EL RUNRÚN

El sábado, tras cerrar en la redacción de La Vanguardia en Madrid la crónica de la manifestación de aquella tarde, salí a la calle con la intención de comer cualquier cosa en una barra y luego tomarme un par de whiskeys en un bar irlandés que hay cerca - Bó Finn, en Velázquez con Diego de León-, al que a menudo voy cuando duermo en esa ciudad. Estaba cerrado el restaurante que hay en Núñez de Balboa, cerca de María de Molina, y también un bar - Alhambra, creo que se llama- que está en Velázquez con General Oráa. El caso es que fui andando por aquellas calles y, al rato, vi una cervecería discreta que me pareció ideal para mis intenciones: La Pequeña, en una travesía de Lagasca.

Mientras leía la carta de platos que cuelga de la pared pedí una cerveza y unas patatas bravas. Cuando me las sirvieron volví a sorprenderme. Siempre que pido patatas bravas en Madrid me sorprendo de que sigan siendo bravas de verdad, con salsa roja y picante. Hay incluso una cadena de bares cerca de la plaza del Sol - ¿Las Bravas, se llama?- que tiene ese producto como estandarte (las preparan desde hace más de un siglo, creo), y si quieres puedes comprar la salsa en botellas, para llevártela a casa. Pero en cualquier bar de Madrid, por sencillo que sea, pides patatas bravas y te las sirven bravas.

En Barcelona no es así. Hay algunos lugares -el Bar Tomàs, de Sarrià, a la cabeza- donde las patatas bravas lo son, pero en la apabullante inmensa mayoría de los bares barceloneses (y de Catalunya entera) cuando pides te las sirven con una salsa rosa, más cerca del ketchup y la mayonesa que de la auténtica salsa de patatas bravas. Hace décadas que es así.

Pero antes no. Antes, también en Barcelona las patatas bravas lo eran. No sólo en el espléndido Sanlúcar que había en la Rambla, cerca del Cosmos y de donde ahora hay un edificio de la Pompeu Fabra. En cualquier bar barcelonés aparecían teñidas de rojo, y tan picantes como la bravura de su nombre indica. ¿Cuándo empezó a cambiar todo? ¿A finales de los años setenta, a principios de los ochenta? Un día, en el restaurante Rías de Vigo, del Paral · lel barcelonés, el hombre que había tras la barra - no sé si era el amo o un camarero- me explicó que había llegado a Barcelona años atrás, y que al principio las preparaba tal como mandan los cánones, tal como las había preparado toda su vida. Pero pronto tuvo que ceder a las quejas de la gente ( "¡Es que pican mucho...!") y también él acabó convirtiendo sus patatas bravas en la bazofia exangüe de la que gustan los catalanes.

De esa disparidad culinaria ¿se podrían extraer conclusiones sociopolíticas? Seguro que sí. ¿Cabría achacar al carácter catalán (acomodaticio y pactista) el hecho de que los bares de aquí hayan inclinado la cabeza ante la dictadura de los panolis que piden platos picantes que no piquen?Según los neoconformistas, ¿hay que entender esa actitud como algo positivo, que nos desmarca del bruto esencialismo? Qué brillante metáfora identitaria, cuántas filigranas del tres al cuarto podrían armarse a partir de ese amaneramiento coquinario, si no fuese porque lo que fastidia de verdad (por mí, las conclusiones sociopolíticas pueden confitárselas) es que - con las pocas excepciones sabidas- en los bares catalanes las patatas bravas merecen siempre un cero patatero.