EL CORREO CATALAN
Querido J:
No te alarmes. De hecho, ya sabes que El asesinato de Boadella es un clásico catalán de nuestro tiempo, en el que han participado gran cantidad de matones subvencionados de la política y la cultura patrias. El hecho de que se haya convertido en un clásico, y que al mismo tiempo no dé muestra de agostarse, se debe a la extrema vitalidad de nuestro cómico, que devuelve todas las afrentas con golpes de calidad y frecuentemente envenenados. El último episodio de esta saga ha sido el intento, del que te habrán llegado ecos, de disolver su genio en la supuesta autoría colectiva y anónima de los juglares. Un intento muy propio de la casta progre/sacerdotal/nacionalista que maneja los negocios: aquí todo lo hace Cataluña (entre tots ho farem tot) y si no, no. Por suerte para el Derecho, un juez les ha dicho a los antiguos juglares litigantes que La Torna (cuya autoría reclamaban) es sólo de Boadella. Él ha asentido, añadiendo con su sorna habitual: «Sí, por desgracia, es mía».
Sin embargo, acabo de leer los fragmentos de un libro donde El asesinato de Boadella rebasa la literatura y la metáfora civil. Se titula Memorias de un ultra y lo firma campechanamente Juanma Crespo. Lleva este subtítulo descriptivo: La historia secreta de la extrema derecha española. Los fragmentos que ahora interesan se localizan en Valencia, en 1984, en la sede de Unión Hispana, grupúsculo de la extrema derecha local. Hace poco que Els Joglars han estrenado Teledeum, una sátira gorda sobre la Iglesia y la televisión, que es lo mismo. Narra este Crespo: «A todos los afiliados nos entregaron una hoja mecanografiada donde se detallaban los momentos de la función en que se blasfemaba contra la religión católica [...] Fuimos cientos los que desfilamos por juzgados y oficinas policiales a plasmar por escrito nuestras quejas [...]. A la vez, multitud de ancianos armados con rosarios se reunieron en la puerta del teatro Princesa: rezaban a Dios y rogaban para que se prohibiera tan pecaminoso evento».
Al cabo de poco tiempo, los cruzados descubrieron que su presión sólo había servido para incrementar el número de espectadores de la obra. Se reunieron, hablaron. Constataron que: «Consentir que esa representación llegara a buen puerto llevaba implícito admitir el principio del fin». Está bien dicho. Llegó a buen puerto. Pero antes hubo una magna asamblea unitaria. El qué hacer con Joglars era el único asunto del orden del día. Este Crespo estuvo en ella encargándose de la seguridad. Se sucedieron las propuestas: una bomba incendiaria en el teatro; una bomba simple en las furgonetas de la compañía. Hasta que alguien (cuya identificación insinúa el autor) se levantó y habló: «Y propuso un golpe mucho más pensado, una solución, drástica, que acabaría con el Teledeum de una vez para siempre. Simplemente se trataba de asesinar a Albert Boadella y sabían cómo». Puede que éste sea el piñón de la historia. Pero no es lo más inquietante. Lo que da carta de naturaleza al relato son los detalles: que hubiese un pistolero más o menos disponible; que algún miembro de la Policía estuviese en el ajo, dispuesto, incluso, a propiciar la entrega de un cabeza de turco; o que se hubiese iniciado el seguimiento de Boadella en Valencia, desde el Hotel Astoria donde se alojaba. Y, en especial, esta frase: «Debido a la cantidad de amenazas recibidas se vio forzado a tomar precauciones [pero como] su carácter independiente se imponía a la prudencia atentar contra él no suponía en principio un gran problema». Está muy bien dicho: uno puede morir por su carácter independiente. La asamblea recibió la propuesta de asesinato con un silencio grave, largo y meditabundo. Hasta que se levantó un veterano:
-En esta mesa somos católicos y no buscamos matar a nadie.
El autor de la propuesta se levantó a su vez y anduvo hacia la salida, diciendo que le avisaran con lo que decidiesen. Los presentes rechazaron el asesinato, pero votaron a favor del escarmiento. El relato del ultra continúa: describe el intento de incendio de las furgonetas de la compañía (que se saldaría con un chusco fracaso en Valencia pero con un éxito posterior en Alicante) y, en especial, el ametrallamiento del teatro donde se representaba Teledeum, que se cumplió. Porque, en efecto: se trataba de gente con ametralladoras.
El relato de este Crespo me ha devuelto a la historia de la muerte de Paquito Boadella, el hermano del cómico, en el verano de 1977. Una noche de tormenta, y conduciendo el coche de su hermano, se aventuró por un mal camino y cayó al pantano de Sau. Un accidente. Muchos datos lo avalan. Paquito estaba pasando unos días en la casa de su hermano, relativamente próxima al lugar; no conocía la zona ni estaba acostumbrado al coche, y era una perra noche de lluvia. Sin embargo, Boadella nunca ha querido cerrar un último resquicio de duda. Argumentaba que al fin y al cabo era su coche y que su hermano y él se parecían mucho, que era un hombre prudente y que la maniobra que, presuntamente, le había llevado a la muerte era muy arriesgada. Luego añadía que el accidente se había producido en pleno ensayo de La Torna. Ya sabes cuánto me irritan las teorías conspirativas. Mil veces le habré objetado que la hipótesis aún podría haber tenido un remoto sentido si la muerte se hubiese producido después de La Torna. Y él replica que sus planes respecto a la ejecución del llamado Heinz Chez (la torna de Puig Antich) eran conocidos. Hace años me llevó al lugar del suceso. Había cambiado algo, pero seguía siendo un lugar peligroso y siniestro. No sólo eso: sobre el terreno se entendía bien la maniobra fatal del coche.
Sin embargo hay un hecho que Boadella no mencionó nunca y que me lo ha exhumado ahora la historia de este Crespo. Es extraño que no lo mencionara, porque lo tenía delante de sus narices. ¡Quiá lo tenía! Él mismo lo puso en sus memorias unas líneas antes de narrar la muerte del hermano. A principios de junio de 1977, mes y medio antes de la caída en el pantano, Els Joglars organizaron una inverosímil kermesse en un pueblo de Tarragona, aprovechando una fiesta popular destinada a cambiar los nombres franquistas de las calles. Así lo cuenta el propio Boadella: «El súmmum del aquelarre catártico se realizó ante 2.000 personas en la plaza del Generalísimo, donde un general Aranda completamente afeminado dialogaba con su Excremencia (...) Al final unos tipos bailaban alegremente con el ataúd del dictador al ritmo de Mi jaca galopa y corta el viento...» Llamé a Boadella para comentarle todo esto. Que algo suceda después de, no implica que sea a causa de. Pero sólo ahora hemos sabido que antes de ametrallar el teatro de Valencia alguien, en asamblea, había propuesto matarlo. Se quedó pensativo. Y añadió:
- Hubo otras escenas en la kermesse. En una de ellas el coro cantaba «¡Carrero, Carrero qué haces tú en el alero!», mientras destapábamos una gigantesca botella de champán que tenía sobre el tapón un cochecito de juguete.
Habla como el padre que cuenta una triste jugarreta del hijo. Ahora no se explica cómo no los fusilaron allí mismo. Tal vez falte memoria histórica sobre la Transición. En fin. Paquito está muerto y los ultras valencianos tuvieron temor de Dios. Se trata de la vida y su doble filo. Aunque, desde luego, lo peor de este Crespo y sus compinches, lo realmente intolerable, es que cayeran en la trampa del Autor y no prepararan lo que era legítimo: un asesinato coral, sin privilegios.
Sigue con salud
A.
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