ÁFRICA Y LA GLOBALIZACIÓN

Entre un 60% y un 80% de la población africana vive en el medio rural, y mientras que en los últimos diez años la producción de alimentos en otras regiones del mundo en vías de desarrollo aumentó un 3,3%, en la región subsahariana sólo lo hizo un 2,6%. La herencia colonial del monocultivo, el ciclo letal guerra-sequía (sobre todo en el África oriental), la falta de infraestructuras -no sólo de carreteras sino de ríos navegables-, los precios que se pagan por el producto, los límites del mercado interno, la ausencia de medios para adquirir créditos y tecnología, y por última la falta de formación condenan al agricultor africano a la miseria y el hambre.

En otras ocasiones es la política. El gobierno comunista de Etiopía utilizó el hambre como arma de represión durante las sequías de los años ochenta, al tiempo que se permitía exportar cereal de sus almacenes. En la actualidad, todo indica que la depresión agrícola de Zimbabue, antiguo granero austral, hay que atribuirla al presidente Robert Mugabe y su política de tierras. Tres millones de personas dependen de la ayuda internacional mientras esperan, desde hace seis años, la prometida reforma agraria. Y, por supuesto, la disputa por la tierra genera guerra o la favorece. Así, fue un factor -junto con la caída del precio del café y el té- en la catástrofe genocida de las superpobladas tierras altas de Ruanda, y lo es en el conflicto de la provincia sudanesa de Darfur.

La desertificación del Sahel genera un flujo constante de emigración hacia las zonas costeras del África occidental. En 45 años, 80 millones de personas han hecho el trayecto. Los emigrantes en esta región se calculan hoy en 7,5 millones, diez veces más que los que han conseguido saltar a Europa. Una revolución verde como la experimentada en Asia llega tarde para la castigada franja saheliana, que abarca una decena de países, pero según los altermundistas reunidos en Nairobi, además tampoco es deseable.

Las fundaciones Rockefeller y Bill Gates fueron ayer criticadas en el Foro Social Mundial por su intención de dedicar 150 millones de dólares a distribuir en África semillas híbridas y fertilizantes. La ecologista india Vandana Shiva advirtió del efecto que estos programas "completamente obsoletos" tuvieron en su país: "La revolución verde en India destruyó la tierra más próspera, y donde antes se plantaban hasta 250 variedades de semilla, hoy se plantan tres - dijo-. No se produjo más comida, sólo más arroz y menos legumbres". "Los campesinos se endeudan para pagar semillas y fertilizantes", señaló.

En el 2002, Zambia rechazó la ayuda del Programa de Alimentación Mundial y de Estados Unidos en plena hambruna provocada por la sequía porque aquella consistía en maíz transgénico. El Gobierno envió previamente una misión a varios países para informarse. Zambia sentó un precedente, aunque otros países optaron por exigir que el grano no contuviera semillas y así no pudiera ser plantado, lo que habría enganchado a los agricultores a los intereses de las multinacionales productoras.

Los transgénicos constituyen un debate abierto, con unos países más favorables - o más débiles- y otros menos. Según decía recientemente el coordinador para África de Amigos de la Tierra, Nnimmo Bassey, "hasta la fecha, ningún cultivo transgénico del mercado ofrece beneficios al consumidor en términos de calidad o precio, ni tampoco han hecho nada por aliviar el hambre y la pobreza ni en África ni en ninguna parte".