Van en busca de esas prendas de vestir que las rebajas permiten comprar a bajo precio. Para ello, a veces se soportan colas previas a la apertura de las tiendas y atropellos a la entrada. Pero está en el guión. El hedonismo del consumo cohabita con la docilidad que se tiene asumida en torno a las incomodidades que hay que sufrir para llevarse a casa esa ropa por la que se estaba esperando.
Rebajas tras el despilfarro. Se miró para otro lado días atrás cuando determinados productos alimenticios alcanzaban los precios más altos del año. Miradas también ante los espejos durante la puesta en escena que se siguió para despedir el año por todo lo alto. Todo haya sido en pro de poner todos los medios para que el espíritu navideño fuese celebrado con la solemnidad requerida, con la alegría esperada.
Ahora tocan rebajas. Calles frías, niebla que envuelve el asfalto, vuelta a la normalidad de otro año que comienza. Quedaba el monedero pequeño para las rebajas, tras las pitanzas caseras de Nochebuena, tras los banquetes en restaurantes en Nochevieja, tras los regalos de Reyes obligados no sólo a los niños, sino también a otros muchos familiares.
La lotería, como era de esperar, no tocó. De salud, por fortuna, no hay queja. La dieta alimenticia empieza con el calendario. Echa a andar el año tras los mazazos con los que se despidió el anterior.
Rebajas. La campaña electoral se sabe que está a punto. Se cuenta con un frenesí de inauguraciones de aquí a mayo. Se espera una campaña de ruido y furia que irá in crescendo. No puedo evitar preguntarme por los libros que se han regalado en Reyes. ¿Cuántos habrán empezado a ser leídos? Si usted ha reparado en los escaparates de las librerías, había un conjunto de títulos que tenían en común una conocida música de fondo que suele ser coreada brazo en alto. Es un alivio pensar que pronto desaparecerán de la fiebre del mercado. Los trajes que se estrenaron descansan casi todos en los armarios. El trapillo de las rebajas será estrenado en el día a día por las calles. Se han ido los villancicos de las megafonías de las ciudades, camino de un sumidero que los conduce a un letargo de 365 días. Las bandejas que estuvieron repletas de turrones y dulces también se han recogido.
Es tiempo de rebajas. Menos efusiones de ocasión. Menos comidas pantagruélicas. Menos lucimiento del más llamativo. Casi todo ha dejado de chirriar. Menos hermanamientos de todo tipo, laborales incluidos.
Rebajas. Se diría que se encoge el grandonismo, que se agazapa la euforia, que la fiesta ha terminado. Un año por delante tras los estallidos, muy poco metafóricos, con los que se despidió el anterior.
Tras las obligadas desideratas de novedades y mejorías para el año que iba a empezar, ahora que ya está en rodaje, sobreviene la mengua inevitable después de la cocción en la cacharrería de la realidad. Y es que no sólo el frío invernal, suave hasta el momento, nos arruga. Se trata de algo no menos prosaico y consueto, del discurrir de esa rutina de cada día contra la que tanto se reniega, si bien se busca inexorablemente.
Si deseamos ver con claridad cómo es este tiempo de rebajas, acaso el mejor observatorio sea prestar atención al va y viene de las gentes en alguno de los semáforos más transitados de cualquier ciudad. Los viandantes se convierten en porteadores de bolsas de las tiendas más transitadas, propagandísticas peripatéticos de un discurso sin palabras que tiene forma, peso y medidas. Bolsas que se repiten, prendas que viajan en los mismos envoltorios, pies que van y vienen por los senderos que conducen a lo que alguien llamó «el capitalismo de ficción». Rebajas clonadas.
Sin embargo, en cualquier calle de cualquier ciudad, puede uno encontrarse con sorpresas gratas y, aunque sea invierno, refrescantes.
Pongamos que es ella, la que se ahueca el pelo dentro del coche mientras el semáforo la detiene. La que se pinta los labios en ese ínterin. Pongamos que es ella la que espera para cruzar a pie, mientras retira el pelo de su cara, mientras fija el tacón en la acera, al tiempo que hace un mohín en el que percibimos un suspiro inaudible. Y la cara se le ilumina con un recuerdo, o con algo que se imagina. La sonrisa no se expresa, sólo se insinúa.
En cualquier caso es ella la que nos ofrece el guiño a la vida y a la belleza. Y la que hace de terapéutico contrapunto en este tiempo de rebajas.

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