BULEVAR
La ciudad de Barcelona es una de las más tolerantes, amables y tranquilas ciudades de Europa y, además, tiene entre otras virtudes y atracciones, una espectacular concentración de obra arquitectónica de Gaudí. A mí me gustan la Pedrera y la Casa Batlló, y he estado en ellas con todos los escritores y editores extranjeros que han visitado la ciudad invitados por mí. Me gustó estar con Michael Ondaatje (El paciente inglés) en lo alto de la Casa Milà y dejar, cierto atardecer de otoño, que la penumbra cayera sobre nosotros mientras caminábamos por entre las extrañas esculturas que coronan el edificio más bello y singular del gran arquitecto. Con Salman Rushdie hicimos lo mismo, y aunque había algo más de gente, volví a sentir esa extraña experiencia que consiste en estar tocando casi lo sagrado, una sensación extraña y emotiva que suele embargarte cuando permaneces en esa azotea.
Pero detesto la Sagrada Familia. Me parece un edificio menor en comparación con la arquitectura civil gaudiniana. Y, encima, me parece que las nuevas formas afiladas tanto de las esculturas como de las columnas y capiteles construidos en los últimos años son una burla para quien creó las más suaves y bellas curvas del mundo. Pero es que además a mí la Sagrada Familia me deprime porque me recuerda las peores tardes de mi infancia, cuando, aburrido y sin saber qué hacer, me asomaba a la galería trasera del piso de Roger de Flor, y veía aquellas cuatro torres que tenían la extraña virtud de ponerme irremediablemente triste.Es por esta razón tan subjetiva que, en un número de la revista Granta dedicado a Barcelona, hice una modesta pero seria proposición que venía a decir que hay que cargarse el así llamado Templo Expiatorio.
Ahora veo que en el ayuntamiento de la ciudad hay letraheridos que estudian Granta a fondo, y algunos que se han tomado mi proyecto muy pero que muy en serio. Se quieren cargar la Sagrada Familia como sea. Se quieren llevar por delante las cuatro torres gaudinianas y todo el resto de bodrios añadidos por los continuadores de la obra. Y lo quieren hacer pronto y bien. Porque el plan municipal consiste en aprovechar que ese gigante tiene los pies hundidos en el barro para atacarlo desde su punto más débil, sus malísimos cimientos.
Excavando túneles, ya se sabe, en Barcelona no somos mancos.Tenemos una demostrada habilidad para hacerlo con finura espectacular.Tengo entendido que se están haciendo pruebas de túneles mal excavados en la zona del Prat del Llobregat. Al parecer, los técnicos tienen cada vez mejor puntería, y ya se está consiguiendo agrietar algunas viviendas en aquella zona. Creo que esta clase de actitudes concienzudas, que no dejan nada al azar, nos honran.A ver si seguimos así.
Con un poco de suerte, cuando las tuneladoras crucen la ciudad y avancen hacia las torres de la Sagrada Familia, lo normal es que ya sepan cómo hacerlo. El así llamado Templo Expiatorio se desmoronará con estruendo y Barcelona, esta ciudad tolerante, amable y tranquila, será famosa en todo el mundo por haberse cargado esa aberración.
© Mundinteractivos, S.A.

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