La oratoria, dice el diccionario, es el arte de hablar con elocuencia, de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir. Y también -añado yo- de modo eficaz para machacar al rival. Así debe entenderlo al menos Mariano Rajoy, que el lunes ametralló verbalmente a Zapatero en el Congreso, con gruesos calificativos, a paso ligero y voz en cuello, mientras éste le respondía balbuceante, recurriendo a la repetición de ideas y frases, dando la sensación de que no le sobraban argumentos. He aquí una nueva prueba de la importancia de las palabras: debidamente manejadas, pueden llegar a hacernos pensar que lleva razón quien no la tiene, o que carece de ella quien actúa con más candor que labia.

Con todo, el episodio verbal de la semana no ha sido el del Congreso, sino el registrado en las filas del Real Madrid, donde, a falta de buen fútbol, se nos ha brindado una sesión de alta oratoria. Abrió fuego, el martes, su presidente Ramón Calderón, con unas declaraciones incendiarias, probablemente exactas, pero propias de quien ya no tiene aliados ni futuro. Este presidente aprovechó una charla coloquio con alumnos de Empresariales en una universidad privada -el templo del saber- para desacreditar a todos los estamentos de su entidad. Aseguró que su antecesor en el cargo, Florentino Pérez, le había saboteado un fichaje. Dijo que sus jugadores eran vanidosos y ególatras. Tachó a Beckham de "medio actor", a Guti de "promesa de 31 años", y reveló que Casillas cobra la módica cantidad de 9 millones anuales, para gran contento de Hacienda y mayor enfado del cancerbero. Y por último remató -el tiempo dirá si en propia puerta- cargando contra la hinchada merengue "porque no anima y va al fútbol como a un teatro". (¿Y cómo va a ir si no?)

Al día siguiente, reunidos entre bambalinas, los jugadores del club blanco reaccionaron a las lindezas de su presidente. Y lo hicieron con unas cuantas frases edificantes, rápidamente difundidas por los medios de comunicación, entre las que destaco, por su excelencia y concisión, ésta: "Deja de soltar mierda por esa boquita".

Hubo una época lejana en la que nos gobernaba la aristocracia, una clase escogida que transmitía el poder de padres a hijos. A cambio de este privilegio, se le suponía conducta ejemplar. Luego, con los años, descubrimos la igualdad de oportunidades y la democracia. Pero, aun así, subsistió el concepto de aristocracia para denominar a las clases o grupos que, por un motivo u otro -¡ay!-, sobresalen. Así hemos llegado hasta nuestro presente, en el que la aristocracia de facto ya no la integran viejos títulos cargados de bandas, cruces y encomiendas, sino las clases triunfadoras en el ámbito mediático y económico. Por ejemplo, los jugadores de fútbol (o los actores, cantantes y freaks televisivos) y los constructores, cuya reciente pujanza les ha permitido incluso asaltar los otrora inexpugnables círculos del poder energético y bancario. Es decir, aquellos que nos distraen con su circo y aquellos que nos condicionan la vida mediante el curioso sistema de convertir la vivienda, esa necesidad primaria, en un lujo (al tiempo que van edificando y pavimentando todo el país, salvo los campos de golf).

Esa es la gente ejemplar, a la que hoy admiramos o, por lo menos, obedecemos. Y esa es por tanto la gente que ahora habla en voz alta, como si de sus boquitas fuera a brotar un manantial de aguas cristalinas e ideas elevadas, en lugar de tan decepcionantes y desoladores exabruptos tabernarios.