SEXO EN BCN
Hace un par de noches me contaba una amiga: «La primera vez que mi chico me pidió estimulaciones traseras me sorprendí. Ya sé que en esto del sexo todo vale, y pensar que hay limitaciones es de parias». Debe tener razón, porque eso dicen los intelectuales, los cantantes bisexuales, los chicos de Gran Hermano y muchos de los colegas profesionales que gritan en las mesas de coloquio televisivo destripando al que se deja destripar. Que si una o uno pone límites es como que no está al día y es producto de una educación reprimida porque lo que importa es el placer y lo del género es un espejismo sociópata.
Mi amiga accedió a la solicitud de su compañero. No por autocomplacencia, sino porque causar placer al otro es tan estimulante como recibirlo y en aquel momento era lo que tocaba. «Estuvo bien, para qué negarlo», siguió, «consiguió que me aficionara y lo que en principio fue sorpresivo se convirtió en parte de nuestro día a día sexual».
Curiosamente, al día siguiente de esta escena mantuve otra conversación con un amigo que acaba de cumplir los 30. Hizo la misma confesión que había yo escuchado a muchos hombres hace 20 años. Dijo: «A mí, con sólo comentarme el tema, lo primero que se me ocurre es comprimir el esfínter cerrando literalmente cualquier posibilidad de penetración. Creo que llega a dolerme con sólo imaginarlo.Y si estoy con una chica y roza en las cercanías se me eriza el vello, doy media vuelta y la erección desaparece por arte de magia. Bueno, por arte del terror que me produce imaginar que esa parte de mi cuerpo se puede usar para algo más que no sea pura biología de evacuación».
Seguramente me pasa por ser mujer, pero si algún hombre lee esta columna, quiero que sepa que si resulta difícil comprendernos a nosotras, comprenderles a ellos es tarea titánica. Unos lo piden, otros lo exigen, muchos lo rechazan, algunos lo desean y lo temen a la vez Hay de todo, pero siempre son imprevisibles.
«Aquel tipo que me lo pedía», acabó contándome mi amiga, «me preguntó un día: '¿Tú crees que es normal que me guste?'. Ahí sí que aluciné. '¿Qué quieres decir con normal?', le pregunté.'No sé', dijo, 'que no tenga yo algo de homosexual'. Creo que en aquel momento empezó una crisis de pareja de la que ya no salí hasta que terminó la relación unos meses más tarde».
Me acordé de un monólogo de Antonia Sanjuán. «Tengo amigos gays, y vuelan por la casa», decía. A mí se me ocurre: «Tengo amigos héteros, y aterrizan como pueden». Aterricen pues, señores, que el día que prueben lo de las estimulaciones traseras, igual les gusta. Pero, por favor, no crean que por eso han de dejar de ser héteros; y si se pasan al mundo gay, tampoco crean que han de dejar de ser hombres.
anna.alos@yahoo.es
© Mundinteractivos, S.A.

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