ALGO se está moviendo. De una manera paulatina y cautelosa, pero constante, el discurso del presidente gira de nuevo, al primer respiro, hacia el optimismo previo al atentado de Barajas. A La Moncloa han debido de llegar ecos de alguna «txalaparta» tocada desde el otro lado de la muga. Otegi chamulla -aunque luego lo corrija, alegando defectos de traducción, el «académico» Barrena- guiños voluntaristas que tienden puentes de plata al designio zapateril. Imaz descubre en Batasuna el inédito poder de «desarmar a ETA». Y el Optimista Antropológico, acunado en la ola de la manifestación y mecido por su rentable victimismo ante la implacable requisitoria de un Rajoy sobreactuado, percute con medida ambigüedad en su idea de recomponer «el Proceso» por encima de los escombros de la T-4, que aún parecen un paisaje de Bagdad entre la niebla de enero. Esta gente sigue en lo suyo. Están levantando ese Plan B que ha echado de menos, con su pragmatismo ventajista, Felipe González. Mejor dicho, el Plan C, porque el B ya lo han montado, y además les ha salido bien; consistía en descargar sobre el PP parte del peso del fracaso.

En un papel del entorno nacionalista se habla del «atentado con víctimas accidentales», matiz semántico que da sentido a los reiterados lapsus de Zapatero. Así que tenemos unos muertos casuales que los terro-pacifistas no querían matar, unos batasunos supuestamente deseosos de reconducir por el buen camino a sus patronos, unas masas callejeras que repiten el mantra de la pazzzzzzz y un ambiente político favorable en el que sólo el PP insiste en fruncir el ceño de la desconfianza y el recelo. Falta una pieza, pero está encargada: la creación de un argumentario «de las dos almas» de ETA, una fenomenología improvisada según la cual estaría a punto de producirse una quiebra en el seno de la banda. Con todos esos ingredientes, la inicial firmeza rupturista de Rubalcaba se disuelve, poco a poco, en un pote de voluntarismos que pronto alguien va a meter en el microondas para recalentar el espíritu del 29 de diciembre. El Proceso va. Más lento, tambaleante, con más cautelas. Pero va. Quizá nunca haya dejado de ir, en realidad.

¿Y lo de Barajas? Nada, un incidente doloroso, un contratiempo inevitable, un triste peaje en el camino. Ya había avisado Zapatero de que habría sufrimiento y algún percance. Lástima de chicos, esos ecuatorianos tan inoportunamente dormidos en la orilla de la Estigia. Pero ya están lejos, al otro lado del mar, reposando en el silencio yermo del Altiplano. Despachados sin ruido ni honores; no hubo junto a sus féretros un presidente con la corbata negra y los dientes apretados. Y cuando acaben de trabajar los bulldozers en la T-4, no quedarán más huellas de la tragedia que un vago recuerdo dolorido, una leve cicatriz en la piel de la conciencia. Si alguien pregunta alguna vez, cuando vuelvan a sonar los melifluos violines de la pazzzzzzz, quizá le digan en voz baja que fue un mal sueño.