Ayer se cumplió un año de la grabación de un disco hermoso y sereno, tanto en la letra como en su música: Altres cançons a Mahalta,del Xavier Monge Trio & Carme Canela (Quadrant Records/ Discmedi). En él, Monge, pianista y compositor, pone música a poemas de Màrius Torres, el autor prematuramente fallecido a la edad de treinta y dos años, siendo un poeta inédito.
Me pasé un fin de semana delicioso, con esa voz de Canela que te va meciendo hasta que, de un sacudión, te saca de tus ensoñaciones, y que tanto sirve para recrear estándares de jazz como para bordar títulos clásicos de la canción. Arropada por el contrabajo de Ignasi González, la batería de David Xirgu y el piano de Xavier Monge - cuya interpretación tiene a veces algo de las de Bill Evans, y cuyos arreglos recuerdan bastante el color de los de otros compañeros de género como Manel Camp o Kitflus-,Canela da voz a los versos de ese hombre que escribió en uno de sus versos: "Si no estuviera triste, nada sería tan bello".
La selección de los poemas corre a cargo de la máxima autoridad en la obra de Torres, Margarida Prats, que ya preparó la edición de su poesía completa para Edicions 62 (1993; nueva edición de 1998). Ese libro, Poesies i altres escrits,cuenta con un magnífico prólogo de Pere Gimferrer, que abunda en cuestiones como la intemporalidad de su poesía - que no tiene nada, sin embargo, de anacrónica-, su estilo deliberadamente noble y el empeño fundamental de su verso: la búsqueda de cierto absoluto.
La verdad es que entre Monge y sus chicos, la temperatura alta de la voz de Canela (con ese tinte arábigo en la interpretación de Els núvols)y las sabias palabras de Gimferrer, me entraron ganas de revisitar - como se dice ahora, usando de anglicismo- la poesía de Màrius Torres, quien en cierta ocasión se definió así: "Soy esencialmente esa cosa absurda: un poeta lírico".
Quince días atrás les hablaba de Vinyoli, mi poeta catalán preferido. Torres no se cuenta entre mis predilecciones máximas, y aun así releer su poesía me ha devuelto no sólo el buen humor - muy a pesar de su tono, a menudo sombrío (llega a crear el adverbio mortament)y casi siempre taciturno-, sino que me ha recordado que la poesía debe - no sé si ante todo, pero debe- dar un reflejo en palabras de la belleza del mundo. Un reflejo convincente. Torres construyó un tipo de poema de raíz básicamente simbolista, muy ceñido al estrofismo baudelairiano (preferencia por el verso alejandrino, tan francés), de ecos ribianos (Carles Riba fue su maestro patrio). Para mi gusto, resultan caducos algunos conceptos (sauces, violetas, lirios, cisnes..., esto es, flora y fauna simbolista por excelencia; pero también esa ribiana insistencia en la noción de pureza). Pero qué duda cabe de que su poesía debe citarse entre las mayores que ha producido nuestra lengua en el siglo XX.
Margarida Prats ha seleccionado once poemas de Torres: dos acaso muy conocidos; el resto, mucho menos. Curioso: el de Lleida fue un poeta que se refirió en numerosos versos propios a la música. Sus dos primeras poesías canónicas están escritas bajo motivos musicales (de Händel y Corelli). Rimó a Schumann con perfumen.Pidió, en un celebrado verso, que su alma fuese la cuerda de un laúd. En suma, concedió al arte musical la máxima representatividad en el trato con la sensibilidad humana y la portavocía ante los grandes temas del alma. Tanto es así que escribió, en un par de versos de hondura leopardiana, que la música hacía penetrar en su pequeño corazón nada menos que el infinito.
Esta joya del trío de Monge& Canela nos acerca el alma madura de Màrius Torres, no para "ben morir", como escribiera, sino todo lo contrario: para volver a sentir la huella de su palabra profunda y emocionante, para compartir su visión lacerante de la vida y aun así prendida de la belleza del mundo.

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