Parece el título de una fábula de Samaniego. Incluso si tuviera más tiempo para dedicarle a este tema poético, intentaría --y conseguiría-- escribir una composición moral sobre el tema del desencuentro continuo de estos dos hombres, que parecen hablar idiomas de raíz antagónica: el quechua y el tagalo, por ejemplo, aunque estoy convencido de que entre un hablante andino y otro de las perdidas Filipinas el entendimiento sería de una intensidad más razonable que el que exhiben estos dos hijos de España, porque Zapatero habla castellano (con las deficiencias prosódicas que se le quieran atribuir) y, que se sepa, Rajoy no es muy partidario de la lengua de Rosalía, y ha apostado desde siempre por el idioma que hizo célebre a Donoso Cortés.
Pero escudriñemos un poco en la trayectoria de estos dos personajes, para ver si somos capaces de construir alguna hipótesis que explique semejante disimilitud psicológica, semejante disparidad política, social, cultural y hasta religiosa. Para ello, y por delante, debe sentarse una premisa que no todo el mundo relacionaría con el enfrentamiento hermético de los dos líderes. Y es que cada uno de ellos responde o representa a la mayoría de la mentalidad colectiva de sus distintos partidos. Zapatero representa, a mi juicio, una corriente política del socialismo -probablemente mayoritaria en este momento, en los órganos de dirección del partido- que se ha sentido decepcionada con los equipos anteriores de los gobiernos socialistas, lo que para entendernos llamamos felipismo , y que ha podido interiorizar las claves del fracaso final del primer proyecto socialista de los años ochenta (desclasamiento ideológico, con deslizamiento paulatino hacia el sector más moderado de la socialdemocracia europea; autoritarismo gremial -"el que se mueva no sale en la foto"-; amistad incondicional con los gobiernos conservadores de los Estados Unidos --Reagan, Bush padre--; sumisión a las directrices del Fondo Monetario Internacional; acción u omisión en la formación del GAL; corrupción tardíamente asumida por los órganos federales del partido; indefinición en la política de alianzas electorales; aparcamiento de los temas que afectaban a la estructura autonómica del estado, y otros de no menor importancia que harían la lista incompatible con los márgenes de este artículo. Zapatero ha pensado que en el partido socialista había cada vez menos socialismo, y eso puede ser una percepción no racional sino emocional o afectiva. Y como líder de esa formación quiso dar un golpe de timón que situara las cosas en su sitio (las políticas realizadas hasta ahora las conoce todo el mundo). Zapatero no es un ingenuo, es un crédulo. No cree por ingenuidad, cree por convicción en unos valores que, desde su percepción, han sido mal gestionados y casi destruidos, cree por formación política, por contexto histórico, por reafirmación de unas ideas que se hallaban en período de convalecencia ideológica.
El ser crédulo puede ser bueno o puede ser malo. Puede ser bueno para hacer la política en la que, consecuentemente, tu crees. Y puede ser malo cuando esa creencia se confronta con la incredulidad de los demás, y pretende salir victoriosa del embate. Es el caso de su credulidad en la victoria final sobre ETA, a corto o medio plazo, porque ETA --la familia Ternera, padre e hijo-- no son interlocutores de nada, porque no transmiten directrices políticas de nadie, porque ETA no tiene estructura de partido político, y sus relaciones de jerarquía internas no proceden de ninguna estructura organizativa clásico. Aquí, amigo mío, no hay nada que hablar con ETA, lo que hay que hacer es hablar con Batasuna, y el primer paso es convencerles de que se integren definitivamente en el juego democrático. Es ahí donde hay que poner el énfasis y el esfuerzo. Lo demás es pretender que el zorro y las gallinas compartan el maíz sin alterarse.
Y que pasa con el necio? Así como Zapatero recibió clases de esgrima en la especialidad de florete (ignoro el nombre del profesor), Rajoy asistió a clases de lucha grecorromana con su querido maestro Manolo Fraga, que siempre le insistió en que el que aguanta gana. Y ahí lo tenemos, haciendo musculatura, desde los duros inicios como meritorio en la Xunta, hasta su camino de Santiago, a la inversa, vía Madrid, para conocer de cerca las estrategias de práctica política de su otro mentor espiritual, Josemari Aznar. A diferencia de Zapatero, a Rajoy no le gusta nada la política (sus intervenciones en el parlamento lo certifican), lo que le entusiasma es el poder, y para conseguirlo nos llevará a gancho (expresión que le gusta a Mariano por su afición al ciclismo) a las tres cuartas partes del país, de aquí hasta las próximas elecciones dentro de dos años. Rajoy pasará a la historia del parlamentarismo español por su condición de orador bronco, despectivo y hermético. Su oratoria no sería mala, si no estuviera tan contaminada de sectarismo y tan sobrada de trucos y falacias. "Si usted no cumple sus compromisos le pondrán bombas, y si no se las ponen es que ha cedido". Dice esto y se queda tan pancho, con la satisfacción de haberle propinado un golpe mortal de necesidad al crédulo leonés. Si yo no estuviera convencido de que Rajoy no hace más que interpretar el triste papel de malo que le han asignado desde la FAES y desde los Legionarios, pensaría que es un malvado de cómic. En fin. Y mientras tanto los homólogos europeos del PP alucinando. Cómo yes tan neciu, Marianín?
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.

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