Isabelita Perón, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
Asomada a un balcón, gesticulando sin convencimiento, confusa y desesperada, carente de elegancia en su porte y en sus discursos. Así la recuerdo. Así eran las imágenes que emitían de ella los telediarios en España cuando esta mujer ejercía de presidenta de su país. ¡Qué literario era todo aquello! Un otoño del patriarca en versión argentina desde que Perón regresó a su país en 1973. Un otoño del patriarca que dejó mugre en el poder, y a un ama de llaves a su cargo, ama de llaves dirigida por aquel Rasputín del último peronismo, llamado José López Rega.
Vicepresidenta con su marido ya decrépito. Presidenta 48 horas antes de que falleciese Perón, hasta que el golpe de Estado la echó del poder. Y vino a parar a Madrid.
Mujer sin retórica, mujer que no fue capaz de forjarse una leyenda como su llorada antecesora. Mujer cuyo recuerdo nos emplaza a muy malos tiempos. Muy poco después de que el matrimonio Perón se instalase en la Argentina, Pinochet daría el golpe de Estado en Chile. Durante su Presidencia, con la colaboración estelar de López Rega, el terrorismo de Estado hace de las suyas. Hablamos de la llamada «Triple A». Luego vendría el golpe de Estado en la Argentina, años sanguinarios, represiones brutales, horrores. Agonía y muerte de Perón. Terrorismo de Estado. Dictadura. Borges nunca tuvo tan cerca episodios de la historia universal de la infamia.
Se cuenta que, ya en España, apenas hacía vida social, que vivía apartada de casi todo, acaso también de sí misma.
Y ahora, en primera instancia, su suerte depende de lo que decida la Justicia española que, de momento, le ha concedido una libertad bajo fianza. Me pregunto qué estarán pensando en la Argentina con respecto a nuestro país. Juzgamos o extraditamos a personas acusadas de crímenes bajo la dictadura, caso de aquel funesto personaje apellidado Cavallo. Y nuestro poder judicial despacha ahora el caso de su ex presidenta. Al tiempo, los argentinos saben muy bien que aquí no ha sido juzgado el franquismo.
Y me pregunto también cómo es posible que pasen estas cosas, cuando la mayor parte de los altos cargos militares de la dictadura argentina apenas ha rendido cuentas de sus crímenes a la justicia de su país.
El siglo XX no sólo es un cambalache como lo definió Discépolo en un tango inolvidable. Es también una época llena de contradicciones que, a día de hoy, ni siquiera han sido confrontadas medianamente en serio.
Acabo de leer que los argentinos son conscientes de que el peronismo no puede ser entendido allende sus fronteras. Sin embargo, sí se comprende perfectamente que Borges fuese uno de sus críticos más demoledores. La elegancia de quien escribió el «Poema de los dones» tuvo que colisionar con aquella caspa política que posiblemente esté aún sin sacudir.
De Evita a María Estela. De la leyenda en clave sentimentaloide a la realidad de una decrepitud «digna», como hemos apuntado, de formar parte de lo que García Márquez consignó en «El Otoño del Patriarca».
Una mujer en el balcón que soltaba topicazos, que no convencía a nadie, incapaz de un discurso que pudiese conmover ni siquiera a quienes se mostraban muy proclives a ello. Una mujer prisionera en un laboratorio de poder creado por un desaprensivo que se las apañó para ganarse la confianza del viejo Perón.
Esta mujer se encuentra en condiciones de competir en una candidatura, ciertamente poco envidiable, que dilucidaría quiénes fueron los personajes más sórdidos de la segunda mitad del siglo XX. Y, en todo caso, su imagen y su trayectoria constituyen ejemplos indudables de lo poco codiciado que resulta inspirar una compasión salpicada de desprecio. Un rechazo hacia lo más ignominioso y lo más mediocre que habitó y habita en esos laboratorios de poder de los que venimos hablando.
Isabelita Perón: la sordidez y la caspa. Icono de un tiempo deplorable.
