El hecho de que la canciller alemana y el presidente de Rusia se sienten para conversar en Crimea y no hablen de seguridad, de misiles, de la dimensión de sus ejércitos, es una novedad. La rivalidad política entre Alemania y Rusia se ha medido en términos militares, tanto en tiempos de alianzas como en las guerras para dominar los territorios de Europa Central.

Vladimir Putin y Angela Merkel hablaron del petróleo y del gas que Rusia suministra a Europa. Sin el gas y el petróleo rusos la Unión Europea podría quedar paralizada. No va a ocurrir. Tanto porque los rusos no tienen dónde colocar sus formidables recursos energéticos como porque Europa es la gran fuente de ingresos de Rusia, que económicamente vive uno de los periodos más expansivos de su historia reciente.

Decía el ex presidente chileno Ricardo Lagos, en una muy interesante intervención en el seminario del Cidob sobre política y energía, que ni en los momentos más tensos de la guerra fría se había cortado el suministro de energía desde la Unión Soviética a la Europa democrática.

Merkel es un personaje clave en unos momentos en que Alemania ejerce la presidencia rotatoria de la Unión Europea y, además, porque presidirá a lo largo del 2007 el G-8, el grupo de los países más industrializados y ricos.

No será fácil que Angela Merkel se preste a la nueva prepotencia de Rusia, derivada de la gran habilidad que ejerce Putin para asustar a los europeos con un grifo que se puede cerrar o abrir en el momento menos pensado.

Cuesta aceptar que la opinión pública alemana no haya criticado con más desprecio al ex canciller Schröder, que unos meses antes de abandonar el Gobierno firmó un acuerdo de energía multimillonario con Putin y a las pocas semanas de abandonar la cancillería se iba a trabajar como consejero en la empresa rusa Gazprom.

El Kremlin no puede ordenar la invasión o el control político de Europa. Pero tiene un arma más peligrosa que puede dejar helado al Continente y ejercer todas las presiones posibles para que desde Europa se pasen por alto los abusos de poder del régimen de Putin, la inseguridad jurídica que vive Rusia, el asesinato de periodistas críticos con su política en Chechenia, los juicios como el que ha exilado a Siberia al que fue presidente de Yukos y el envenenamiento de hombres que saben demasiado como se ha comprobado en Londres hace unas semanas.

Si finalmente la opa sobre Endesa es adjudicada a la alemana E. ON, será una mala noticia para los intereses hispanos, porque indirectamente pasaremos a depender de Rusia, cada vez más nacionalista, más caótica y prepotente, con menos garantías para los propios rusos y para los que podamos depender de ellos aunque sea sólo en el suministro de energía.

No soy experto, pero me inquieta el argumento que circula en altas esferas políticas, tanto en España como en Bruselas, que viene a decir que Argelia, principal suministrador de gas en España, es demasiado inestable y que habría que asegurar una alternativa enchufándonos a los gasoductos y oleoductos que vienen de Rusia.

No defenderé la estabilidad de Argelia. Pero tampoco la de la Rusia de Putin, que muestra una vertiente antieuropea, que vuelve a manejar las teorías conspirativas, que no frena el antisemitismo que siempre ha sido muy intenso en Rusia, que ha construido una democracia dirigida por ex espías multimillonarios que viven en Moscú o San Petersburgo y, los que quieren estar más seguros, fijan su residencia en Londres, compran equipos de fútbol y quieren hacerse respetar con los rublos que nadie sabe de dónde vienen.

Merkel hace muy bien en tratar a Putin y asegurar la energía en Europa. Pero que tenga cuidado.