Seamos honestos. Ninguno de los que leen este artículo empezó el día teniendo que caminar un kilómetro para recolectar de un riachuelo la ración familiar de agua. Ninguno de nosotros sufrió la indignidad de tener que usar el terreno, el camino o una bolsa de plástico como excusado. Y tampoco nuestros hijos mueren por la falta de un vaso de agua limpia y saneamiento básico. Tal vez por eso tenemos una visión estrecha de lo que constituye la crisis de agua.

La diarrea causada por agua sucia y falta de saneamiento básico cobrará las vidas de 4.000 niños en las próximas 24 horas. El agua sucia significa una mayor amenaza a la vida humana que la guerra o el terrorismo. La mortalidad infantil prevenible es sólo la punta del iceberg. Cerca de la mitad de la población del mundo en desarrollo está sufriendo por enfermedades relacionadas con el agua. Las estadísticas detrás de la crisis muestran un sombrío panorama. En los albores del siglo XXI y en medio de una creciente economía global próspera, 2.600 millones de personas no tienen acceso a la más elemental letrina. Más de mil millones de personas no tienen agua potable.

Un proceso de urbanización rápida con una decrépita infraestructura de provisión de agua y saneamiento permiten que en ciudades como Yakarta, Manila, Nairobi o Lagos existan barrios sobrepoblados con millones de personas desesperadamente pobres que afrontan la constante amenaza de utilizar agua infectada con excrementos humanos. Para empeorar la situación, invariablemente los pobres pagan más por el agua que los ricos. En Kibera, uno paga tres veces más por la unidad de agua que en Manhattan o Londres, y diez veces más que en los suburbios de altos ingresos de Nairobi.

Superar la brecha de agua y saneamiento es una causa que aúna un imperativo moral con sentido común económico. Ampliar la infraestructura de agua y saneamiento requiere grandes inversiones de entrada con periodos de recuperación superiores a los veinte años. La porción de cooperación internacional dedicada a estos sectores (ajustada por el inevitable flujo a Iraq) se ha reducido a la mitad y desde 1997 ha caído en términos reales.

El agua no es una mercancía más. Es fuente de vida, de dignidad y de igualdad de oportunidades. Es demasiado importante para dejarla librada al mercado y por ello los gobiernos tienen la responsabilidad última de ampliar el acceso. La necesidad humana debería ser el principio ordenador, más allá de la posibilidad de pagar o no.

Tal vez nos demos menos baños de inmersión y ahorremos en el uso de mangueras, pero ninguno de nosotros debería estar dispuesto a tolerar un mundo en el cual más de un millón de niños están - en un sentido literal perverso- muriendo por no tener un vaso de agua ni un excusado.

KEVIN WATKINS, director del Informe de Desarrollo Humano, PNUD © Clarín.