WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

La Unión Europea vive en este año dos acontecimientos que deberían ser motivo para congratularse de su salud. Y sin embargo, existe más bien una sensación de que está estancada. Incluso adquiere una cierta, masoquista aceptación a hablar de declive. ¿En Estados Unidos hizo fortuna la fórmula ideológica del sueño americano y Europa está incapacitada para convertirse a sí misma en motivo de optimista ensoñación?

La Unión Europea cumplirá el 25 de marzo el cincuentenario de su origen con la firma del tratado de Roma que creó las Comunidades Europeas. Medio siglo ha llevado aquel primer proyecto a un desarrollo del que no deberíamos escatimar elogios y satisfacciones. La UE es una realidad muy superior al proyecto de aquel tratado de 1957. Lo cual puede entenderse de tres maneras distintas y hasta contrarias. Según unos, cincuenta años debería haber sido un tiempo suficiente para que hoy la UE fuera algo parecido a una federación, dotada de los recursos políticos, institucionales y hasta constitucionales necesarios para hacer sentir su peso en un mundo que está sometido a cambios inimaginables en 1957.

A juicio de otros, en cambio, es mucho llegar al cincuentenario, no sólo sin resquebrajamientos de mucha entidad, al fin y al cabo posibles, sino avanzando lenta, pero de manera sostenida, tanto en la profundización como en la ampliación. Por último, están aquellos cuyo balance pretende apoyarse en razones de elemental realismo, según las cuales Europa es lo que es y, en consecuencia, hace de sí misma lo que buenamente puede. Ni siquiera falta la creencia de que la UE está destinada a desaparecer.

Existen, pues, eurooptimistas, europesimistas, euroescépticos. Y, porque no, los que podríamos llamar euronegacionistas, ahora que esto de los negacionismos se prodiga. ¿La UE es cosa de fe, de idealismo o únicamente de pragmatismo? ¿Hay, podrá haber nunca un europeísmo de corazón, capaz de situar a la conciencia de ciudadanía europea cuando menos al mismo nivel con que se forjaron -y perduran o exigen ser reconocidos- títulos de ciudadanía propios de estados nacionales?

Entrar en estas consideraciones es hacerlo en terreno resbaladizo y laberíntico. No se puede ni debe obviar. Y ahí están para evidenciarlo las cien nacionalidades y el número casi triplicado de lenguas y dialectos que existen en una Europa coriácea, resistente a la hora de sobreponer a su arraigada diversidad una disposición a utilizar en bien de todos un sistema auténticamente común de lazos jurídicos, políticos, económicos y, evidentemente, culturales. Algo a tener muy en cuenta cuando el quincuagésimo aniversario de la comunidad europea coincide con la incorporación de Rumanía y Bulgaria, así integrada por 27 países.

Es imposible aquí acometer ni siquiera someramente la exposición de la complejidad que este sucinto enunciado de cuestiones lleva consigo. Pese a todo, el problema de Europa no es tanto de incapacidad para obtener una síntesis como de oportunidad y decisión en la acción. Y esto es precisamente lo que Angela Merkel muestra estar dispuesta a hacer cuando le corresponde ocupar la presidencia semestral de la UE, en feliz coincidencia con la anual, en el seno del G-8.

En pocos días, dos caras del europeísmo se han hecho explícitas. El 13 de este mes, al despedirse como presidente del Parlamento Europeo, Josep Borrell habló de que la UE está pasando la crisis de los cincuenta, propia en muchos casos, de experiencias vitales de las personas humanas. Después de denunciar una falta de eficacia que debilita la legitimidad y considerar que "el actual clima europeo es deprimente" llegó a decir que "el proyecto político de Europa ha muerto". ¿Es, pues en esta Europa muerta donde acaban de entrar Rumanía y Bulgaria, precisamente con la esperanza de que hacerlo les va a dar la vida que se les agostó hasta límites desesperanzadores bajo la hegemonía soviética? Es una pregunta que deberíamos hacernos cuando el pesimismo sobre la UE gana terreno.

Por esto viene tan a tiempo la voz de Angela Merkel. Es un llamamiento contra el desánimo. Pero también una invitación a actuar más que a especular. A hacer más que a lamentarse. Proceder de la que fue República Democrática Alemana, de régimen comunista, le permite ver la situación de la UE con una perspectiva más afinada. Sin derrotismo pero también sin excesiva ansiedad por lo que se ha hecho o lo que no se ha hecho. Ella, de 52 años, no parece precisamente afectada por la "crisis de los cincuenta". Es más, haberlos cumplido personalmente le da un saber hacer, un sentido de la realidad, una ausencia benéfica y tranquilizadora de desconcertantes variaciones ciclotímicas, cualidades que son muy de apreciar cuando en la UE sobran los repliegues depresivos y abandonistas.

La señora Merkel no promete milagros. "Debemos concentrarnos en lo esencial", dice. ¿Pero qué es lo esencial? Lo ha expuesto en pocas líneas de conducta, sin rodeos. Con una condición previa: "Se necesitan políticos capaces de mirar más allá de su plato". ¡Qué manera de dar en el clavo! Señores políticos, menos darle vueltas al ombligo de su oficio, de sus intereses nacionales y de partido. Lo que hay es una crisis de personas, de liderazgo, de carencia de estadistas. Sin este enfoque de los problemas realmente existentes, todo es por demás. Porque elevar la mirada es imprescindible para encarrilar a la UE hacia cómo ha de enfrentarse a sus grandes envites que son, casi todos, apremiantes.

A juicio de la canciller alemana, la UE ha de asumir su ubicación económica y política entre Estados Unidos, por una parte, y Rusia, por otra. Tres veces ha estado Angela Merkel en Washington desde que ocupa la cancillería alemana. Ha habido sonados desentendimientos europeos con la política de Bush, pero Norteamérica, el gran aliado, primera potencia militar, política y económica del mundo es mucho más que Bush. Y Rusia es la gran y frecuentemente difícil vecina, que suministra a la UE petróleo y gas. La UE está de lleno metida en las oportunidades o incomodidades de la globalización. Con China, India, pronto tal vez con Brasil, es preciso saber a qué atenerse. Pero hay más. Un Oriente Medio extremadamente conflictivo que está en el círculo de los compromisos europeos. El futuro de Europa se juega también en Iraq, Irán, Palestina, Israel, Líbano, Afganistán y un largo etcétera.

Está por ver nada menos que si la UE, incapaz hasta de dotarse de algún tipo de ley fundamental, desnortada, incrédula sobre sí misma, está en condiciones de decidir el papel que le corresponde en este ámbito mundial, abierto y competitivo, donde los conceptos de patria y poder nacional rigen vigorosamente con una amplitud territorial y demográfica y un ímpetu económico enormes. Angela Merkel no escurre el bulto ante esta realidad. Yva a por ella. Pero lo hace con tacto, sin proponerse máximos. Nada de forzar la constitucionalidad de la UE. Pero también nada de renunciar a un marco legal imprescindible para que sea operativa con sus 27 miembros antes de pensar en nuevas ampliaciones. Un marco que no ha de ser el de la llamada Constitución rechazada por Francia y Holanda, de la cual la canciller dice, con sobrada razón, que es farragosa. Recomienda claridad y contención en el articulado, condiciones exigibles de una ley fundamental.

Y, a partir de aquí, lo concreto: energía, medio ambiente, comunicaciones, política social, cierre de filas en la defensa de los intereses comunes, política exterior. Y la inmigración, tan vinculada a la preservación de los valores europeos. Es la voz de la sensatez. ¿Será escuchada?