LA TERRAZA
Esta semana he tenido el placer de compartir mesa con Georges Moustaki. No la mesa de un restaurante (los chicos de la editorial Belacqua no tienen ese tipo de detalles), sino la mesa de la FNAC, en la Illa Diagonal, en compañía de Marina Rossell, Lluís Llach y, claro, Georges Moustaki, del que presentábamos en sociedad su libro Siete cuentos fronterizos, que la editorial Belacqua acaba de publicar (hay también una edición en catalán, Set contes fronterers, ambas traducidas del francés por Anna Gil Bardají, y que se venden al precio de 10 euros).
Para la inmensa mayoría de personas, Georges Moustaki es el autor de Le métèque, es el métèque ( "Avec ma gueule de métèque / de juif errant de pâtre grec / et mes cheveux aux quatre vents..."), pero para mí, para los de mi generación, es alguna cosa más, la primera de las cuales, si dejamos de lado alguna que otra canción que le regaló a Catherine Sauvage o a Juliette Gréco, es la de ser el autor de Milord (letra de Moustaki y música de Marguerite Monnot), uno de los grandes éxitos de la Piaf ( "Allez! Venez Milord / Vous asseoir à ma table / Il fait si froid dehors / Ici, c´est confortable…").
Cuando Moustaki conoció, bíblicamente, a la Piaf, era un chaval de 23 años que cantaba sus propias canciones, acompañándose a la guitarra, en el College Inn, una boîte de Montparnasse.
Una noche de abril de 1957, Moustaki se colocó en la puerta del Olympia, en la entrada de los artistas, y cuando vio salir a la Piaf se presentó a ella, le dijo que la admiraba muchísimo y que le haría una gran ilusión que fuese a oírle cantar en el College Inn. La Piaf, que atravesaba un mal momento (sus amores con Félix Marten, el cantante que popularizó La Marie-Vison, iban de mal en peor), debió de sentirse halagada por ese guapo muchacho de ojos azules que decía admirarla y, sin pensárselo dos veces, se subió al coche de Moustaki, una chatarra, y se fueron juntos al College Inn. Tres días después, Moustaki se instalaba en el piso de la Piaf, en el bulevar Lannes, en condición de amante oficial de la señora.
La relación entre la Piaf y Moustaki duró un par de años. Cuando se le pregunta sobre esa relación, él se deshace en elogios sobre la Piaf, habla de lo generosa que fue con él, de lo mucho que aprendió con ella y de lo mucho que se quisieron, pese a que ella era 19 años mayor que él, que bebía como una cosaca y encima se drogaba. Pero hay otras versiones. Simone Berteaut, la hermanastra de la Piaf (ambas eran hijas del acróbata Louis Gassion), en el libro que escribió sobre la cantante, dice que Moustaki se aprovechó de ella, que le pegaba, y que la dejó tirada en el quirófano de un hospital de Nueva York (úlcera de estómago con hemorragia interna) para irse a tomar el sol a una playa de Florida. Cuenta la Berteaut que cuando su hermanastra se despertó después de la operación y vio que Moustaki no estaba a su lado, se puso echa una furia y dijo que nunca más le hablasen de aquel tipo ( "Momone, ne me parle plus jamais de ce type!"). Pero yo no me fío mucho de la Berteaut, que era un mal bicho, y quiero creer que la Piaf y Moustaki se lo debieron pasar muy bien mientras estuvieron juntos, que se divirtieron mucho, que se tomaron muchas copas juntos, y que se quisieron mucho, cada cual a su manera. De otro modo no se explica que Moustaki le regalase a su amante una joya como el Milord (mucho más valiosa que los encendedores de platino que ella le regalaba al muchacho).
Moustaki nació en Alejandría, de un padre de origen griego y una madre italiana. El padre era librero y mandó a su hijo a un liceo francés, que era la lengua culta de la burguesía de Alejandría en los años treinta del pasado siglo. A los 17 años, en 1951, Moustaki se marchó a París. Y allí se quedó, hasta hoy. Tuvo varios oficios. Trabajó en una editorial, hizo un poco de periodista, fue barman en un piano bar, y empezó a escribir y componer canciones, que él mismo cantaba. Colaboró con Henri Salvador y Henri Crolla (el guitarrista), hasta que un buen día conoció a Georges Brassens. Lo conoció en las ediciones JAR (Jeunes Auteurs Reunís), que había creado un joven poeta, Jean-Pierre Rosnay (que luego se casaría con la hermana de Moustaki). Las ediciones JAR acababan de publicar Le tour des miracles, una novela de Brassens, y el joven Moustaki le dijo a éste que escribía canciones y se las mostró. Brassens le dijo "C´est de qualité", y a los pocos días alertó a Jacques Canetti, toda una institución en el mundo de la canción, y a Francis Claude (el autor de L´île Saint-Louis, que cantaba Léo Ferré), los cuales se interesaron por el muchacho. La aparición de Brassens en el mundo de Moustaki fue capital en su carrera, hasta tal punto que el muchacho, que se llamaba Joseph, se cambió el nombre y se puso el de Georges, en homenaje a Brassens, y poco después le dedicó una de sus más bonitas canciones: Les amis de Georges.Cualquier persona que tenga un poco de oído, si escucha las canciones de Moustaki se percatará de que detrás de ese perfume mediterráneo, del Mediterráneo oriental, que rezuman muchas de ellas, está presente la zarpa ligera, elegante, del gran Georges (la canción Joseph - "Parfois je pense à toi Joseph / mon pauvre ami lorsque l´on rit / de toi qui n´avait demandé qu´à vivre heureux avec Marie"-, una de las más famosas canciones de Moustaki, podría haberla firmado tranquilamente Brassens).
Hubo, pues, el Moustaki de antes y de después de Brassens, luego vino la relación con la Piaf, con el mundo de la Piaf, y unos años después surgió, de repente, como un extraño brebaje para terminar de una vez por todas con la resaca del 68, Le métèque. Si bien es cierto que por esas mismas fechas se produjo el encuentro Reggiani-Moustaki que nos dejaría alguna que otra joya de la canción francesa, como Ma liberté o Sarah ( "La femme qui est dans mon lit / n´a plus vingt ans depuis longtemps"). Después de Le métèque, las canciones y el mundo de Georges Moustaki son harto conocidos.
Quedaba por conocer su faceta de escritor, el Moustaki autor de esos cuentos fronterizos que el pasado jueves presentamos en la FNAC. Esos cuentos, impregnados de un fuerte perfume oriental, son, como algunas narraciones de Brassens, canciones en agraz, a las que sólo les falta la música y la voz. Conociendo a Moustaki, es fácil, extremadamente fácil, que el lector les ponga música (que ya está ahí) y la voz (que también está ahí). Eso ocurre con algunos, no demasiados cantantes franceses (chansoniers, cantautores, autores de la música y las palabras, como quieran llamarlos). Ocurría con Trenet (el más grande), con Brassens, y ocurre con Moustaki. Trenet escribió, que yo sepa, tres novelas, que le fueron publicadas sin pena ni gloria, y un montón de poesía. Porque Trenet, que se consagró como "fou chantant" en el ABC de París, en la primavera de 1938, cuando eclipsó a Lys Gauty, la vedette del espectáculo, no iba para chansonier, iba para poeta. Fíjense si se consideraba poeta, que en 1983 se presentó como aspirante al sillón del duque de Lévis-Mirepoix en la Academia Francesa. Eran muchos los que creían que la chanson, después del cine (René Clair), iba a hacer su aparición bajo la cúpula del muelle Conti, de la mano de un gran poeta. Pero no fue así. Los "inmortales" no quisieron de Trenet, una reacción que su secretario, Jean Mistler, encontró la mar de normal, al tiempo que pedía que en posteriores ocasiones sólo llamasen a las puertas de la Academia "quelques écrivains sérieux" (¿Qué debería entender ese buen hombre por escritores serios?).
La suerte de Brassens fue distinta. Él, que no se consideraba poeta, en cualquier caso mucho menos poeta que Trenet, recibió el premio de Poesía de la Academia Francesa y sus canciones fueron motivo de tesis en las aulas de la Sorbona. No creo que Moustaki, a sus 73 años, sienta la más mínima curiosidad por visitar la jaula de los "inmortales", ni creo que estos se tomen la molestia de premiarle sus cuentos fronterizos, pero si el lector es de los que les gustan las canciones de Moustaki y tiene la costumbre de escucharlas mientras trabaja (como hago yo ahora y como hacía Fabià Puigserver en su taller del Lliure de Gràcia ), sepan que si se quedan sin corriente o sin pilas pueden seguirlas escuchando en los siete cuentos fronterizos (49 páginas) que encontrarán en cualquier librería.

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