De modo que los peores años de pesadilla pueden haber empezado una vez más... Miles de manifestantes -combates de cristianos contra cristianos en el norte de Beirut, de musulmanes suníes contra chiíes en la capital, lluvias de piedras, aullidos de odio e incluso algunos disparos- convirtieron ayer Líbano en un campo de batalla.

En la misma esquina de una calle con la Corniche Mazraa pude observar una escena a propósito de la cual tal vez los historiadores afirmen en el futuro que constituyó la primera jornada de la nueva guerra civil de Líbano: inmensas turbas de jóvenes, partidarios y opositores del Gobierno de Fuad Siniora, profiriendo injurias y arrojándose decenas de miles de piedras mientras un soldado libanés se sentaba sollozante a mi lado. En el caso de las fuerzas armadas de este país sumido en la tragedia, la delgada línea roja -algunos soldados de hecho van tocados con boinas rojas- se traza de nuevo entre un futuro para Líbano y la locura del enfrentamiento civil.

Después de vivir 31 años en este país, nunca creí que llegaría a presenciar nuevamente lo que presencié ayer en las calles de Beirut, atestadas de miles de musulmanes chiíes y suníes; los primeros en apoyo de Hizbulah y los segundos del Gobierno, liderado en su día por el ex primer ministro asesinado Rafiq Hariri, lanzándose piedras y trozos de metal los unos a los otros. Iban destrozándolo todo a su paso: señales de tráfico, paneles y vallas publicitarias, cristales de las ventanas del banco junto al que nos guarecíamos varios soldados libaneses y yo mismo. Una y otra vez, los soldados intentaban desesperadamente separar a los grupos de jóvenes enfrentados. Algunos chiíes, miembros de Amal, leales (el cielo nos proteja) al presidente de la Cámara, vestían capuchas, pañuelos y antifaces negros, muchos de ellos provistos de grandes porras y garrotes.

Sus predecesores en el mismo escenario - sus padres, tal vez- ya vestían de esta guisa hace 31 años cuando luchaban en estas mismas calles, persuadidos todos de la justicia de su causa. Tal vez vestían incluso las mismas capuchas. Algunos soldados disparaban al aire gritando a quienes lanzaban piedras: "¡Por amor de Dios, deteneos!", gritó un soldado. "¡Por favor, por favor!", imploraba, sin que la multitud le prestara oídos. Los manifestantes se insultaban mutuamente ( "¡animales!"), lanzándose obscenidades. A un lado de la calle unos grupos blandían retratos del líder de Hizbulah, el jeque Hasan Nasrala, y de Michel Aun, el ex general cristiano aspirante a la presidencia y aliado de Nasrala; al otro lado, los suníes blandían por su parte un retrato de Sadam Husein. Así se extendió ayer a Líbano el cáncer iraquí. Fue una jornada de deshonra.

Desde todo Líbano llegaban informes relativos a víctimas - tres muertos y 133 heridos-, en tanto las autoridades del país escribían la última noche su relato particular de la moderna historia de Líbano a previsible buen ritmo.

Nasrala, héroe de la guerra del último verano con Israel - o al menos eso le gusta creer-, aparecía exigiendo la dimisión del Gobierno, mientras Fuad Siniora y sus colegas, atrapados en el serrallo turco, en el centro de la capital, calificaban los tumultos de "intento de golpe de Estado" promovido por Siria e Irán.

Sin embargo, no es tan sencillo. Por un lado, están los chiíes: los oprimidos, los pobres y desposeídos, los permanentemente ignorados por los figurones del Gobierno libanés - porque téngase en cuenta que en cierto modo se trata también de una revolución social-; por el otro, la población suní, tan querida de Hariri, así como los drusos y los cristianos, aún fieles a las fuerzas libanesas aliadas de los israelíes en 1982, que asesinaron a los refugiados palestinos de los campos de Sabra y Chatila, como asimismo una mayoría de libaneses inocentes, votantes a favor de la subida de Siniora al poder.

Mi chófer Abed y yo mismo tratamos de llegar al aeropuerto, pero nos dificultaban el paso densas columnas de humo negro que ascendían al cielo desde hogueras de neumáticos en llamas. Pudimos avanzar unos cinco kilómetros en dirección a la terminal, pero topamos con las fuerzas de Hizbulah que protegían tanto las instalaciones como a los soldados libaneses que allí montaban guardia. Cuando volvíamos, Abed intentó sobrepasar los neumáticos en llamas, pero tropezó con una rueda ardiendo que se nos metió debajo del vehículo: las llamas acariciaban golosas la carrocería y las ruedas de nuestro coche mientras una nube de militantes de Hizbulah no paraba de proferir insultos.

Siniora condenó el tumulto la noche pasada, y solicitó una reunión urgente del Parlamento. Aún proyecta asistir a la cumbre de París. Pero ¿cómo piensa llegar al aeropuerto? "No vamos a achantarnos", afirmó ayer Nasrala, añadiendo: "No retrocederemos" .

Sin embargo, debería haber acudido a la Corniche Mazraa: por todo Beirut, los militantes de Hizbulah, la mayoría con pantalón y camiseta negros (es el mes santo de la Ashura, ¿no?) habían bloqueado las calles ante la mirada de las fuerzas armadas libanesas. Se trata, en buena parte, de fuerzas chiíes - la mayor comunidad de Líbano-, obligadas sin embargo a luchar en las calles.

Mientras me sentaba con los soldados bajo las piedras que silbaban y estallaban en pedazos - muchas de ellas lanzadas desde las azoteas de edificios cercanos de ocho plantas-, me fijé en sus decaídos semblantes. Uno se arrodilló, vomitando. Otros parecían casi vencidos por el gas de sus propias granadas, estérilmente disparadas contra la multitud. Desde luego, no se trataba de manifestaciones del tamaño y estilo Belfast o Gaza.

Los manifestantes seguían expresando su odio recíproco bajo el cielo de Beirut. Al cabo de un rato, un coronel del ejército libanés cruzó la avenida, un hombre elegantemente uniformado sin chaleco antibalas: avanzaba impávido entre los grupos enfrentados mientras las piedras retumbaban contra su casco y daban además en varias partes de su cuerpo. Y entonces, los soldados que me rodeaban echaron a correr para rodearlo donde se encontraba, entre fuerzas enemigas.

Personalmente, no me caen bien los periodistas que simpatizan con las fuerzas armadas. No me gustan los ejércitos. Sin embargo, este hombre me pareció ayer el símbolo de lo que media entre Líbano y el caos. No conozco su religión. Sus soldados eran suníes, chiíes y cristianos - así lo comprobé-, todos con el mismo uniforme. Y me pregunté: ¿podrían seguir unidos bajo el mando cuando sus hermanos y primos, o algunos de ellos, podían contarse entre los manifestantes? Pues permanecieron unidos. Algunos sonreían incluso mientras gritaban a los encapuchados, algunos de ellos, demasiado jóvenes como para haber conocido la última guerra civil, suplicándoles que pusieran fin a la violencia. Vencieron en el intento.

Por esta vez. Pero ¿qué pasará hoy?