Desde tiempo inmemorial, los seres humanos se han acercado a las sustancias psicoactivas para experimentar los efectos que tienen sobre su cuerpo y su mente. Y con el paso de los años y los sucesivos sistemas económicos, la mera experimentación ha ido desembocando en adicciones fomentadas por, y generadoras de, lucrativos negocios. De la heroína a la cocaína y del cannabis a las drogas de diseño, pasando por el alcohol, el tabaco y los tranquilizantes, el contexto occidental del siglo XXI está impregnado del uso y abuso de compuestos adictivos.
Se realizan encuestas sobre la cuestión y se nos informa de los resultados obtenidos: cuáles son las sustancias predominantes, qué diferencias hay entre los sexos, qué grupos de edad aparecen como más vulnerables.
Entre otras constataciones vemos que, si hace unas décadas el consumo de heroína causaba el mayor número de ingresos hospitalarios y de decesos, actualmente la infeliz antorcha ha sido traspasada a la cocaína. Pese a hacerse evidente que no se trata de una droga inocua -que incluso había sido bien vista en contraposición a la patética heroína-, su consumo no deja de incrementarse. Se ha duplicado en los últimos seis años, hasta el punto de que un 50% de los adictos que requieren ayuda para desintoxicarse lo son de la cocaína. A su vera se hallan las pastillas anfetamínicas, el cannabis, las bebidas alcohólicas, los sedantes. Ilegales unas drogas, convencionales las otras, todas abocadas al riesgo.
Conocemos el porqué de la oferta; hemos de preguntarnos el porqué de la demanda. Es por dinero por lo que se tienta a los escolares con marihuana a la salida de los centros (siendo difícil entender que la policía no detenga a los vendedores); es por dinero por lo que corren las pastillas, el polvo blanco y el alcohol en muchos lugares de ocio juvenil; es por dinero por lo que resulta dable dispensar tranquilizantes adictivos sin receta. Ahora bien, ¿por qué se responde a este mercadeo?
Suele decirse que los adolescentes ceden a las drogas por curiosidad e inexperiencia, pero también es cierto que están avisados de las consecuencias. ¿O acaso no lo suficiente? A otras personas, ya crecidas, no les importa el peligro si a cambio consiguen maquillar una vida incolora, aunque luego se den de bruces en la miseria. Y aún existe otro apartado específico, el de las mujeres que toman fármacos sin control.
Un informe del Ministerio de Sanidad revela que el uso femenino de tranquilizantes y somníferos sin receta ha experimentado un crecimiento del 57% en sólo dos años. ¿Qué malestar, qué desequilibrio emocional les lleva a necesitar de drogas para echar adelante? Puesto que de eso se trata, de seguir con los propósitos de cada día, con las obligaciones tocantes a la familia y al trabajo. Entre el consumo masculino y el femenino existe una diferencia del 2,2% a favor de ellas, malhadada distinción. ¿Desengaño, cúmulo de obligaciones, autoexigencia, debilidad emocional?
¿Se sucumbe a los hipnóticos, estimulantes o alucinógenos por desconocimiento del poder adictivo de la sustancia, por sobrevaloración de la propia capacidad de resistencia, por mimetismo entre los jóvenes? Quizá exista un deseo expreso, consciente o no, de hundirse en el aturdimiento. El mercado de las drogas y el irrefrenable consumo del otro comercio, el de banalidades, forman una conjunción que impide vivir con los ojos abiertos y la conciencia despierta. Todo bajo la capa de la libertad de empresa y la libertad de elección.

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