Barcelona y aun el conjunto de Catalunya están en camino de convertirse en un polo de investigación y de asistencia médica y por ello es frecuente que desde aquí se anuncien avances importantes en la lucha contra las enfermedades. Hace pocos días, un distinguido oncólogo informaba de que gracias a las investigaciones recientes la mortalidad en determinadas modalidades de cáncer ha disminuido significativamente o, dicho más claramente, que enfermos que antes habrían muerto ahora se curan y que se esperan todavía nuevos avances. En un mundo desquiciado, donde lo que predomina en los periódicos son informaciones negativas en todos los ámbitos, noticias así nos reconfortan y mantienen nuestra fe en el género humano. Pero por los mismos días se han difundido también informaciones sobre los rendimientos económicos de la investigación médica en las que se citan estudios americanos que cifran en miles de millones de dólares la productividad de los que los progresos de la medicina arrancan de las garras de la muerte, de lo que concluyen que hay que fomentar la investigación porque colectivamente buen negocio, y aquí me permito disentir. Creo que hay que fomentar la investigación médica y me alegro de los progresos de la medicina, pero este progreso tiene un precio social que no es seguro que estemos dispuestos a pagar.
Los esfuerzos por mantener la salud humana y luchar contra la muerte a partir del conocimiento de la enfermedad tienen una larga historia, una historia que empezó en Grecia, hace algo así como veinticinco siglos, cuando los médicos agrupados en la escuela de Hipócrates renunciaron a la magia y a los remedios tradicionales para apoyarse exclusivamente en la observación y en la experimentación. Aunque la verdad es que durante mucho tiempo los resultados fueron extremadamente modestos, hasta bien entrada la edad moderna la mayoría de la población europea vivía en condiciones de una gran pobreza, la mortalidad infantil era altísima y periódicamente epidemias y plagas asolaban el continente. El cambio importante se produjo a partir de mediados del siglo XIX y está relacionado en primer lugar con el progreso de la ciencia biológica que permitió aclarar la causa de muchas enfermedades infecciosas y que también repercutió en la preocupación por la higiene, tanto pública como privada. Desde entonces el progreso de la medicina ha sido constante y a lo largo de mi vida he conocido momentos espectaculares como la introducción de los antibióticos, la erradicación de la parálisis infantil o los primeros trasplantes de corazón. Pero este progreso tiene también un precio, y una manera dramática de mostrarlo es la siguiente. En España actualmente cada fin de semana algunos jóvenes a consecuencia de un accidente, de moto muchas veces, sufren la rotura de la columna vertebral y con ello de la médula, y según la altura de la lesión quedan parapléjicos o tetrapléjicos. De hecho desde que existe la humanidad accidentes con rotura de la médula se han producido por diferentes motivos, pero hasta hace unos años los que los sufrían morían al cabo de poco. Actualmente en cambio, desde que el doctor Guttman demostró que bastaban unos ciertos cuidados mínimos para asegurar su supervivencia, los que hoy se accidentan conservan la vida pero necesitan cuidados ajenos prácticamente las veinticuatrohoras del día, con un costo no sólo emotivo sino económico y social considerable.Naturalmente, la mayoría de los progresos de la medicina no tiene consecuencias tan dramáticas; cuando hoy un enfermo de cáncer consigue recuperarse no se convierte en dependiente sino que puede volver a hacer una vida normal y por tanto a ser productivo durante muchos años, y es incluso perfectamente posible que llegue a anciano. Y ésta es precisamente la conclusión a la que quería llegar. Cuando el progreso de la medicina permite decir que el cáncer de colon ha reducido su índice de mortalidad en determinada proporción, lo que se está diciendo es que la mortalidad por otras causas ha aumentado en proporción similar porque hoy, como en todos los tiempos, la mortalidad de la especie humana es exactamente del cien por cien; todos los que nacemos acabamos muriendo. O sea, que los avances de la medicina no disminuyen la mortalidad sino que la retrasan y el éxito de la medicina se mide por la progresiva prolongación de la duración media de la vida. Una prolongación que a lo largo de un siglo y en los países desarrollados ha sido sensacional. En España actualmente esta duración media, con 87 años en las mujeres y 83 en los hombres, es de las más altas de Europa, lo que significa que gozamos de un nivel de vida colectivo relativamente alto y de un sistema sanitario altamente eficaz, y que gracias al progreso de la medicina la duración media de la vida todavía seguirá aumentando. Pero el resultado, el precio que pagar, es una población cada vez más anciana y cada vez más necesitada del cuidado de los demás.
En la Barcelona en la que yo nací había por supuesto ancianos y había ancianos que vivían solos pero la verdad es que eran pocos. Eran pocos porque la duración media de la vida era más corta y también porque, al revés que ahora, había más jóvenes que viejos y porque las familias se mantenían más unidas y normalmente los padres seguían viviendo con sus hijos. Desde entonces la situación ha cambiado completamente, hay más viejos que jóvenes, los viejos viven más años y la mayoría, incluso si tienen hijos, acaban quedando solos. Con lo cual el número de personas ancianas viviendo solas y con dificultades para valerse por sí mismas ha aumentado como la espuma y hoy constituyen una proporción importante de los habitantes de la ciudad. Algunos disponen de medios económicos suficientes para asegurarse cuidados ajenos pero la mayoría han de confiar en una seguridad social que está en el borde de sus posibilidades y en la ayuda de organizaciones voluntarias. Empiezan a abundar las situaciones dramáticas y es fácil concluir que en la medida en que se mantenga el progreso de la medicina y la duración de la vida humana siga prolongándose mientras los recursos de la seguridad o de la asistencia social se estancan o se reducen, el colapso será inevitable.
De manera que ésta es la pregunta: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a pagar el precio social que conlleva el progreso de la medicina, la prolongación cada vez mayor de la duración de la vida humana?
msiguan@ub.edu

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