LA LUCHA ANTITERRORISTA

De verdad están tan distantes Zapatero y Rajoy? Hablan un lenguaje radicalmente distinto. Si ustedes quieren, opuesto; pero, si se cotejan sus propuestas, se pueden intercambiar. ¿Cuáles son, en apariencia, las grandes diferencias? Si se trata de que Batasuna se presente a las elecciones, Rajoy exige que no lo haga, y Zapatero asegura que "no ve cómo" se puede presentar. Si se trata de la ley de Partidos, uno proclama su vigencia y el otro asegura que no se cambiará. Si se invoca la justicia y el cumplimiento de la ley, el presidente jura por sus muertos que así se hace. Sólo había una diferencia radical en cuanto a la negociación, pero el atentado de Barajas los aproximó. Y digo "había", porque ayer mismo Zapatero insistió en que, después del 30 de diciembre, "no hay quien contemple un diálogo".

Inducido por estas intuiciones, Iñaki Gabilondo hizo un interesante ejercicio en su informativo de la Cuatro: planteó las mismas preguntas a Ramón Jáuregui (PSOE) y Gabriel Elorriaga (PP) y el resultado ha sido que sus posiciones políticas se parecen como dos gotas de agua. Hasta coinciden en que los etarras deben deponer las armas antes de cualquier acto que parezca una negociación. El único matiz que empaña esta coincidencia intelectual es la nueva condición sobrevenida del PP: ilegalizar al Partido de los Comunistas de las Tierras Vascas. Pero no debiera ser un obstáculo insalvable si realmente hubiera una voluntad de entendimiento.

Lo que falta, por tanto, es voluntad. Que no se extrañen los señores Zapatero y Rajoy de que bastantes cronistas veamos más representación teatral que diferencias objetivas en sus posiciones. Y una representación teatral en asuntos tan serios sólo puede tener una justificación: por un lado, la intención de asestar un golpe contundente al Gobierno y, por otro, la tentación de aislar al Partido Popular, con todas las facilidades de este partido. Con lo cual, estamos en la más penosa de las situaciones: el terrorismo, utilizado con fines de partido; el terrorismo, utilizado como vía de acceso o de mantenimiento en el poder; es decir, lo que siempre han condenado los españoles.

A todo esto, se expresó el Gobierno vasco e hizo públicas sus aspiraciones para entrar en el "macropacto" que Zapatero propone: revisión de la ley de Partidos, política penitenciaria, más esas cosas sabidas de la concurrencia electoral de Batasuna y la desaparición de las presiones políticas que los nacionalistas suponen que se ejercen sobre los tribunales de Justicia. Esos sí que son condicionantes, y no los que separan a Rajoy. Lo que ocurre es que los plantean al revés: mientras Rajoy truena en el Congreso, el portavoz nacionalista señor Erkoreka se deshace en voluntad de colaborar, haciendo bueno también el rumor de que existe un PNV de Imaz y "el de siempre".

¿Y van a decirnos que es más fácil el acuerdo con los nacionalistas que con los populares? Es tan necesario, desde luego: la normalización de la vida política vasca (que no es sólo terrorismo) pasa por un acuerdo con el nacionalismo. Todo lo que no sea acuerdo es imposición. Pero facilidad, ninguna.

Así están las cosas. El señor Rodríguez Zapatero se encuentra en una pintoresca situación: con quien se puede entender porque buscan lo mismo, no quiere o no lo aceptan. Con quien le pondrá las cosas casi imposibles, lo necesita y lo busca. A veces dan ganas de preguntarse para qué se quiere un nuevo pacto, si no hace más que complicar la vida del Gobierno. Pues bien: yo lo empiezo a preguntar.