LA RESPUESTA AL ATENTADO DE ETA
El desafío de ETA ha acabado siendo el de casi siempre. Más que en otras ocasiones, parecía que hasta ellos se daban cuenta de que habían quedado fuera de la historia. Creíamos que su entorno no quería acompañarles. Sabíamos que la sociedad vasca no les daba más margen. Pero pese a todo se han vuelto a equivocar, y en esta ocasión, ya no fuera de toda lógica --nunca la han tenido--, sino fuera de sus propias pautas; interrumpiendo el cese sin previo aviso, y con un comunicado que anuncia de nuevo una tregua violentamente vigilada.
Pero si el desafío de ETA es hiriente, la respuesta política que le ha seguido es, como mínimo, sorprendente. El pasado lunes 15 de enero, era la primera vez que todas las fuerzas parlamentarias no coincidíamos en lo más elemental; que el único responsable de la bomba había sido ETA. Por primera vez hay quien ha desperdiciado la unidad ante el atentado, y por tanto, su función terapéutica, ayudando, en el duelo, a superar el dolor y la indignación.
LA PRINCIPAL fuerza de la oposición exigió, para sumarse a la manifestación unitaria, que el lema fuese prácticamente el de una presumible traición a la patria por parte del Gobierno; ha despreciado el mandato democrático de expresar que con bombas de por medio no hay nada de qué hablar; ha visto, en el atentado de Barajas y en el debate del Congreso, el preámbulo de la moción de censura. De esta manera, el mensaje desconcertante de las últimas semanas ha afectado gravemente nuestra salud democrática.
En un escenario tan complejo, entre el desafío de unos y el cainismo de otros, no sería bueno permanecer inactivos ni empezar a dar palos de ciego. El primer objetivo es por tanto responder con una propuesta de acuerdo que evite reproducir la dinámica de frentismo que se instaló después de la ruptura de la tregua anterior. El pacto antiterrorista ni se puede exigir, y hoy, ni tan siquiera reivindicar, porque excluye a muchos, y sobre todo, porque más allá de la paternidad de la propuesta, obedece a una lógica de bloques. De igual manera, poco sentido tiene que desde el Gobierno vasco se pongan nuevas exigencias para un nuevo acuerdo, que por muy razonables que sean, hacen imposible la concurrencia en un mismo espacio de las diferentes formaciones políticas.
En esta tesitura, la primera demanda es que el Gobierno no se quede sentado, esperando a ver qué hace el PP. Un nuevo pacto donde estemos todas las fuerzas políticas es deseable, pero es imprescindible un pacto que supere la dinámica del pacto antiterrorista, y que nos sitúe en una dialéctica democrática y unitaria. De no ser así, las inercias pueden acabar reproduciendo esquemas del pasado donde el denominador común no sea demócratas versus terroristas, sino constitucionalistas versus nacionalistas. Para que ese escenario continúe siendo improbable es necesario que un nuevo marco aglutine al conjunto de fuerzas políticas y sociales democráticas. De no ser así, corremos el riesgo de que la polarización a la que nos quiere arrastrar el equipo de Mariano Rajoy se acabe imponiendo; un escenario que favorece a los violentos, que hace difícil y muy lejano el fin de la violencia, y que nos arroja a una ló- gica, la de la división, en la que el único que se mueve como pez en el agua es el PP.
El Gobierno debe compartir el diagnóstico, la información, la orientación e, incluso, los errores, dejándose acompañar, haciendo así un ejercicio de enmienda con respecto a cómo ha conducido la situación. De ahí la necesidad de un nuevo marco de diálogo, que represente un espacio en el que compartir la orientación de la situación, donde aparquemos los errores que se hayan podido cometer en estos meses. Sería el mejor antídoto contra los intentos de rédito electoral, ya que, en el caso improbable de que la derecha se sumase, acabaría con esa lógica y, en el caso de que no fuese así, lo pondría aún más de manifiesto.
Es imprescindible recordar, tras el fin de la tregua, que el único final del terrorismo tendrá que ser dialogado. Y ello supone, como siempre, una lucha eficaz contra los que pretenden atentar, pero también decir que en ausencia de violencia se debe hablar, sin concesión política alguna. La novedad es que la bomba de la T-4 hace que hoy ya no baste con una tregua, sino que es necesario un anuncio de abandono definitivo de las armas. Esa exigencia hacia ETA debe ser otro de los factores que nos unan a aquellos que rechazamos a la organización terrorista y que queremos ver algún día el final definitivo de la violencia etarra.
EN ESTE ENERO del 2007 necesitamos más que nunca la unidad, como mínimo entre los que renunciamos a hacer del terrorismo un elemento de rédito electoral, los que anteponemos la democracia a cada una de nuestras propuestas políticas, los que entendemos que el final necesita un marco dialogado, pero no para hablar de política, sino para garantizar las condiciones para la paz. Y si al chantaje de ETA se le suma el órdago del PP, nuestra responsabilidad es hacer que una inmensa mayoría social le diga a los que defienden la violencia que por ahí no se va ninguna parte, que nos tienen a todos enfrente, y que el final de tanto sufrimiento tendrá que ser dialogado, pero que eso solo podrá llegar cuando dejen las pistolas.
Joan Herrera. Portavoz de ICV-IU en el Congreso

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados