LA LUCHA CONTRA ETA DESPUÉS DEL ATENTADO DE BARAJAS

La onda expansiva de la bomba de Barajas sigue agitando la vida política española. La trágica brutalidad del atentado ha provocado un pernicioso efecto: movilizar los sentimientos irracionales de miedo y odio. La rabia, la sensación de impotencia ante una violencia que parece querer eternizarse, han presidido lógicamente las conversaciones, las disputas, las manifestaciones. Son ya muchos años de soportar la agresión y las amenazas del mundo etarra y, tras estos últimos meses de tregua, el nuevo zarpazo ha tornado la esperanza en desesperación. Sin embargo, pasado el primer efecto traumático es necesario hacer un esfuerzo para escapar de la espiral pasional, porque si hay una lección que la historia tiene bien enseñada es que, en la vida política y social, las pasiones desatadas suelen conducir al desastre. Es precisamente en los momentos más trágicos y difíciles cuando hay que mantener la cabeza fría para que los pasos que se den conduzcan a la superación de la crisis, no a agudizarla.

En la mayoría de los análisis realizados tras el atentado de Barajas se ha insistido poco en el hecho de que ETA no buscaba víctimas con su bomba. Es evidente que, en términos morales, colocar centenares de kilos de explosivo en un aeropuerto y quejarse luego de que haya muertos resulta de un cinismo insoportable: si no se quiere matar no se pone semejante bomba en una zona de paso de miles de personas, por mucho que se avise antes. Pero en términos políticos, ese cálculo deshumanizado de ETA nos dice que la organización terrorista se encuentra hoy en una situación que no esperaba. ETA es pues la primera descolocada tras el atentado. Y junto a ella, Batasuna y su entorno, cuyo espectáculo de pasmo y titubeos ha sido llamativo durante estas semanas. El propio comunicado de la banda, anunciando que el alto el fuego permanente continúa y que se reserva la posibilidad de responder (o sea, de volver a atentar), constituye un despropósito conceptual de tal envergadura que hasta en la misma Batasuna se han alzado voces que señalan la incongruencia de ofrecer una mano y amenazar con la otra, pero sobre todo refleja el grado de confusión en que se halla sumida la dirección de ETA, que no parece saber cómo salir del atolladero en que ella misma se ha metido.

COMO consecuencia de su traicionera y criminal ruptura de la tregua, la posición de ETA es hoy infinitamente más débil que antes del atentado. Su credibilidad en el diálogo, como ha señalado el dirigente independentista de Aralar, Patxi Zabaleta, está hecha añicos. Ya todos sabíamos que no tenía escrúpulos en matar. Ahora ha demostrado que, además, no tiene palabra. Algo que no es especialmente importante para quienes nos oponemos al terrorismo (si se está dispuesto a matar, ¿por qué no se va a estar dispuesto a mentir?), pero que desacredita a ETA ante los ojos de quienes comparten o comprenden sus postulados. Y eso es lo novedoso.

Por ello es especialmente importante, en esta nueva fase del proceso para el final del terrorismo, conjugar la presión directa sobre la banda terrorista con una política de gestos que afiance el descrédito de ETA entre quienes la sostienen. Una respuesta de intransigencia indiscriminada, como la propuesta por el Partido Popular, solo puede facilitar la cohesión del mundo etarra justo en un momento en que esa cohesión está puesta en entredicho. Por el contrario, hacen falta mensajes tan decididos como matizados. Persecución policial y judicial intensa contra los miembros de ETA, pero también gestos que desactiven conflictos, como la situación en que se halla el etarra De Juana Chaos, en huelga de hambre desde hace dos meses, alimentado a la fuerza por orden judicial, para lo cual debe ser entubado y permanecer atado a la cama varias horas al día, convertido ya en un montón de huesos y a un paso de la muerte.

DE JUANA CHAOS ha sido uno de los carniceros más feroces de ETA, pero el mantenimiento de su situación solo sirve para ofrecer al mundo etarra un banderín de enganche en la figura de un hombre que, aunque no se ha arrepentido, sí ha pretendido desengancharse precisamente de ese mundo. El rigor así presentado se parece mucho al ensañamiento y no es el espectáculo de una política penitenciaria que suene a venganza, más que a justicia, el mejor gesto para animar a quienes pretendan buscar una salida al círculo vicioso de la violencia. De Juana Chaos, tras cumplir 20 años de cárcel por los crímenes cometidos, cumple ahora los cuatro años que se le han impuesto por un delito de opinión que, con ser repugnante, no tiene ni mucho menos la gravedad de un asesinato. En su actitud, que mantiene las agresivas maneras de su formación totalitaria, ha habido sin embargo un público distanciamiento de la organización terrorista, y su huelga de hambre se orienta a protestar por su situación personal. Arrojar a un ser humano, por abyecta que haya sido su trayectoria, al abismo de la desesperación es moralmente inaceptable. La generosidad, en este caso, sería un buen ejemplo de las virtudes de abandonar la violencia. Un mensaje más necesario que nunca. Por supuesto, el PP pondrá el grito en el cielo, pero, dada su actitud cainita, no se puede esperar otra respuesta de su parte, se haga lo que se haga. Entonces ¿por qué no hacer lo correcto?

José Manuel Fajardo. Escritor.