EL CALENTAMIENTO GLOBAL
El nuevo año nos ha deparado dos noticias que algunos tienen dificultades de digerir. De una parte, el 2006, según el Ministerio de Medio Ambiente, ha sido el año más cálido de España desde que se tienen registros, lo cual abona la idea del cambio climático. Y, de otra, la llegada de un invierno muy benigno en Catalunya, con un rosario de secuelas en el medio natural, ha vuelto a revitalizar, con más motivos, el interés por la meteorología. Se trata de ámbitos diferenciables. Sin embargo, algunos han querido ver en la mera variabilidad natural del tiempo y sus estaciones un argumento para desechar la idea del cambio climático. Pero no hay que confundir la meteorología con la climatología. La primera explica situaciones meteorológicas temporales en un momento determinado, mientras que la climatología refleja unas características generales consolidadas en el tiempo y recoge una evolución a lo largo de él.
La existencia de un calentamiento en el planeta se asienta en tres informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, integrado por más de 3.000 especialistas, quienes cada vez han ido viendo más clara la mano del hombre en este fenómeno.
El cambio climático no es un argumento monopolizado sólo por los ecologistas, sino que es asumido por gobiernos como el español de manera oficial. Más de 160 países protagonizan reuniones anuales del protocolo de Kioto destinado a combatir este fenómeno. Y, además, ésta es la premisa clave sobre la que pivota la nueva política energética de la UE.
Por eso, sorprende que algunas voces parezcan empeñadas en protagonizar una cruzada en solitario para enmendar la plana nada más y nada menos que a 3.000 científicos aglutinados por la ONU. Su falta de información - generalmente no aportan ningún tipo de datos- les empuja a enfrentarse a esa movilización de 160 gobiernos de todo el mundo e incluso pretenden corregir en solitario toda la nueva política energética europea.
Desde el primer informe del año 1991, los expertos de la ONU han acumulado evidencias sobre el calentamiento global, y se espera que en su cuarta evaluación, que se presentará a principios del próximo mes en París, se reafirme la estrecha influencia que en él tiene la actividad humana.
La atmósfera tenía antes de la revolución industrial 270 partes por millón de gases invernadero que calientan la atmósfera; su presencia alcanza ya las 380 partes, y todo indica que en 50 años podría rebasarse las 500 partes por millón de estos gases. La causa es la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) procedentes de térmicas, industrias, tubos de escape, la agricultura o los vertederos.
El resultado ha sido un calentamiento de la atmósfera en un grado en Europa el pasado siglo; los últimos años, de promedio, han sido los más cálidos desde 1861, año en que empezaron los registros instrumentales. Los expertos, que han comprobado el deshielo de los glaciares de montaña y en el círculo ártico, prevén un subida de las temperaturas de 1,4 y 5,8 grados a finales de siglo, y una elevación del nivel del mar de entre 9 y 88 centímetros. Otras consecuencias asociadas al calentamiento son los fenómenos meteorológicos extremos (sequías, inundaciones, huracanes) y una fuerte convulsión de los ecosistemas y de las especies (con dificultades para adaptarse), más un desplazamiento de las enfermedades a otras latitudes. No es extraño, pues, que cualquier anomalía climática sea escrutada con lupa, incluyendo todos los ciclos cálidos, como el de estos días.
A partir de un principio de precaución y ante las evidencias crecientes de cambio climático, laUEha organizado una gran pirámide planificadora en cuya cúspide está el objetivo de lograr que la temperatura no suba más de dos grados. Eso significa estabilizar los gases en la atmósfera, reducir su emisión al menos un 30% los gases invernadero en el 2020 y diseñar un nuevo modelo energético en consonancia con esas prioridades. Es decir, se debe reducir el uso los combustibles fósiles, utilizar más fuentes limpias y fomentar las políticas de ahorro y eficiencia energética.
En ese diseño influye la necesidad de Europa de ser menos dependiente de recursos energéticos localizados en zonas en conflictos - donde se libran guerras por el petróleo- y en un contexto donde es clave impedir que Rusia caiga en la perenne tentación de cerrar la espita del gas a algunos países miembros. Europa ya ha contestado a los inmovilistas a través de diversos estudios económicos, como el informe Stern. Su conclusión es que el calentamiento puede causar pérdidas económicas como la Primera Guerra Mundial o despertar una crisis equivalente a la gran depresión de los años 30. Cruzarse de brazos puede tener consecuencias catastróficas, dijo Blair, que pide que los gobiernos destinen un 1% del PIB a mitigar el cambio climático.
Además, invertir en prevenir el cambio climático permitiría a Europa ahorrar presupuestos sanitarios. Hay que tener en cuenta que los sectores del transporte o la industria que emiten gases que calientan la atmósfera arrojan también gases que dañan la salud (óxidos de nitrógeno, las partículas en suspensión, el dióxido de azufre o el ozono). Sólo una reducción de emisiones de CO de un 10% en la UE para 2 el año 2020 generaría un beneficio para la salud estimado entre 8.000 y 27.000 millones de euros, según la Comisión.
La lucha contra el cambio climático supone necesariamente un nuevo modelo de entender el transporte, la movilidad o el uso de la energía. Y exige cambios de pautas personales, y renovados conflictos de intereses. El cambio ya se ve: para empezar, está comportando, por ejemplo, un esfuerzo de adaptación de la industria automóvil en busca de vehículos menos derrochadores, más limpios o que usen biocombustibles. Además, centenares de plantas térmicas, siderúrgicas o cementeras europeas y españolas ya tienen asignados en sus planes para cumplir con Kioto cupos anuales máximos de emisión de CO bajo control total público. 2
Y toda su competitividad depende nuevas tecnologías eficientes. Y por último, surgen nuevos sectores económicos emergentes en el campo de la energía (los molinos de viento, la fabricación de placas fotovoltaicas). Toda esta transformación aún debe estar más presente en la agenda de los políticos. Por eso, la próxima conferencia de los presidentes de comunidades autónomas, que se centrará sólo en este asunto, será un buen termómetro para ver cómo se armonizan las políticas contra el cambio climático.

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