John Browne dejará en junio el puesto de consejero delegado de BP. Cuando se produzca el cese, concluirá un proceso de regeneración en las cuatro mayores petroleras privadas del mundo, que habrán cambiado su cúpula en tres años. En marzo de 2004, Philip Watts dejó los mandos de Royal Dutch Shell.

En enero de 2006, Lee Raymond abandonó la presidencia ejecutiva de ExxonMobil. Y, el próximo mes de febrero, Thierry Desmarest será reemplazado como responsable de Total. Los cuatro ejecutivos lideraron el proceso de concentración de la industria al final de los años noventa, con el fin de afrontar los bajos precios del petróleo de esa época.

BP compró Amoco y Arco; Exxon se fusionó con Mobil; Total se hizo con Elf y Fina; y Royal Dutch Shell se conformó con adquisiciones selectivas. Después, estos gigantes han disfrutado de una riada de beneficios gracias al encarecimiento del crudo en los primeros años del siglo XXI.

Watts, Raymond, Desmarest y Browne dejan sus puestos en una fase de transición para el sector. El rápido crecimiento ha aflorado problemas internos en algunos grupos, y el entorno energético da síntomas de inestabilidad.

Dentro de ese escenario general, las circunstancias de cada sustitución son muy distintas. Watts se vio implicado en un escándalo por el escaso rigor de Shell a la hora de contabilizar las reservas de hidrocarburos. Raymond y Browne, después de dos reconocidas carreras, han tenido un final agridulce.

El ex presidente de ExxonMobil fue criticado por su oposición a las teorías sobre el cambio climático y por el generoso incentivo que se llevó al jubilarse del cargo (400 millones de dólares ó 310 millones de euros). Browne ha tenido que adelantar su marcha por las acusaciones de graves fallos en la seguridad de las operaciones de BP en Estados Unidos. Desmarest, que deja el cargo por la llegada de su fecha de jubilación, se mantiene, por ahora, a salvo de graves polémicas.

Promoción interna

Lo que sí es común en todos los casos es la apuesta continuista en la sucesión. Los nuevos dirigentes son personas con una larga carrera de más de 20 años en cada compañía. Ninguna ha fichado fuera de su organización. Jeroen van der Veer era director de la rama química de Royal Dutch Shell antes de sustituir a Philip Watts. ExxonMobil, BP y Total han apostado por dar el mando a las personas que supervisaban el negocio de exploración y producción: Rex Tillerson, Tony Hayward y Christophe de Margerie, respectivamente.

“Los cuatro son primos hermanos: alrededor de los 50 años de edad, con gran cualificación técnica y fieles durante muchos años a la misma empresa”, explica un analista. Según el directivo de una petrolera española, “los cambios se resumen con un palabra: continuidad. Las cuatro petroleras confían la dirección a técnicos de nivel para reforzar su capacidad de descubrimiento de nuevas reservas de petróleo y gas, que es el gran reto actual del sector”.

Pero esa destreza puede resultar insuficiente para triunfar en el nuevo escenario energético. Aunque el petróleo sigue en niveles elevados (más de cincuenta dólares por barril, frente a los 15 dólares de finales de los noventa), las compañías privadas se ven con serias dificultades para crecer por la presión de muchos países productores que quieren reforzar el control sobre sus activos energéticos. Ejemplo de ello son los problemas de BP y Shell en Rusia, de Total en Irán y de Exxon en Venezuela.

El 80% de las reservas de hidrocarburos ya está en manos de compañías estatales: la saudí Aramco, la rusa Gazprom, la venezolana Pdvsa, la mexicana Pemex, la argelina Sonatrach y la noruega Statoil son algunas de ellas. El restante 20% se encuentra en zonas en declive (Estados Unidos o el Mar del Norte) y en países donde los gobiernos presionan para nacionalizar el sector.

Además, petroleras estatales de China e India se han convertido en feroces competidores en la caza de yacimientos por el mundo para abastecer sus mercados en auge.

Las petroleras privadas pueden verse abocadas a convertirse en socios minoritarios de las empresas estatales o en simples contratistas que prestan su tecnología para descubrir y extraer los barriles a cambio de una comisión.

Según un consultor de compañías energéticas, “los nuevos ejecutivos del sector deberán dejar a un lado la arrogancia y extremar su habilidad negociadora con los gobiernos para no perder sus negocios. Y, en segundo lugar, tendrán que convencer a los inversores y analistas financieros para que dejen de utilizar las reservas de hidrocarburos como referencia para valorar las empresas.

Esas reservas serán de los Estados, y el beneficio de las compañías privadas llegará por la prestación de servicios”.

Antoni Brufau, presidente de Repsol YPF, ya ha lanzado varios mensajes con esa intención a sus accionistas. Fuentes de la petrolera española explican que ganan más dinero en países donde no controlan las reservas, como Libia, que en otros como Argentina donde sí se apuntan los barriles.

Energías limpias

El otro gran reto de futuro para el sector es la competencia de las energías renovables como posible alternativa a la combustión de petróleo, gas y carbón, actividad con elevadas emisiones de dióxido de carbono (CO2). Hasta ahora, las petroleras pasan de la energía limpia (caso de ExxonMobil) o se asoman a ese negocio a través de filiales de segundo nivel. BP es la más decidida, a través de su negocio de placas solares.

Es una posición prudente que se explica porque las petroleras juegan con escenarios de futuro (hasta 2030 o incluso hasta 2050), en los que los hidrocarburos mantienen su preponderancia como principal energía primaria del mundo, al satisfacer más del 50% de la demanda. Pero el apoyo de los gobiernos occidentales a las renovables puede cambiar esas previsiones. Vista la apuesta continuista de las petroleras, puede que estos retos deban ser resueltos por sus líderes de la próxima década.