CUADERNO DE MADRID

También en Madrid comienza a palparse un hartazgo de la política politizada. Hay una saturación evidente y unas encuestas que desmienten la inminencia del apocalipsis. Conviene relajarse e intentar ver el mundo desde otros ángulos. Yendo al cine, por ejemplo, una tarde de novillos, que los escolares madrileños llaman pellas. Una piruleta con sabor a cola y Maria Antonieta, gran película, pese a la crítica.

Rococó con fondo de música rock. Después de triunfar con Lost in translation, angustioso poema del Tokio abismal y cosmopolita, Sofia Coppola logra narrar una fenomenal crisis de poder sin alejarse ni un segundo del sofocante pasteleo de Versalles. Historia sin historicismo. Otra manera de contar las cosas. Imaginemos una crónica política que, prescindiendo del parloteo y el análisis zorruno, fuese capaz de explicar el actual cuadro español a partir de la estricta subjetividad de sus protagonistas.

Por ejemplo: por qué Zapatero se quedó unos días en Doñana después del bombazo de Barajas, y Rajoy dio el lunes un sustantivo paso atrás, creyendo pronunciar el más contundente de sus discursos. Quizás el presidente, trastabillante, necesitaba estar aquellos días muy cerca de su familia. Quizás el jefe de la oposición, harto de su lábil oponente y del ajedrez lento que impone el centrismo, se dejó llevar por la inteligencia eléctrica e impaciente de Cayetana Álvarez de Toledo, joven capitana, estos días muy activa e influyente en la calle Génova, dicen.

Maria Antonieta relaja y sugiere nuevos lenguajes. Buen momento, por tanto, para repasar algunas notas de viajes en busca de esas paradojas que cuestionan la España tópicamente establecida. Notas de Teruel, por ejemplo, que estas pasadas Navidades estaba llena de catalanes, atraídos por la cercanía del Maestrazgo, por la seca belleza del Bajo Aragón y, sobre todo, por el genial aliento victimista de esa campaña que lleva por título Teruel también existe.

El catalán es así. Aun escarnecido en las sentinas de la España más intolerante, sigue siendo un gran viajero peninsular. Siempre atento a las desgracias lejanas, cuando oye un ¡ay! novedoso; sea el de un turolense o el de un oso polar derretido por el inminente fin del mundo, allá va (el catalán), curioso, cívico e itinerante.

Teruel también existe es una campaña inteligentísima que está descubriendo a miles de viajeros una ciudad bella y elegante, que parece extraída de una imposible Italia mozárabe. Teruel gusta y a quienes idearon el lema deberían darles un premio. Lo cual no quiere decir que sean unos grandiosos impostores. Al contrario, han captado en toda su profundidad el momento español: ¡el que no llora, no mama! Mientras ven crecer Zaragoza a velocidad de vértigo, los turolenses temen quedar fuera de la red del AVE, puesto que el ferrocarril veloz, además de pasajeros, transporta riquísimas plusvalías. Agotado el ciclo de los fondos europeos, el AVE será el gran reorganizador territorial de España. Y si no que se lo pregunten a Ciudad Real, Toledo y Guadalajara, ayer polvorientas, hoy tocadas por la diosa Fortuna.

En este mundo incierto, líquido y traidor hay que ser alguien. Así, en el Maestrazgo están reinventando al fiero general Cabrera, irreductible capitoste carlista. En Morella, que casi siempre fue liberal, el PP (Diputación de Castellón) le ha erigido una gran estatua ecuestre en el castillo, y el PSOE (Ayuntamiento), más contenido, ha redactado una placa ligeramente autocrítica. Confortablemente exiliado en Londres, donde casó con la millonaria Marianne Catherine Richards, Ramón Cabrera acabó reconociendo a Alfonso XII y dijo arrepentirse de la rebelde ferocidad con la que había combatido. ¿Repunte carlista en el Maestrazgo? Que va. Búsqueda de un relato: de una subjetividad. Cuando España iba en mula, el inexpugnable castillo de Morella controlaba el engarce entre Castilla, Aragón, Valencia y Catalunya. El seminarista Cabrera logró conquistarlo y se consagró como el más eficaz y bravo de los jefes carlistas. Tenía el Tigre del Maestrazgo una especial predilección por los sargentos, muy fieles a la causa cristina. Sargento que pillaba, sargento que fusilaba. En represalia, los liberales apresaron y mataron a su madre en Tortosa. Lo cual, reflexionado una mañana agreste y ventosa en el castillo de Morella, hace volar la imaginación y la libreta de apuntes: la salvajada como perenne clave española; la pertinaz propensión a ignorar los límites; la furia calculada -Cabrera, que podía haber enloquecido por un exceso de cierzo y de sangre, acabó viviendo como un perfecto burgués en Londres-; el cinismo de los fieros, por tanto, pero también el imperio de la voluntad. El deseo de ser. La subjetividad.