AUN tratándose de un alfeñique de la política, no se le pueden negar a José Luis Rodríguez Zapatero unas grandes condiciones de fajador. Encaja los golpes del adversario sin un solo rictus. Le ayudan para que así sea su total carencia autocrítica y la fuerza de una ambición de poder tan desmesurada como inquietante. Cualquiera que no fuese él hubiera interpretado la bomba etarra del pasado día 30 de diciembre como la traca final de su monotemática legislatura; pero, lejos de entenderlo así, con las cejas rotas tras su último asalto frente a Mariano Rajoy, vuelve a predicar un «gran consenso democrático» contra ETA y, erre que erre, reclama para ello la presencia y colaboración del PP. Tenga la mano o juegue de postre, el líder socialista siempre consigue arrebatarle la iniciativa al del PP.

Ayer, en uno de esos desayunos que concentran la vida social madrileña, el presidente del Gobierno volvió a maravillarnos con uno de sus ya acostumbrados ejercicios de reversión. Pone cara de bueno y muy lentamente, silabeando, vino a decir que a-quí-no-ha-pa-sa-do-na-da. De no tratarse de un caso crónico de contumacia, podría entenderse como un virtuoso ejemplo de perseverancia. Volvamos a las andadas, viene a decir el presidente que ríe, después de saltar, sin inmutarse, por encima de dos muertos enterrados en Ecuador y unos cientos de miles de toneladas de cascote. Es insensible a la realidad y, en expresión que vuelve a tener sentido, inasequible al desaliento.

En lo que no le falta razón a Zapatero es en reivindicar para el Gobierno el protagonismo y la decisión en el trazado y ejecución de la lucha contra ETA. Eso está en todos los manuales en pie de igualdad, con la indicación de que las fuerzas democráticas deben reforzar al Ejecutivo con tanta fuerza como la que emplearán para exigirle, si llega el caso, la responsabilidad por sus fracasos y errores. Rajoy coincide en los fines y discrepa en el método, pero no es su turno y le toca desayunarse con uno de los sapos XXXL -inmensos- que el destino reserva para quienes, habiendo perdido el poder, trabajan para recuperarlo.

Incluso quienes no creemos posible, ni deseable, una solución negociada que, sin perder los papeles de la ética y la democracia -por ese orden-, pueda erradicar la presencia, no sólo terrorista, de ETA y sus cooperantes debemos hacer un acto de fe en la sostenida apuesta de Zapatero. Mejor sería disolver las Cámaras, convocar elecciones y empezar de nuevo con argumentos expuestos en los programas partidistas y refrendados por los ciudadanos; pero, mientras el cuerpo le aguante, el líder socialista entiende que es su «obligación» insistir por el camino que, muy expresivamente, negaron los etarras en Barajas. Rajoy tiene escasa posibilidad de reacción y respuesta porque su correoso adversario le ha vuelto a quitar la iniciativa.