“Sería erróneo suponer que, en el régimen constitucional de España, sólo han fracasado ciertos hombres, ciertos partidos y organizaciones. Han fracasado también, y sobre todo, ciertos métodos (...) Por eso no bastará quitar unas personas para que entren otras; habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de la honradez”.

Estas palabras fueron pronunciadas por Manuel Azaña con motivo de la crisis de la Monarquía de Alfonso XIII, y vienen como anillo al dedo a la hora de intentar arrojar alguna luz sobre la confusa situación política actual. Resulta que, apenas unas semanas después del mayor atentado terrorista perpetrado por ETA en mucho tiempo, que ha puesto en quiebra técnica el gran objetivo político de esta legislatura, el llamado “proceso de paz” con el nacionalismo violento, gran parte de la “opinión publicada” vive inmersa en una especie de esquizofrenia intelectual que le lleva a arrear estopa por igual al gran responsable de dicha quiebra, José Luis Rodríguez Zapatero, y a quien, como jefe de la oposición, está obligado a denunciarla, Mariano Rajoy.

Cuando parece evidente que el señor Zapatero, el particular Chamberlain (“un hombre animado por la esperanza de pasar a la historia como fundador de la paz”, en opinión de Churchill) que ahora nos gobierna, no se ha apeado de su política de apaciguamiento y sigue erre que erre en su intento de edificar sobre los escombros de la terminal de Barajas el edificio imposible de un acuerdo con ETA sin concesiones políticas, las tintas se cargan contra el señor Rajoy y su lenguaje de dureza al denunciar los riesgos de ese empeño para la salud del Estado de Derecho. Si hemos de hacer caso a no pocos creadores de opinión, la gente está escandalizada con el lenguaje de dureza de Rajoy, al punto que parece que el culpable de nuestros males no es la inexperiencia y el infantil voluntarismo –en el mejor de los casos- de Zapatero, sino la mala leche verbal de Rajoy tratando de ponerle frente a sus responsabilidades.

Parodiando las palabras de Azaña, estamos, pues, en el reino de la transigencia, en el país que reniega de la intransigencia de los hombre libres dispuestos a defender su libertad, el país pastueño que no quiere que nadie le amargue el café con las verdades del barquero, el país dispuesto a embarcarse en la aventura del ansia infinita de paz sin importarle si el camino emprendido conduce al precipicio. El 30 de septiembre de 1938, Chamberlain volvió a Londres tras la conferencia de Munich convencido de haber asegurado la paz (Peace for our time!) con nuevas concesiones territoriales para el insaciable régimen nazi, arrancando de Churchill aquella famosa y sombría reflexión que ha pasado a la historia: “Por evitar la guerra hemos perdido el honor: tendremos guerra y deshonor”.

Parece evidente que con la política del appeasement será muy difícil, por no decir imposible, que el Gobierno español, cualquier Gobierno, consiga el milagro de que ETA deje voluntariamente las armas. Pero, lo que es tanto o más importante, por el camino corremos el riesgo, lo estamos corriendo ya, de asestar un durísimo golpe, de consecuencias quizá irreparables, al sistema de libertades consagrado en la Constitución de 1978. Para nadie es un secreto que el fracaso de la política del Gobierno Zapatero para con ETA no ha hecho sino agravar la crisis, para algunos terminal, que desde hace años atenaza al régimen de Monarquía constitucional o, más exactamente, del régimen salido de la famosa Transición política abierta tras la muerte de Franco.

Muchos pensaron que la prosperidad económica y la mano dura con los nacionalismos periféricos (esencia destilada de las legislaturas de Aznar) iba a ser amalgama suficiente para mantener en pie un sistema convertido en un mal remedo de democracia (listas cerradas, justicia dependiente, medios de comunicación domesticados, corrupción extendida y elites empresariales acostumbradas a hacer negocios a la sombra del poder político). El vistoso edificio, sostenido únicamente por la bonanza económica de que disfruta España, empezó a derrumbarse como un castillo de naipes el día en que el batallón de derribos pasó a ser dirigido por el propio presidente del Gobierno, cuyo entorno ideológico considera, mirando por el retrovisor de la Historia, que hay que restablecer la legalidad constitucional que significó la caída de la Monarquía de Alfonso XIII y la proclamación de la II República -legalidad violada por el alzamiento de Franco en el 36-, merced a la alianza del socialismo con los partidos nacionalistas y a la exclusión de la derecha franquista del juego político.

Es obvio, o a mí me lo parece, que la voladura de la T-4 de Barajas y sus dos víctimas inocentes suponen la quiebra del proyecto, tan voluntarista como sectario, de involución histórica de Zapatero –el acuerdo con ETA y la integración de la izquierda abertzale en ese nuevo Régimen es una parte del mismo-, que como daño colateral deja tocada de muerte a la Constitución de 1978, lo que es tanto como decir al sistema de convivencia entre españoles. De modo que ésta es la encrucijada ante la que nos encontramos, y ante ella no valen los paños calientes y las frases galantes entre Gobierno y oposición. Es la hora de la intransigencia de los justos, la hora de los hombres de Estado, tan escasos siempre en la Historia de España, dispuestos a olvidarse de las posiciones partidarias para pensar en colectivo.

No son pocos los liberales sinceros que sostienen que, si la derecha quiere volver a gobernar, está condenada a enarbolar con decisión la bandera de las reformas permanentes que Aznar abandonó en su segunda legislatura, para hacer de la española una sociedad rica, abierta, libre, solidaria, radicalmente reñida con la corrupción, capaz de compartir un sistema de valores y de encontrar su lugar en el mundo globalizado. Y está por ver si Mariano Rajoy va a ser capaz de encandilar a los españoles con ese discurso, con una propuesta que sea algo más que una ajustada -por dura que haya parecido a algunos- denuncia de los errores de Zapatero desde la tribuna del Congreso. Está por ver si va a ser capaz de proponer esa gran reforma constitucional, ese gran proceso de regeneración democrática que reclama nuestro feble sistema de convivencia (“los problemas de la democracia se arreglan con más democracia”) capaz de unir a los españoles –también al nacionalismo moderado- en un proyecto colectivo. Está por ver si...