En uno de sus cuentos, el gran Antón Chéjov nos presenta a otro más de aquellos aristócratas arruinados con fincas hipotecadas, jornaleros hambrientos y sentimiento trágico de la vida que pueblan tantas páginas de la narrativa rusa.
Este particular terrateniente estaba jugando en un casino con el inesperado apoyo –era un perdedor nato– de la Diosa de la Fortuna y con cada apuesta multiplicaba su patrimonio. Se le acercó entonces una despampanante señora de carne y hueso y le sugirió que le diese todo lo que había acumulado porque, a cambio, ella pasaría una semana con él en París.
El aristócrata arruinado comprobó que la belleza y gracia de su interlocutora haría perder la cabeza a cualquiera y explicó, educadamente, que él no estaba loco: con sus ganancias en la mesa de juego podría pagar todas sus deudas y codearse de nuevo con sus pares en San Petersburgo, que se repartían cargos y comisiones. “Tienes razón,” dijo la despampanante señora, “pero si haces eso todos los días durante el resto de tu vida pensarás en la semana que no pasaste conmigo en París.” Y el hombre se lo pensó.
Planteo la tensa elección que se imaginó el pobre tuberculoso que fue Chéjov y me guardo el desenlace de su relato. Lo saco a relucir porque, estos días, algún que otro se habrá sentido testigo de una seducción igual de descerebrada. Vengan conmigo, dice un sonriente José Luis Rodríguez Zapatero, confíen en mí. El presidente de Gobierno ofrece algo muy amoroso: convivencia, concordia y paz en un dulce mundo de idealistas y soñadores, músicos y juglares. Y la gente, confiadamente, va. Vaya que si le sigue. Mariano Rajoy, recordando hipotecas –¿cómo se paga esto?–, hablando del imperante deber de enfrentarse a la vida real, con esa manía gesticulante y agria que (Juan Luis Cebrián dixit) en su día inauguró Aznar, lo tiene cuesta arriba.
La búsqueda de la felicidad
José Ignacio Wert, en dos interesantes artículos publicados aquí la semana pasada (EXPANSIÓN, 16 y 17 de enero), planteó el tema de la búsqueda de la felicidad en este mundo descreído y posmoderno nuestro y de la respuesta que deberían dar los poderes públicos a las ansias hedonistas de la sociedad. Wert considera que la agenda política de la felicidad está abierta. Ya no basta con asegurar bienestar, educación, sanidad, pensiones y otros platos del menú colectivo de la posguerra.
Hace veinte días, The Economist, en su edición navideña, le dio un buen repaso al mismo tema y llegó a la conclusión de que mayor prosperidad no equivale a más felicidad, conclusión que desconcertó a las agudas mentes de quienes escriben en esta revista pero que sabe de sobra –el que más tiene es el que menos necesita– la sabiduría popular. Según The Economist, más allá de health, es decir, salud, lo que el ciudadano reclama es wellness, que vaya usted a saber lo que significa: un buen equilibrio entro lo espiritual y lo físico o replicar las riquezas y la popularidad de Beckham y de su pija señora. Wellness ha creado toda una industria de consumo.
Técnicas comerciales británicas
The Economist citó la extravagante, al menos para mí, idea de David Cameron, el joven líder del Partido Conservador británico, de poner el nivel general de felicidad, de satisfacción o de sentirse bien, lo que él llama el General Well Being, GWP, en el centro de su oferta electoral y, en contraposición, al Gross Domestic Poduct, GDP, lo que conocemos como PIB, que retrata el nivel de la renta nacional y que hasta hora ha sido la vara de medir la eficacia de todo gobierno para gestionar el bienestar general. En este caso, los desconcertados son los sensatos entre las filas del liberalismo conservador británico que solamente reclaman a su jefe que rebaje los impuestos para que ellos se puedan ocupar de su bienestar y, de paso, de su wellness también.
Lo de Cameron en el Reino Unido es un ensayo más de márketing político para erradicar la imagen de los conservadores como el Nasty Party, el partido desagradable, con sus manías gesticulantes y agrias que en su día inauguró Margaret Thatcher. Es posible que el Partido Popular pueda algún día aprender algo de las técnicas comerciales que elaboran sus colegas británicos.
Pero ese día está aún por llegar porque, hoy por hoy, Mariano Rajoy se enfrenta a la empanada mental que ha confeccionado el presidente del Gobierno con su mundo feliz de diálogo y paz y que, si Rajoy y demás gentes cabales y libres no lo remedian, pasará por ser el General Well Being de España. Felicidad es que no haya muertos y para que no los haya no puede haber broncas con quienes utilizan la violencia como arma política. Si hay broncas, habrá bombas. Y punto. Cállese, señor Rajoy. Deje de incordiar.
Cualquiera puede ser seducido por una despampanante dama en una noche de buenas copas, mejores puros e inimaginable suerte en la mesa de juego. Pero, ¿qué canto de sirena al oído se puede escuchar de un encapuchado secuestrador de la libertad, con txapela al ristre? Cualquier individuo puede elegir vivir entre las ruinas de su inteligencia. Ningún gobernante puede desahuciar las esperanzas de una democracia representativa que se asienta sobre la alternativa en el poder.

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