EL RUNRÚN
Somos tibios. Qué le vamos a hacer. Todas las grandes movilizaciones ciudadanas proceden del exterior, y cuando llegan, lo hacen debilitadas, como si ya sólo quedara un eco de lo que fueron. Y eso que la mayor parte no viene de muy lejos, sino del país vecino: la revolución francesa, el mayo del 68, la revuelta antiglobalizadora de los agricultores franceses ante el Mc-Donald´s de Millau o la huelga de marzo contra el Gobierno de Villepin, capitaneada por los esfuerzos del estudiante Bruno Julliard...
Todas han sido protestas necesarias, populares, ampliamente respaldadas por muchos sectores de la sociedad. Y hasta cierto punto, festivas y saludables. La revolución del XVIII fue sangrienta pero necesaria. El mayo del 68 quedó inscrito para siempre en la galería de los mitos. La revuelta del Mc-Donald´s tuvo su punto de exaltación, con José Bové y todos aquellos agricultores desmontando el restaurante en construcción como protesta contra la OMC y luciendo con orgullo las esposas al final del estropicio, dando lugar a otra simbólica foto para la leyenda. Todas estas iniciativas siempre nos llegan ya con varios grados menos de temperatura, y la última no ha sido una excepción.
Cuando hace unos días llegaron Los Hijos de Don Quijote, que han estado durante semanas acampados en París hasta que sus reivindicaciones en favor del derecho a una vivienda digna para los más desfavorecidos han conseguido resultados, yo ya me veía a las puertas de otro 1789, con los dos ingredientes básicos idénticos: el pueblo como protagonista de la historia (visión romántica de Lamartine y Michelet) y el alza progresiva del pan (en este caso, del ladrillo) como desencadenante de la insurrección.
Pero lejos de eso, su paso por aquí ha sido más bien discreto. No se extendió la acampada: el Ayuntamiento puso dificultades. No hubo cobertura mediática a lo grande como la ha habido en Francia. No hubo foto emblemática como la de París (Augustin Legrand, portavoz del movimiento, besando en la boca a un sin techo junto al canal cercano a la acampada). Ni siquiera se les sumaron las ONG que se dedican a atender a los desfavorecidos.
Dicen que la situación de los sin techo en Barcelona o en Madrid no es comparable a la de París, y puede que sea cierto. Pero ¿se imaginan que a todos los sin techo se les hubieran unido todos aquellos que estamos bajo un techo ajeno, bajo un falso techo o bajo un techo hipotecado? ¿Se imaginan que por una vez, indigentes, estudiantes, clases medias y obreras, se hubieran lanzado a la calle bajo el mismo lema?
Pues no ha sido así. Y eso que en Francia (donde al principio también fueron considerados unos soñadores y unos chalados), han conseguido nada menos que un proyecto de ley que establece el derecho a reclamar "ante los tribunales" una vivienda al Estado, poniendo así este derecho a la altura del derecho a la sanidad o a la educación y realizando un avance sin precedentes en cuestión de mejoras sociales. Claro está que el ejemplo atravesará fronteras y tarde o temprano nos iremos beneficiando de estas mejoras sociales. Pero desde luego no será por nuestra pasión de salir a la calle a protestar. Porque, para bien o para mal (por ser fiel a un conocido bolero): sin hacer más comentarios, somos tibios.

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