AUNQUE las encuestas son siempre solamente una foto del momento en que se efectúan y las elecciones generales no han sido ni tan siquiera convocadas, los estudios demoscópicos que se han ido publicando últimamente suponen algo más que un toque de atención a la política mantenida por el PP desde el atentado de Barajas del pasado 30 de diciembre. El sondeo que publicó La Vanguardia el pasado domingo, elaborado por el Instituto Noxa, es revelador del rechazo del electorado de centroderecha a la política de confrontación radical con el Gobierno en temas como el terrorismo. Bien se podría decir que Rajoy ha errado el análisis: a una mayor satisfacción entre los dirigentes y militantes le ha sucedido una enorme frialdad en el electorado más centrista. Aparece ya como una equivocación que los populares estuvieran ausentes de la manifestación contra ETA en Madrid con excusas que nadie ha llegado a entender. Es posible que el PP ya sea rehén hasta el final de la legislatura, en esta materia tan sensible, de una única estrategia política que no permite, en ningún caso, el acercamiento a los socialistas, y que todo quede a expensas de la decisión que acabe adoptando en las próximas semanas la banda terrorista sobre la reanudación definitiva de los atentados. Pero permanecer inmóvil en esta política quizás no sea visto por los electores como un signo de firmeza ideológica, sino como una apuesta equivocada.