PERSPECTIVA INTERNACIONAL

Aunque Hyderabad significa ciudad de las perlas, la capital del estado indio de Andra Pradesh ha sido rebautizada como Cyberabad por su plantel de grandes empresas tecnológicas. La paradoja es que su trepidante centro histórico se asemeja a una medina salida de Las mil y una noches. Porque, a pesar de estar situada en el sur de India -de lenguas dravídicas y neta mayoría hindú-, Hyderabad constituye un enclave de lengua urdu y religión musulmana. A diferencia de otras capitales, como Ahmedabad o Bombay, aquí la convivencia religiosa ha sido la norma en los últimos lustros.

Asimismo, la ciudad se enorgullece de monumentos islámicos como el Charminar o la espléndida mezquita del siglo XVI. En sus alrededores, la burka es la norma y las mujeres van de compras tapadas de negro de la cabeza a los pies, salvo los ojos. Paradójicamente, éste fue el lugar elegido hace una década por los grupos Microsoft, General Electric o IBM para instalarse en el subcontinente indio, habida cuenta del colchón preexistente de empresas indias del sector. Hyderabad, que junto a su polvoriento y feo suburbio de Secunderabad forma a una metrópolis de cinco millones, es desde finales de los noventa uno de los vértices del triángulo de tecnologías de la información del sur de India, que ha convertido a este país en el segundo exportador de software de todo el planeta. Las otras puntas son Bangalore, la ciudad más occidentalizada del país -y que ya era un centro de investigación tecnológica militar en los años sesenta- y, en menor medida, Madrás, ese laberinto sin centro.

El mandamás de Microsoft, Steve Ballmer, se lamentaba a finales del año pasado, tras visitar sus filiales en Hyderabad y Bangalore, de que las universidades indias no produzcan aún más ingenieros. No obstante, el sur de India hace años que está en cabeza en dicho esfuerzo, lo que explica que se haya convertido en polo de las inversiones en tecnologías de la información y, posteriormente, en Eldorado de estudiantes y trabajadores de toda India en esta área, lo que dificulta encontrar alojamiento.

En el gran edificio circular donde se instaló Microsoft se apiñan cientos de empresas del ramo y a su alrededor el precio del suelo se dispara y se levantan hitos de la arquitectura contemporánea india, como sedes de Motorola, Accenture, Tata y otros, hasta convertir Cyberabad en un auténtico gueto tecnológico. Porque a diferencia del trabajador de Yahoo o Siemens en Bangalore, sus colegas de Hyderabad deberán tomar café dentro de sus recintos estrictamente vigilados, como si de científicos nucleares soviéticos se tratara. Tras la verja ni siquiera hay acera y de noche es una boca de lobo. En cambio, en Bangalore -que al estar situada a 900 metros de altura disfruta, además, de un clima mucho menos sofocante que sus rivales- son muchas las empresas de high tech que se integran en el tejido urbano y contribuyen a dar vida al comercio y la hostelería. Aunque Bangalore tiene sus propios inconvenientes. Las fuerzas de seguridad indias, que detuvieron hace unos meses a un comando islamista en la ciudad, temen que el terrorismo busque un golpe de efecto en la capital tecnológica india, un riesgo contra el que Hyderabad parece blindada.

En Cyberabad, por arte de ensalmo, no sólo no se ven burkas, sino que es difícil ver alguna chica con el cabello cubierto. No hay duda de que los call centers están operando una auténtica revolución de las costumbres en algunas ciudades indias, tema de un reciente best seller. Debido al desfase horario respecto a EE. UU. y, en menor medida, Europa, las jornadas laborales acostumbran a ser nocturnas y en espacios donde se mezclan muchas decenas de jóvenes de ambos sexos. Una bomba de relojería para la mojigata sociedad hindú, donde la inmensa mayoría de los matrimonios -también entre los ejecutivos informáticos- son amañados por los padres, y donde la vida sexual -sobre todo de ellas- empieza y termina con el matrimonio.

Los jóvenes que desde Cyberabad ayudan a poner orden en la contabilidad y logística de medio mundo, a la salida del trabajo se apiñan como sardinas en autobuses de lata para regresar a Hyderabad, donde se juegan el tipo al cruzar la calle ante la total ausencia de semáforos. Ellos son la viva imagen del éxito para cientos de millones de jóvenes compatriotas. De hecho, sí que hay un semáforo en Hyderabad, para cruzar del restaurante de moda al bar de moda, en la única calle de moda de esta ciudad donde el silicio emerge directamente de la polvareda. Desde allí hasta Cyberabad empiezan a proliferar negocios que ilustran la aparición de una nueva clase social: clínicas de belleza, gimnasios, centros de tratamiento del dolor de espalda. La misma clase optimista, ostentosa y endurecida que puebla las pantallas de Bollywood y hace abrir la boca a millones de compatriotas no menos materialistas en las salas de cine de la India profunda.