EL PAÍS DE LOS BALCANES DETERMINA SU FUTURO

Las elecciones parlamentarias a las que hoy se enfrenta Serbia trascienden notablemente la votación por una opción política; este país balcánico, que en la década de los noventa se identificaba con la retrógrada política de Milosevic y sus símiles, tiene que manifestar al mundo -y a sí mismo- si decide avanzar hacia Europa y aceptar las reglas de juego o quedarse con la mirada nostálgica dirigida al pasado medieval, cuando este país era un gran reino.

"1389, recuerda", versan por las calles de Belgrado grafitos que aluden al momento histórico en que culmina el pasado, cuando Serbia fue derrotada por los turcos en la famosa batalla de Kosovo. Diversas corrientes nacionalistas, desde el más civilizado Partido Democrático de Serbia, gobernado por el primer ministro Kostunica, hasta los ultranacionalistas del Partido Radical, apelan a esta fecha histórica que simboliza lo más visceral de los sueños nacionalistas: una Serbia lo mayor posible, que "no sacrifica a nadie y a nada", ensimismada y autosuficiente, pero cuyo resultado sería, como mínimo, un encharcamiento colectivo. Por otro lado están diferentes partidos democráticos y modernos: en el centro, el Partido Democrático, que lidera Tadic, el actual presidente de Serbia, erigido en los dos años y medio que lleva en el poder en un político de talla considerable; más a la izquierda, la Unión Cívica y el Partido Liberal Democrático de Ceda Jovanovic, el joven revolucionario que dirigía las protestas contra Milosevic.

El hecho de que los sondeos anuncien una participación bastante más elevada que en las convocatorias anteriores, cuando los serbios fueron acusados de irresponsables por su apatía política (fácilmente comprensible en los tiempos del desconcierto social, moral y económico posbélicos), junto con la promesa de la segunda agrupación de los partidos citados de que crearían una coalición parlamentaria dejan lugar a esperanzas.

El Partido Socialista que Milosevic dejó en herencia no representa ninguna fuerza real. Lo más temible en estas elecciones es el número de escaños que puedan conseguir los radicales del RS, cuyo cerebro, Vojislav Seselj, está en La Haya, pero su nacionalismo radical atrae no sólo a los chauvinistas sino a muchos agraviados, desde obreros hasta refugiados serbios de distintas partes de la ex Yugoslavia, incluida Kosovo. El tema Kosovo seguramente es la piedra con que todos tropiezan y se presenta como un problema sin solución. Cuando se habla de esta región autónoma de mayoría albanesa que quiere escindirse de Serbia, hay que saber que para los serbios una Serbia sin Kosovo sería como una Catalunya sin Montserrat, Andalucía sin la Alhambra o Castilla-La Mancha sin Toledo, para ilustrarlo en términos locales. Pero asimismo es un hecho que Kosovo está perdida para Serbia desde hace tiempo, por la política de mano dura que ejerció allí Milosevic con los albaneses, que luego han hecho lo mismo con la población serbia.

Hay que cruzar los dedos para que Serbia haga hoy borrón y cuenta nueva, aunque tenga que dejar en un segundo plano su orgullo patriótico. Y desearle que desafíe a la amenaza que siempre ha acechado a su pueblo, y que tan bien definió el antropólogo Jovan Cvijic: "Como una araña, el hombre teje una tela a su alrededor que le aísla del resto del mundo. La teje de prejuicios históricos, de soberbias nacionales, de degeneradas formas de vida. Ninguna otra razón puede comprometer tanto al desarrollo de los eslavos del sur como la mencionada forma de pensar".