La imprecación de Aznar –“¡váyase, señor González, váyase!”- retumbó en el Hemiciclo del Congreso de los Diputados y cayó como una losa sobre un Felipe González que acusó el golpe. No se fue, obviamente, pero acosado por la corrupción y los crímenes de Estado las urnas le harían pagar la factura de sus errores. Unas urnas que, sin embargo, todavía se mostraron temerosas ante lo desconocido, de ahí que la diferencia en 1996 no fuera lo que auguraba la situación político-económica en aquel momento. Con todo, gracias a que las urnas dieron a Aznar un resultado ajustado, vivimos una de las mejores legislaturas de la democracia, una legislatura de consenso, de mejora sustancial de la situación económica, de normalidad y de desarrollo. En fin, no quiero extenderme sobre aquello, sino fijarme en el hecho concreto de que en aquel entonces, cuando quien gobernaba la nave lo hacía en medio de una tormenta en todos los sentidos, se vio que era posible la alternancia, un hecho sin duda muy necesario para la consolidación de una democracia joven como la nuestra. Claro que no todo el mundo pensaba lo mismo, esa es la virtud de una democracia. Pero sí un número suficiente de personas que hicieron cambiar las cosas.
El escenario hoy no es menos desolador y, también como entonces, parece sobrevolar sobre la indiferencia nacional la duda de si hay o no alternativa al Gobierno de Rodríguez Zapatero. Hace una década le tocó a Aznar demostrar que la derecha liberal que encarnaba, poco o nada tenía que ver con esa imagen retrógrada y carpetovetónica que hasta entonces atesoraban los conservadores españoles, llevados de la mano por Manuel Fraga y un ilustre sanedrín de figuras sin duda destacables en cuanto a su capacidad intelectual y dotes de oratoria, pero muy alejadas de la realidad de la calle, muy al margen de los cambios sociales que se estaban produciendo en nuestro país. Si algo hay que reconocerle a José María Aznar, entre otras muchas cosas –la comparación con este presidente accidental e irresponsable resulta odiosa para su predecesor-, es que lograra convertir un partido anclado en posiciones conservadoras y cuyo ‘techo electoral’ no daba más de sí por razones evidentes, en un gran partido de raíces liberales y, sobre todo, reformista, que en cuanto tuvo la oportunidad de demostrar lo que sabía hacer en el Gobierno, conectó con amplias capas sociales y con diferentes sectores de edad en todo el país.
Bien es verdad que todo lo que se atesoró en seis años de gobierno se dilapidó en los dos últimos, pero eso es harina de otro costal. La cuestión es si ahora, cuando asistimos a uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia democrática, con un Gobierno que navega a la deriva, sin agenda política de ninguna clase, supeditado a un ‘proceso de paz’ que hace aguas por todas partes y dirigido por un presidente entregado, sabe Dios por qué razón, a hacer buena la causa de ETA con todo lo que eso supone –ruptura de los modelos de Estado y de convivencia que nos dimos con la Constitución de la Concordia-, la cuestión es, decía, si existe tabla de salvación, madero al que agarrarnos a ser posible antes de que el barco naufrague, y si no después para evitar hundirnos en medio de la tempestad. Tampoco en este caso la comparación es del todo procedente, y seguro que a ambos protagonistas les disgustaría, pero si había alguien en el PP capaz de retomar el proyecto reformista y la oferta de regeneración democrática que Aznar abandonó llevado a lomos del caballo de la mayoría absoluta, ese es, sin duda, Mariano Rajoy.
Sin embargo, el momento que le ha tocado vivir a Rajoy es, sin dudarlo, infinitamente más complejo y harto difícil. González odiaba a Aznar –bueno, la animadversión era mutua-, pero ni siquiera en el peor de los momentos el Gobierno dejó de hablar con el PP de los temas esenciales, e incluso se cerraron acuerdos importantes sobre el modelo de Estado, y eso que quienes en aquella época también hacíamos información parlamentaria escuchamos de todo en la tribuna del Congreso, y no menos duro y tenso que lo que hemos podido escuchar en ocasiones recientes. Rajoy tiene que lidiar en una tesitura muy diferente, porque ahora él y su partido se han convertido en el enemigo a batir por una política sectaria y radical llevada a cabo con un diseño muy bien elaborado, incluso desde antes de ganar las elecciones, por Zapatero y sus principales aliados parlamentarios, los mismos que firmaron aquel famoso Pacto del Tinell que todavía hoy sigue vigente, porque en ese pacto faltaba un firma que no estaba físicamente pero si moralmente, la de la banda terrorista ETA que lo bendijo en Perpignan. A Marx le llamaban al final de su vida doctor terror rojo. Hoy podemos decir de Zapatero que es nuestro doctor terror rojo del Siglo XXI.
Por eso no puede sorprender el tono empleado por Mariano Rajoy el pasado lunes en la Tribuna del Congreso. Es verdad, y en eso parecen coincidir muchas personas a las que les gustaría que Rajoy ganara las elecciones, que el líder del PP nos acostumbra a una de cal y otra de arena, a discursos brillantes que se suceden a meteduras de pata a veces tan graves como la de unos días antes con la famosa manifestación del sábado anterior, aunque supongo que también en eso los líderes políticos demuestran que son humanos. Pero en su intervención del lunes Rajoy superó todos los registros de brillantez parlamentaria, nos obsequió con una dosis de oratoria difícil de igualar y con un discurso que llevaba una carga de profundidad que habrá que seguir analizando en el futuro por lo que implica de toma de posición definitiva sobre lo que debe ser el modelo de país que queremos para el futuro, sobre todo en un momento en el que nuestra sociedad se resiste a salir de un letargo en el que parece haberse acomodado sin que nadie logre despertarla y remover sus principios e impulsos éticos y morales. Ese “seguirle a usted es un suicidio” que le dedicó a Zapatero supera en intensidad, pero sobre todo en definición de la tragedia, al “váyase, señor González, váyase”, con que Aznar hizo temblar los cimientos del socialismo en el poder.
Zapatero ha ofrecido a ETA una de sus mayores victorias como banda terrorista. Decía Mirabeau que bastarían diez hombres unidos para hacer temblar a cien mil desunidos, y ese es exactamente el escenario ante el que nos enfrentamos, una ETA fuerte y un movimiento radical cohesionado –no se crean ni una sola de las palabras de supuesto distanciamiento de Batasuna, porque todo lo que dicen pasa antes por el tamiz de la dirección terrorista-, y en frente unos demócratas dedicados a la gresca. Lo difícil es hacer compatible el mensaje de firmeza, con esa necesaria conexión social que necesita Rajoy para lograr la victoria en las elecciones. Pero no me cabe duda de que en el ánimo del líder del PP manda un espíritu reformista e innovador, liberal y moderno, que en cuanto pueda despojarse de la toga de oposición dura al Gobierno de Rodríguez, dará muestras más que suficientes de su empeño por la regeneración del sistema democrático, como única manera de conseguir que se acabe por consolidar el gran proyecto de Nación plural y moderna que nació en 1978.
No es la primera vez que lo decimos, pero es evidente que los tiempos que le han tocado vivir a Rajoy como líder del PP son como para haberse bajado en marcha. Y, sin embargo, ha seguido ahí, enfrentado a las tensiones internas y, sobre todo, a las presiones mediáticas del entorno de su partido, y a un presidente, al doctor terror rojo, empeñado en hacer desaparecer a la oposición de la vida política española como fórmula necesaria para mantenerse en el poder. Ahora le toca hacer, de nuevo, un discurso de oposición en el que, sin duda, el líder del PP se siente menos cómodo porque no va ni con su talante ni con su forma de ser el buscar la confrontación... Por eso, si el PP tiene un interés real en ganar las elecciones, a la política de firmeza frente a ETA y frente al doctor terror rojo, Rajoy debe añadir una permanente oferta reformista que atraiga a las clases más progresistas de nuestro país, a los que hoy por hoy no saben muy bien por qué decantarse en las próximas elecciones, y a los que, sin embargo, puede atraerles una idea regeneracionista de la democracia. Sin miedo, sin complejos, porque la única ideología verdaderamente revolucionaria se encuentra en el liberalismo del que se nutre principalmente el ideario del PP. Lo demás, la izquierda gobernante, no son sino sucedáneos pseudodemocráticos de la peor de las ideologías: el marxismo.
fquevedo@elconfidencial.com

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