Los datos económicos no son malos, pero la salud social no parece pasar por sus mejores momentos.
Más exactamente: la percepción social de la situación se mueve entre la indiferencia o el cansancio por las características del debate político y un cierto alarmismo sobre valores como la seguridad y el civismo. Tenemos una sociedad que desconfía, aparentemente, de la acción política, que no está segura sobre las bases de la convivencia, pero que ante todo ello se refugia en una cierta indiferencia. El pasotismo gana muchos puntos.
Pues esto no es bueno. Hace años, muchos situaban el caso italiano como un ejemplo; allí, la política puntuaba bajo mínimos, pero la economía -se decía- iba bien. Sin embargo, poco a poco, los déficits políticos contaminaron la situación económica y hoy nadie en Europa citaría Italia como un ejemplo que seguir. Sería muy peligroso que en España no supiéramos reaccionar a tiempo.
Porque no es verdad que la política y la situación económico y social sean mundos distintos. Son mundos interdependientes; mundos que se condicionan mutuamente, y los errores políticos tienen consecuencias económicas o sociales, incluso cuando pueda parecer que se trate de medidas que no deberían influir en uno u otro campo. La confianza en el futuro no se parcela; la seguridad no es un concepto divisible; los valores que hacen posible la convivencia no cotizan en bolsa, pero influyen indiscutiblemente en ella.
Haríamos mal en acostumbrarnos a esta dicotomía. Y aún sería peor que nos divirtiéramos con sus manifestaciones. Frivolizar sobre la desconfianza política es peor, mucho peor que criticar las causas que la generan. La crítica podrá ser agria -podría no serlo-, pero representa compromiso, voluntad de participar en la formulación de alternativas creíbles. Frivolizar, anecdotizar, convertir sólo en chiste lo que es negativo para todos es una forma absurda de responsabilizarnos de lo que nos disgusta.
Ciertamente, criticar, opinar, sugerir, discrepar, da pereza. Y, además, dejar constancia pública de la crítica también resulta incómodo. Algunos dicen tener temor de hacerlo. Pues bien, contra esta dejación, contra este temor y abandonada complicidad, debe reaccionarse. No hacerlo puede, quizás ya empieza, a tener consecuencias peligrosas. Y los ejemplos son evidentes; no sólo Italia, algunos otros países europeos han optado por la indiferencia política como actitud dominante. Y no les va bien.
El pasotismo no es que sea malo; es que, además, no nos conviene.

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