquierda la calva titubeante, abrió la sonrisa y me dijo en razonable castellano:
- Me alegra volver a verte.
Conocí a Ryszard Kapuscinski en Varsovia, en los últimos setenta, cuando acudí allí como presidente de Efe para despejar la presencia de la agencia en Polonia. Hablamos sobre todo del Africa negra. Él trabajaba en la agencia de noticias oficial de su país y me dejó tocado al referirse a mi libro La Negritud, que había leído y citó en varias de sus obras. Como decía el inolvidado Luis Calvo, a la gente se la gana alabándola, pues la persona más inteligente, aunque no se trague el elogio, al menos lo paladea. Era Kapuscinski un gran profesional del periodismo. La sangre de la noticia le corría por las venas. Era también un hombre bueno en el buen sentido machadiano de la palabra. Yo le admiraba antes de recibir sus deferencias.
Se sentó a mi mesa y añadió, con esa franqueza que era, tal vez, su cualidad más acentuada: «Ha sido una satisfacción este Premio y más aún estar en la misma lista contigo y con Indro Montanelli. También con Steiner y con Enzensberger. Pero sobre todo con los periodistas. El periodismo es mi vida entera. Siempre he respirado periodismo».
El Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades es como una cofradía. Los que hemos tenido la suerte de ganarlo conversamos con frecuencia y nos sentimos embarcados en la misma nave. Kapuscinski estaba contento como una perdiz aquellos días del otoño de 2003, en Oviedo, con su Premio Príncipe de Asturias y con el ambiente único que ha sabido crear la inteligencia y la sensibilidad de Graciano García. Yo gané el Premio en 1991; Indro, en 1996; Kapuscinski, siete años después. Montanelli murió pasados los noventa años. Ricardo ha desaparecido esta semana, cuando le quedaba mucho tiempo de avidez creadora por delante. Tuve amistad sostenida con Montanelli. A Kapuscinski le traté poco pero recorrí en trabajo profesional las mismas guerras que él, las mismas crisis, las mismas tierras duras del hambre. Fuimos agencieros a la vez y eso deja huellas que no se borran. El gran periodista polaco escribió magistralmente sobre los destronamientos del Sha de Persia y de Haile Selassie, rey de reyes y león de Judá. Vibraba con la noticia. Lo demás era para él el fleco del periodismo, incluso los varios libros decisivos que deja escritos, sobre todo Ébano, donde plantea el gran desafío del siglo XXI: la justa distribución de la riqueza mundial, que su amigo admirado, el Papa Juan Pablo II, desmenuzó en la Sollicitudo rei socialis. No he leído, por cierto, el libro al que se refiere Joaquín Estefanía en su excelente artículo necrológico: Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar). Pero lo encontraré para bebérmelo.
Ha muerto, en fin, un sabueso, un periodista de raza callejera, con la nariz siempre pegada a la tierra, rastreando el olor de la noticia en los más diversos estercoleros del mundo y en las escombreras políticas e intelectuales de Europa. Difícil explicar a los lectores de EL MUNDO la consternación que me produce contemplar la caravana de tantos amigos, de tantos compañeros de profesión, que se van, uno tras otro, dejando cada vez más escuálida a mi generación. En tiempos de la dictadura de Franco, escribí que en España esa generación, la de Kapuscinski, a la que yo pertenezco, fue la generación del silencio.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
© Mundinteractivos, S.A.

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