Jamás ha corrido, el nacionalismo catalán, tanto riesgo de convertirse en satélite de los dos grandes partidos de la política española. Derrumbado el sueño de reducir el PSC a la categoría de mera sucursal de Ferraz, descartada la posibilidad de mayoría absoluta, CiU tiene ante sí dos caminos principales: preparar una alianza estratégica con el PP o bien prepararla con Esquerra. ¿Podría también no moverse, o sea esperar a que el tripartito caiga, por su propio peso y con la ayuda de un empujoncito de Zapatero, mientras, más que tender vistosos puentes, excava túneles en direcciones contrarias, para conectar con los de Piqué y los de Carod? A ver qué sale. Es una posibilidad, pero raras veces, en política como en la ruleta, salen tus números sin haber puesto fichas sobre el tablero.
Ahora hay quien critica a Artur Mas y su equipo de confianza por haber tensado la cuerda en la campaña anterior. Además de ser injustas, estas críticas no llevan a ninguna parte. Podía haber salido bien. Un ligero aumento de la participación, que no saliera Ciutadans, que ERC perdiera otros dos -de bien poco le fue-, y ya tenemos al tripartito sin mayoría absoluta, con lo que CiU volvía a la plaza Sant Jaume con cualquier combinación, o en solitario, con una combinación de combinaciones. No, el problema de CDC no consiste en reexaminar la trayectoria o las decisiones de Mas -entreguismo estatutario aparte, pero para lo que aquí se plantea eso es poco relevante-, sino en pensar sobre la mejor estrategia para conquistar la Generalitat. Se pueden aguantar dos legislaturas a la intemperie, pero tres ya es un poco más peliagudo. Dediquemos, antes de calibrar los dos caminos estratégicos mencionados, el neoliberal y el nacionalista, unas líneas en apoyo de la propuesta de Duran, basada en un razonamiento tan sencillo como irrebatible: "Si vives del poder y no lo tienes en Catalunya, pues ejerce a fondo el que te brinda Madrid". Aquí, Tarragona, Sant Cugat, no mucho más. Allí, uno o dos ministerios (con la salvedad de que, si es una cartera, sea Fomento en vez de Exteriores). No hay color. Lo toma o lo toma.
El mayor peligro que le veo a una combinación de este tipo, en el Gobierno en Madrid y en la oposición en Catalunya, es que se eternice. La política es muy lábil, de modo que a pesar del muy limitado número de partidos en liza y las escasas combinaciones posibles en materia de alianzas, nunca pueden preverse todos los escenarios, ni siquiera los más probables. Pero una situación a largo en la que CiU ejerciera, desde el Gobierno, como agente moderador -"descrispador"- de la política española, ora con uno, ora con otro partido, podría contribuir al mantenimiento indefinido del tripartito. Para Catalunya, buen negocio. Para CiU, mejor que nada. Para Artur Mas, fatal.
Después de tantos obligados meandros llegamos al meollo estratégico y pragmático del artículo. ¿Con quién se aliará CiU para complementar los votos que le faltan y le faltarán de no mediar milagros? O con ERC o con el PP. No hay otros. Creo que no vale responder a la pregunta, la principal que tiene formulada la federación nacionalista con un "ya veremos" o un "depende de las circunstancias", pues las circunstancias también dependen de CiU. Ya somos mayorcitos para seguir creyendo en la cuadratura del círculo. No pocas almas en CDC se inclinarían de modo natural hacia ERC. Pero ERC no está por la labor. Si el tripartito consigue ser de Entesa, y no va por mal camino, repetirá. Así que, incluso por eliminación, no hay otro socio a la vista que el PP. Que Piqué, como exponente del centrismo de los populares, también imprescindible, según cómo se presenten las cosas, para que Rajoy vuelva a la Moncloa. Se trata de un camino peligroso, incómodo, plagado de avatares, de obligadas renuncias, pero no parece haber otro. De este modo se acabarían de perfilar en Catalunya dos bloques, a derecha e izquierda, pero inclinados al centro, de un catalanismo moderado.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados