Ahora una de las eternas discusiones autonómicas se cifra en el llamado burro catalán, la pegatina esa de los coches. Luego, si la polémica refleja vigor estamos salvados. Pero ¿y si patentiza un espíritu chorra? Pues también, el Evangelio ya promete el cielo a los pobres de espíritu... Porque, al fin, en el debate burricéfalo ambas fracciones tienen razón. O lo imaginan y que por ello el contrario es burro de verdad, o sea, que respiran en ese baño maría de la autosuficiencia ajena a las leyes sociales del "o crece o muere". Así pues, medio país está contento creyendo que la otra mitad es tonta. Tan suicida como cierto.
Aunque el burro simbolice sólo una broma a costa del toro español también en efigie multiplicada, y entonces quiera demostrar que nosotros somos irónicos mientras ellos son brutotes. Sin embargo ocurre que en España hay espléndidos toros y que en el ruedo se han impuesto como un singular y arriesgado arte de admiración universal, cantado por Hemingway, Picasso, Lorca y la tira (no por mí, sin duda, pero tampoco les hace falta). Lo que, por añadidura, metafóricamente engloba una bravura y convicción étnicas muy demostrada en bien o en mal, según, en las guerras y en el dominio de la paz, en la pintura y la literatura.
Mientras, los burros catalanes cero, sólo se trata de una subespecie sin nada distinguido (yo mismo prefiero los graciosos pollincetes argelinos, ojalá tuviera uno) y ajena a la personalidad colectiva, a menos que nos creamos unos memos. O sea, que el burro ése constata una vez más que hemos convertido la coñita en la materia prima de nuestra visión del mundo, como prueban con ahínco desde el copioso ámbito mediático y sobre todo audiovisual al incluso literario. En pocas palabras, que con ello no hablamos de geniales ironías periodísticas como la del Azorín del 1900, del Pla de 1931, del Indro Montanelli de 1950, ni en libros del absurdo metafísico de Kafka, de la casuística trascendente de Borges o de la fantasía alegórica de Italo Calvino.
Y atención: adelante con el humor, ¡no faltaría más! pero el sutil siempre y hasta arriesgado con sus vivaces vueltas de tuerca, para lo cual véase sin excusa la exposición Dibuixants, humoristes i il · lustradors de ´La Vanguardia´ 1881-2006,organizada por la inquieta y reveladora Fundació Caixa de Girona y comisariada por Giralt-Miracle. Ahí, este diario prueba de nuevo que se ha proyectado creativamente sobre un siglo largo al servicio del conocimiento crítico y estimulante de la sociedad, ¡sin burro ni toro!
Y recuérdese que con tal vastedad y condición, con una sola propiedad al frente, es único en el periodismo catalán y español.

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