ESTÁ convencido. Quizás aún no se trate de una estrategia, con sus tiempos y sus fórmulas, pero a todas luces es fruto de una decisión, interiorizada tras un proceso personal de escucha, análisis y reflexiones: ha decidido ir a por Zapatero. Sin piedad, a la yugular, de un modo terminante y definitivo. A un año de las elecciones -en la previsión más larga-, Rajoy ha considerado llegado el momento de atacar con todo lo que tiene. Va a jugar su órdago sin ambages. Con toda la artillería.

El aspirante tiene sangre en las pupilas y escupe fuego. Ha visto tambalearse a su oponente y no piensa dejarle un respiro. En alguna parte hay encuestas, sondeos, estudios de opinión que detectan la debilidad del presidente, la licuación de su escaso crédito, una percepción progresiva y constante de que el país va a la deriva, sin rumbo ni pulso. Rajoy es tímido y de natural moderado, pero se siente decepcionado personalmente por Zapatero y ha alcanzado la convicción de que tiene que poner pie en pared. El hombre sensato, el político con sentido de Estado que lleva dentro se ha rebelado contra su propia prudencia táctica. La tromba crítica del día 15 en el Congreso no fue un calentón: fue un punto de no retorno.

Lo dijo ayer en el Foro de ABC: «El debate sobre si soy más duro o menos es una tontería, un enredo, ganas de no decir la verdad. Lo importante, lo grave, es que no hay Gobierno, que el Estado se degrada, que se han roto las reglas básicas del juego democrático. Esto no hay quien lo aguante». Y a partir de ahí, ha sacado el mazo y se ha convertido en un bulldozer, un martillo pilón, un ariete. Quiere ganar por KO, demoler al adversario, sacarlo del ring, dejarlo hecho unos zorros, abrirlo en canal delante del electorado. Está convencido de que tumbar al presidente es una prioridad nacional, y se la va a jugar en un ataque torrencial, a cara de perro.

Su diagnóstico es feroz. «Tenemos un Gobierno ignorante, incompetente, al que se le ha ido el país de las manos y además no le importa». «Hay una absoluta ineficacia para resolver los problemas que preocupan a la gente normal». El alma burguesa del registrador de la propiedad apela al sentido común para proponer una alternativa razonable a la desquiciada agenda de un presidente al que hasta algunos de los suyos empiezan a contemplar como un político sin brújula. Su propuesta es la de un hombre perplejo que se subleva ante la trivialidad ambiental y pega un puñetazo de inconformismo sobre la mesa.

No tiene vuelta atrás, ni parece quererla. No teme pasarse de rosca ni asustar a un pueblo pancista y anestesiado por las éticas indoloras; sabe que le acusarán de nihilista y de apocalíptico, pero ha decretado por su cuenta el estado de emergencia y va a llevarlo a los últimos efectos. Es su apuesta definitiva, un envite tajante y frontal que sitúa la escena política española en una temperatura de fusión. Al rojo vivo.