LAS RELACIONES CON EL MUNDO ÁRABE
El concepto de yihad a menudo ha sido mal entendido. Dado que figura en el Corán, considerado palabra de Dios por el islam, puede verse qué significado le da el ser que se supone conoce infinitamente más la lengua árabe que cualquier mortal. En las 35 citas del libro sagrado suele aparecer seguido de una expresión que significa "en la senda de Dios" y que ya indica un sentido de esfuerzo, sobre todo espiritual. En 22 ocasiones quiere decir "esfuerzo o superación de la conducta propia o colectiva", en otras tres significa "elevación espiritual de los fieles" y, en las 10 restantes, alude a un acto bélico.
Pero la única guerra concebible en el islam es la dirigida contra los no musulmanes, puesto que los fieles deberán constituir, en teoría, una sola comunidad organizada bajo una única autoridad y porque las luchas entre musulmanes están expresamente prohibidas en el Corán (4, 94/92-95/93), que únicamente considera lícito el combate en los tres casos siguientes: para responder a una agresión (Corán 2, 186/190), para defender determinados valores (Corán 22, 40), y para evitar males más graves (Corán 4, 77/75).
VOLVIENDO al yihad, el islam distingue dos categorías: la primera, mayor o de las almas, es el esfuerzo, individual y colectivo, para mejorar la condición de musulmanes desde el punto de vista religioso. La segunda, denominada menor o de los cuerpos, resulta de dar un sentido belicista al término. Dentro de esta última interpretación, bien pronto se equipará al esfuerzo para incluir dentro del Estado islámico a los infieles, siendo una obligación de los musulmanes, aunque sean ellos quienes inicien las hostilidades. Para justificar este cambio, se parte del principio del universalismo del islam, es decir, se considera que también es un poder temporal y que es necesario extender por todas partes.
Acto seguido, se señalan varias características del yihad, como el hecho de creer que es una obligación religiosa que abre las puertas del Paraíso; que corresponde a la comunidad del islam el deber de esforzarse por convertir --o al menos someter-- a los no musulmanes y que, aunque sea un mal, como toda acción bélica, el yihad se convierte en legítimo porque pretende liberar al mundo de un mal mayor; y se concluye que es bueno porque su finalidad es buena.
En segundo lugar, también és una obligación colectiva a la cual cada uno debe contribuir en la medida que le sea posible. Siempre es obligación individual para el jefe de Estado y para el resto de musulmanes cuando el enemigo ataca tierra islámica. Tiene también carácter subsidiario; es decir, al ir dirigido a obtener la conversión de los infieles o la sumisión de los que tengan una religión revelada, se puede emprender una acción de yihad en sentido bélico después de haber invitado a abrazar el islam a los pueblos contra los que va dirigida.
No obstante, con el tiempo se decidió que el islam ya es suficientemente conocido en todo el mundo y que, por lo tanto, no es necesario avisar ni invitar a nadie. La razón fundamental radica en que si se invitara a la conversión, los afectados podrían prepararse para la lucha y el resultado final de la confrontación quedaría comprometido.
Finalmente, señala su carácter perpetuo porque es necesario hasta el fin del mundo. En consecuencia, la paz con los no musulmanes es provisional y sólo se justifica temporalmente bajo determinadas circunstancias. En este sentido, se admite que una tregua sólo debería durar 10 años.
Así las cosas, para que una determinada acción de guerra se ajuste al concepto de yihad debe reunir unas condiciones, detalladas por Averroes (siglo XII) acordes con las establecidas por sus antecesores y aceptadas por los juristas posteriores. Son las siguientes: no se puede matar a viejos, ni mujeres, ni niños. Tampoco a enfermos mentales, enfermos crónicos ni ciegos. Hay que respetar la vida de eremitas, monjes, monjas y hombres de ciencia, salvo que inspiren sospechas de enemistad.
TAMPOCO se puede matar a labradores, comerciantes, mercaderes y a los criados y esclavos que acompañan a sus amos. Finalmente, no se pueden talar árboles, ni quemar cosechas, ni sacrificar animales si no es para alimentarse, ni dispersar las abejas, ni destruir edificios, aunque estén deshabitados. Las armas permitidas son la lucha cuerpo a cuerpo y las entonces habituales, como lanzas, espadas o flechas, pero están estrictamente prohibidas las flechas envenenadas (que equivaldrían a las armas químicas de hoy).
Creo que ha quedado claro que no se puede confundir yihad con terrorismo, y ahora que afortunadamente hemos logrado eliminar la expresión guerra santa de nuestros medios de comunicación, deberíamos esforzarnos para utilizar correctamente el lenguaje. El Institut d'Estudis Catalans ya ha admitido el término gihad como palabra catalana con significado de esfuerzo y de género masculino, como lo es en árabe y, entre otras, en castellano. Pero, sobre todo, debemos denunciar la doble perversión que caracteriza la acción criminal de algunos islamistas. Aunque utilicen una terminología seudoreligiosa y se autodenominen muyahidines, que es el nombre de quienes se dedican al yihad, no lo son. Tampoco debemos llamarles yihadistas. Son terroristas y basta.
Dolors Bramon. Profesora de estudios islámicos,

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