EL RUNRÚN
Si usted es de los que aún dudan de los efectos euforizantes que la tramontana ejerce sobre la mente de las personas, deje de dudar ya y regálese el libro Els malsons dels nostres avis (el terror i el fantàstic a Catalunya 1900-1936) que el ampurdanés Sebastià Roig acaba de publicar en la minúscula editorial Dux. Topará con un documentado recorrido por el cine fantástico clásico, ilustrado con imágenes del gran archivo que conserva el impresor, también figuerense, Lluís Benejam. Pero eso no es todo. Porque Roig, por fortuna, es capaz de poner en diálogo a Edgar Allan Poe con el Raimon Casellas de Els sots feréstecs a la par que exhuma noticias de prensa tan alucinantes como el caso del cadáver del general Montagut i Borràs. El 12 de abril de 1929, en Tarragona, el diario La Nau informaba de que las autoridades habían colocado una campanilla en las manos del difunto porque una sobrina suya insistía en que no sólo no había muerto, sino que ejecutaba perceptibles movimientos en su tumba. En los noventa la voz de Sebastià Roig disparaba unas crónicas extraordinarias por RAC 105 con la excusa de difundir los contenidos de un suplemento semanal de este diario que se llamaba VANG.Luego ha publicado dos novelas delirantes cuyos títulos hablan por sí solos - El cogombre sideral (Destino) y Mugrons de titani (Bromera)-, amén de dos libros más sobre los tebeos. Su nuevo trabajo trasciende los zombis, piscópatas, hombres lobo y freaks genuinos que salen en él. Es la prueba de que cuando el pulp encuentra a alguien solvente que lo reescriba se produce uno de esos cortocircuitos culturales que tan nerviosos ponen a ciertos espíritus exquisitos.
El prólogo de Antoni Munné-Jordà, reputado especialista en la materia, tiene la virtud de aportar un nuevo punto de vista al complejo debate de la memoria histórica. Munné-Jordà reproduce la cartelera de Barcelona el fin de semana del 18 y 19 de julio de 1936. Por cierto, que sólo uno de los ocho teatros de la ciudad programaba obras en catalán: sátiras valencianas como Els estudiants,Els papirusos o Les chiques de hui.En cuanto al cine, los barceloneses que vivían a un paso del abismo podían escoger, ese sábado de julio, entre pelis como El cuervo o La momia,con Boris Karloff, El hombre invisible,Los crímenes del museo,El misterio del faro,La voz de ultratumba,Horror en el cuarto negro, El caso del perro aullador y otros títulos tan poco apacibles como La hiena,En alas de la muerte, Los seis misteriosos o Las siete llaves. En el libro de Roig se dan claves que explican esta eclosión de lo fantástico, pero parece claro que muchos barceloneses preferían pasar miedo en la butaca de un cine a pasarlo en casa pensando en las proclamas políticas de unos y otros. Munné-Jordà añade otro dato revelador. En la primera página del diario La Publicitat del 17 de julio se lee: "No trobo cap raó - digué el senyor Companys- capaç de justificar la sobreexcitació de la gent". Resulta obvio que las dotes proféticas del president Companys un día antes de la tragedia se asemejan a las que demostró Zapatero en su reciente comparecencia el día antes del atentado de Barajas. La gran diferencia es que Zapatero ha podido pedir perdón por su error en sede parlamentaria y el president Companys no.

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