Como es natural, tras la pérdida del Govern de la Generalitat en Convergència (CDC) hay una muy visible mar de fondo que se puso de manifiesto en la reunión de la comisión ejecutiva del lunes pasado. Un periódico de Barcelona señalaba que un diputado de CiU en las Cortes - del cual no citaba el nombre- hacía a la salida de esta reunión el siguiente diagnóstico: "Si ahora estuviéramos en el Gobierno catalán y la repartidora de cargos funcionara a todo gas, aquí nadie se quejaría". Nada más exacto.
Ahora bien, aparte de las comprensibles disensiones internas, la verdad es que para CDC los próximos años pueden ser angustiosos. No se trata de que no estén ahora en el Govern sino de que hace ya tres años que fueron desalojados del mismo y la perspectiva más probable es que tarden, como mínimo, cuatro años en recuperarlo. Ello no es muy grave en partidos estatales, como el PSOE y el PP, que tienen siempre el refugio de los cargos autonómicos y locales, pero lo es mucho en un partido como CDC cuya fuerza, su pal de paller,siempre había sido la Generalitat. Sólo si en las próximas elecciones alcanzaran la alcaldía de Barcelona podrían enfocar los próximos años con una cierta tranquilidad. Si no es así, pocas salidas le quedan.
CDC era un partido cuya fuerza reposaba sobre dos grandes pilares. Por un lado, la irrepetible personalidad de Jordi Pujol, que aglutinaba a los sectores más diversos, desde conservadores escasamente catalanistas que lo votaban como partido moderado hasta los nacionalistas de izquierdas que en otros tiempos eran militantes del PSUC, pasando por una amplia gama de ciudadanos que estaban convencidos de que votar a Pujol era votar a Catalunya. El otro pilar era controlar la Administración de la Generalitat desde donde podían ejercer un poder clientelar tremendo sobre la sociedad catalana. Ambos pilares ya no existen y CDC se enfrenta a una travesía del desierto en la que puede ir perdiendo buena parte de sus militantes y la confianza de muchos electores. Esta perspectiva es la que genera su actual crisis.
Una salida a la misma es repetir la estrategia por la cual CiU optó tras la pérdida del Govern en el 2003: intentar hacer la competencia a ERC elevando el listón de su nacionalismo. Sin embargo, esta salida no es muy probable en estos momentos debido a la traumática experiencia del proceso estatutario cuya consecuencia han sido los malos resultados cosechados en las pasadas elecciones. Probablemente, lo más indicado sería iniciar otro camino: recuperar el espíritu de Miquel Roca Junyent - en cierta manera, el espíritu de la Lliga de Cambó- y tener representantes en el Gobierno de España. Desde allí, CDC podría seguir siendo influyente en la sociedad catalana, seguir representando ciertos intereses económicos en la dirección del Estado. Esta es la vía que pretende Duran Lleida, que pretende Unió Democràtica.
Ahora bien, optar por esta segunda vía supondría que Mas debería cambiar a sus colaboradores más inmediatos, esos jóvenes independentistas que pasearon el Freedom for Catalonia junto a la bandera olímpica en 1992. Pujol lo podría hacer, a Mas le es más difícil. De momento, lo más probable es que las espadas queden en alto hasta las elecciones municipales. A menos que a Zapatero le corra prisa incorporar a CiU al Gobierno y desde ésta se considere que es una ocasión que no puede dejarse pasar. A veces, el cartero no llama dos veces.

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