Dice Rajoy que para ser presidente del Gobierno hace falta algo más que tener 18 años y ser español. Pero para ser líder de la oposición y de la derecha española, y además tener opciones para ganar las elecciones, no son suficientes los errores y fracasos de Zapatero —ahora Ibarretxe le acaba de decir al presidente que no se sumará a un nuevo pacto antiterrorista si no acerca los presos de ETA al País Vasco y no legaliza Batasuna—, ni haber ganado unas oposiciones a Registrador de la Propiedad. Hace falta paciencia, trabajo, un equipo compacto y con credibilidad y unos modales democráticos que le permitan llegar y ser escuchado por el centro sociológico español, que es el que decide las elecciones en España entre los dos grandes partidos y el único grupo social que, en las circunstancias actuales de aislamiento del PP, le podría dar a los populares la oportunidad de gobernar.
Lo escribimos antes del debate, Rajoy se equivocó no ofreciéndole el menor apoyo, ni siquiera personal, a Zapatero tras el atentado de Barajas, exigiendo un pleno urgente sobre la bomba de ETA y prohibiendo la presencia del PP en la manifestación del sábado, en solidaridad con los dos trabajadores ecuatorianos muertos, en contra del terrorismo y también por la “libertad”, como había pedido el PP. Y no sólo porque si hubiera hecho lo que debía habría coincidido con el “sentido común” —al que tanto le gusta referirse Rajoy— y con el sentimiento mayoritario de los ciudadanos, sino que además esa actitud moderada y aparentemente generosa habría pesado como una losa sobre la evidencia de fracaso político del presidente Zapatero, visualizada ante toda España como responsable del fiasco negociador con ETA y gran optimista alguacilado por la bomba de la banda terrorista. Errores reconocidos por el presidente del PSOE, Manuel Chávez, y por Felipe González, quien, después de decir eso de que no le gustan los “buenones” en política, subrayó que la principal equivocación de Zapatero fue abordar la negociación con una sola hipótesis: la del éxito.
Pero Rajoy también se equivocó en su respuesta a la crisis, vio al presidente tocado y fue a por él sin oír las llamadas moderadas de los dirigentes más sensatos del PP para seguir el mensaje del sector más duro de su partido, el de los Aznar, Acebes, Zaplana, El Mundo —que en estos trances se ha pasado a coquetear con Zapatero y que le ha puesto a Rajoy una encuesta de perdedor— y la COPE de la Conferencia Episcopal, que se ha convertido, contra lo que pretenden, en el primer aliado mediático del PSOE.
Rajoy no le dio ni agua a Zapatero tras el atentado, impidió que el PP participara en la manifestación y propició un debate en el que sólo el PP tenía algo que perder, porque Zapatero lo había perdido casi todo en Barajas. Y allí fue con un discurso que parecía fabricado en FAES, al que le añadió su toque personal de desprecio a Zapatero. Y luego en la radio insistió en descalificar en lo personal al jefe del Gobierno, mientras en el PSOE y en la Moncloa, encantados con las críticas aceradas de Rajoy, ponían cara de pobres afligidos insultados, a sabiendas que los errores del PP les ponían un poco de viento a favor cuando no soplaba ni la menor de las brisas benéficas sobre el liderazgo tocado del presidente del Gobierno.
Con todas estas equivocaciones puede que Mariano Rajoy haya perdido en el pasado debate sobre el coche bomba de ETA en Barajas la mejor oportunidad para presentarse ante el conjunto de los españoles como una alternativa definitiva a Zapatero por causa de esa virulencia que exhibe en los grandes debates parlamentarios.
Que Zapatero va de mal en peor, y que cada día que pasa está más en evidencia, eso no lo duda nadie, ni siquiera en la cúpula del PSOE o incluso entre algunos miembros de su Gobierno. Y basta ver lo que le está ocurriendo con Ibarretxe y con el PNV con motivo de su propuesta, sin contenido, de un nuevo plan antiterrorista que englobe no sólo a los partidos políticos sino también a sindicatos y organizaciones civiles, esa gran ONG que nadie sabe en qué consiste y que tenía por objetivo principal incorporar al PNV, el nuevo gran hallazgo de Zapatero. Un PNV que se desmarca por boca de Ibarretxe, quien, cómo no, exige la legalización de Batasuna y el acercamiento de presos de ETA al País Vasco, que es lo que lleva diciendo el PNV desde el año 2000. Y ¿ahora qué? Pues que tenemos que estar hablando de Rajoy cuando podríamos estar hablando de Zapatero.
Y lo más grave de todo ello es que —además de la animadversión personal y política que en el PP le tienen al Gobierno del PSOE y a su presidente— tenemos la impresión de que detrás de todos estos errores de Rajoy figura la estrategia calculada de agitar la crispación como método para alcanzar el poder, siguiendo el modelo de 1996, pero sin percatarse de que las situaciones no son en nada comparables. Y quienes promueven esa estrategia, el núcleo duro político y mediático del PP, antes tenían como argumento la conspiración del 11M, que quedó enterrada también entre los cascotes de Barajas —no en vano se decía que el pacto del Gobierno con ETA era para tapar la participación de ETA en el 11M—, y ahora han trasladado todas sus energías al flagrante fracaso de Zapatero en la negociación con ETA, pero les ha salido bastante mal, como lo revelan ahora sus propias encuestas. Y todavía a la banda política/mediática del bombo y la crispación la actitud de Rajoy le parece blandita y un poco tardía, porque algunos de sus publicistas ha escrito que el error consistió en haber tardado quince días en montar el debate de la gran bronca parlamentaria (sic).
En todo caso, quedan diez meses a cara de perro y con dos grandes citas electorales en el horizonte: autonómicas y locales en mayo, y generales a principios del 2008. Como queda el Congreso del PP del otoño y todas las campañas electorales y otros debates parlamentarios. Y ETA con las pistolas al cinto, y los nacionalistas y el PSOE sin saber por dónde tirar. No sabemos si Zapatero ha aprendido la dura lección de ETA —“la letra con sangre entra” es el lema preferido de los etarras—, pero Rajoy también debería sacar sus conclusiones. Porque ha tenido ante sus narices la mejor de las oportunidades para poner en valor su liderazgo y la alternativa de la oposición y no la ha sabido aprovechar.

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