La ceremonia de inicio del nuevo mandato del ex metalúrgico Lula como presidente de la República Federativa del Brasil era esperada con curiosidad, después de que hubiese demostrado gran cintura política y una facilidad espectacular para flotar sobre el mar de corrupción en que, aparentemente, se había convertido su partido, el Partido de los Trabajadores (PT).

Lula llegó al Congreso en un Rolls-Royce de 1953, mostrando que un antiguo operario sabe dar lustre a los eventos importantes. Lástima que la lluvia desluciese un tanto la toma de posesión, pero pronto el discurso del presidente hizo olvidar los formalismos. En efecto, Lula no defraudó. Con el crecimiento económico por bandera, pidió al país –liderado por su Ejecutivo– “prisa, osadía, coraje y creatividad”. Y en esa táctica de doble mensaje –recuérdense sus intervenciones en Porto Alegre y en Davos– prometió dar continuidad al “gobierno popular” y no tuvo el menor empacho en despreciar a las élites, pero también dejó claro que su política económica seguirá la ortodoxia, aunque con un mayor énfasis en la distribución.

Lejos del intervencionismo clásico, Lula abogó por una combinación equilibrada de la inversión pública y privada, pasando por la reforma tributaria imprescindible, dada la compleja e injusta selva impositiva existente. Con estudiada clarividencia, el presidente afirmó también que no hay nada que hacer en el terreno del crecimiento si los tipos de interés son más altos que “la tasa media de retorno de los negocios”, al tiempo que se atrevía a prometer “vigorosas medidas de desburocratización”.

No cabe duda de que Lula sigue enviando un mensaje de esperanza a millones de brasileños que creen en su palabra, cuando les promete pan y menos desigualdad. Pero está a años luz de encabezar programas de encendida retórica pseudorrevolucionaria y no deja de subrayar, como ha vuelto a hacer ahora, que “por primera vez, un hombre nacido en la pobreza, fue elegido hace cuatro años, por la disputa democrática, para el más alto puesto de la República”.

La agenda de los años noventa

Oyendo a Lula no pueden dejarse de recordar los errores de la agenda “neoliberal” propuesta en los 90 para América Latina. Agenda inadecuada por defecto, pues las prescripciones de mercado fueron, a nuestro juicio, globalmente correctas. Pero no se acompañaron de otras tales como la reducción de la burocracia, la mejora de la Administración de Justicia para garantizar los derechos de propiedad y la seguridad de los contratos, la reducción de la corrupción, etcétera.

Sin entrar en las graves crisis que algunos países de la región padecieron, es cierto que el Consenso permitió que las economías creciesen, aunque no lo suficiente, y acabasen con la hiperinflación, pero los pobres siguieron siendo pobres y la desigualdad llegó a exacerbarse. América Latina entró en el siglo XXI con 80 millones de personas sufriendo la pobreza extrema, sobreviviendo con menos de un dólar diario.

Tras la adopción del Consenso de Washington como guía de las políticas económicas en América Latina, se persiguió la estabilización, al objeto de comenzar a caminar por la senda del crecimiento sostenible, con el acompañamiento de reformas estructurales y la esperanza de volver más eficientes y competitivas sus economías.

Se iniciaban así unos años noventa con el convencimiento de que se iba a combinar desarrollo y progreso social. Las cosas evolucionaron, sí, pero la apertura y la modernización fueron del brazo de la omnipresente desigualdad. Concentración de riqueza y falta de equidad acabaron por frustrar muchas ilusiones, no pudiéndose contrastar lo que algunos llamaron teoría del derrame: el mayor crecimiento no trajo para los ciudadanos de rentas medias y bajas una mejor distribución del ingreso y sí, al contrario, un notable aumento del desempleo.

En medio de intensas polémicas, fue emergiendo como imprescindible un nuevo contrato social entre la sociedad civil y el Estado. Frente a las oligarquías monopolizadoras del poder, mayor participación política, transparencia en la gestión y lucha real contra la corrupción. Lo que algunos han identificado como creciente disociación entre la racionalidad de los mercados y la equidad social acabó por llevar a un progresivo retorno del populismo, enfrentado ahora a un importante desafío, cual es el representado por la globalización.

Sobre un caldo de cultivo sembrado de prácticas corruptas e insolidaridad, algunos líderes han levantado la bandera del indigenismo. Zapatistas en México, los acuerdos de paz guatemaltecos, la confederación de organizaciones indígenas pro andinas en Ecuador y Perú, la movilización de amaras y quechuas en Bolivia, los mapuches en Chile y algunos otros, sorprenden al mundo con reivindicaciones de origen milenario, Pero nadie en su sano juicio puede aceptar que, después de quinientos años, un fuego sagrado se ha avivado sobre las brasas candentes de reivindicaciones seculares.

Más bien, de modo paralelo al Consenso de Washington, el fortalecimiento democrático y los procesos constituyentes dieron voz a las minorías étnicas. Pero las cosas parecen evolucionar con riesgo cierto de un esencialismo en torno al indigenismo etnocentrista. Así, pues, el panorama político actual permite construir un mapa de situaciones diversas, hilvanadas a veces por una retórica común, pero siempre con un giro marcado a la izquierda. La reciente victoria de Lula, la de la chilena Bachelet o el triunfo de García en Perú, por ejemplo, se salen, sin embargo, de una hoja de ruta marcada aparentemente por Chávez, apoyada por Evo Morales y respaldada por el Comandante Castro, la “ilusión neocastrista” de que habla Alain Touraine. A esta nómina se ha venido a sumar el economista Correa en Ecuador.

Resistencias

Más allá de las tácticas revolucionarias tradicionales, las elecciones democráticas confrontan a ex guerrilleros, hombres de negocios, dirigentes nacionalistas de derechas, ex sindicalistas, cultivadores de coca y tantos otros. Pero los líderes victoriosos, trascendiendo seguidismos antiliberales, han de afrontar problemas similares en realidades nacionales diferentes. El mosaico podría seguir enriqueciéndose con posturas tan inoportunas como la de López Obrador en México, renuente a aceptar la derrota, aun a riesgo de desestabilizar el país y cuya resistencia a admitir los resultados electorales ha alcanzado extremos grotescos en la accidentada toma de posesión del presidente Calderón.

Ante este panorama, los simplificadores vademecums europeos al uso, tanto de gobiernos como de empresas, han de esforzarse por lanzar nuevas ediciones, capaces de ofrecer guías útiles para una América Latina tan compleja. Ni el paternalismo ni el neocolonialismo son instrumentos legítimos ni prácticos en la convivencia con Latinoamérica.

Además, es prioritario ensamblar relaciones adecuadas a ambos lados del Atlántico, a fin de encarar estratégicamente el evidente desplazamiento hacia el Pacífico del eje económico mundial. Lo que ya se anuncia como segunda oleada de inversiones europeas en América Latina ha de estar impregnada de una filosofía diferente, tanto en cuanto al ‘partenariado’ con lo local, como en el posicionamiento regional. Sólo así, Europa, y España, desde luego, podrán ganar progresivamente posiciones en un subcontinente tan mal entendido por el vecino del norte.

Declaraba recientemente un líder bolivariano a un periódico: Me considero un marxista-leninista y sigo un camino específico que incluye las enseñanzas de Mao Zedong. Nada que ver con la filosofía de Lula, quien pide prisa, coraje y osadía para acelerar el crecimiento del país. Y que dice cosas como ésta: lo que yo quiero es no permitir que la inflación vuelva a ser el gran ladrón del salario del pueblo trabajador del Brasil. Su sensatez puesta a disposición de ese gran país es la garantía de un futuro estable en América Latina.