Cuentan que Zapatero está muy pendiente de inminentes novedades en la trastienda de ETA-Batasuna. Una eventual fractura interna en ese siniestro mundo favorecería los planes del Gobierno. Por ahí van la información y los análisis puestos sobre su mesa en estas últimas horas. Lo bastante explícitos como para mejorar su humor y comparecer ayer en un hotel madrileño, a la hora del desayuno, con un tono vital al alza, si lo comparamos con su aire manso y contrito del lunes por la tarde en el Congreso de los Diputados.

Una segunda circunstancia ha mejorado el humor y le ha devuelto buena parte de su proverbial optimismo. Su gente le acaricia los oídos sobre la utilidad de su aparente desvalimiento frente a las embestidas de Mariano Rajoy en el reciente debate parlamentario. Ayer todavía se autojaleaba por haber pedido perdón por anunciar tiempo soleado cinco minutos antes de la tormenta. Es la consecuencia de haber asimilado las valoraciones sobre el desenlace de su duelo verbal con el líder del PP. Sugieren una severa penalización de éste y, además, un cierre de filas en su propio entorno, como ayer contaba Julia Pérez en El Confidencial.
Mi colega y amigo Ignacio Camacho lo llama síndrome del muchacho desvalido. Su explotación por parte del entorno del presidente fue sutil pero notoria en el debate del lunes y culminó con la difusión interesada, desde el propio entorno del presidente, de un despectivo broche final firmado por Rajoy: "Para ser presidente haría falta algo más que ser español y tener 18 años". Replicado con la profusa circulación por Internet, a lo largo de la tarde de ayer, de la siguiente respuesta: "Para ser jefe de la oposición hace falta algo más que haber sido nombrado a dedo por Aznar".

Trato de ser descriptivo. Para que ustedes se hagan una idea de cómo está el patio. Personalmente, me parece aberrante la reafirmación de un líder por desvalimiento porque ataca la esencia misma del liderazgo. Tampoco parece que la negación del adversario sea el mejor método para la reafirmación propia. Y es cierto que el discurso de Zapatero tiene un exceso de moviola. Está sobrecargado de apelaciones a la gestión y la conducta del PP cuando los papeles estaban cambiados frente al mismo reto: acabar con ETA por las buenas. Es verdad que el PP pierde en la comparación pero eso no sirve para despejar las brumas del discurso de Zapatero ni los agujeros negros de su confusa hoja de ruta contra el persistente terrorismo de estirpe nacionalista que nos amarga desde hace tanto tiempo.

Lo último, anoche. Ante las propuestas concretas que Rajoy presentará en la comisión de seguimiento del Pacto Antiterrorista, el Gobierno -mejor dicho, su grupo parlamentario, al que Moncloa encarga esta vez el trabajo sucio-, se quita de encima las propuestas y se limita a denunciar la "estrategia de división y confrontación sostenida por el PP".

La causa del liderazgo de Zapatero ganaría mucho si se centrase más en explicar y defender sus posiciones que en descalificar las del PP. Es mala cosa buscar la reafirmación propia en la negación del adversario. Pero esto es lo que hay.