No hay lugar en el mundo para sentirse en la civilización como Londres. En Nueva York uno puede sentirse en la modernidad, o incluso en el futuro, y en París, en la alegría del vivir o en otros mitos del pasado, pero ninguna gran ciudad nos proporciona una superior vivencia de civilización como Londres, con su eficaz densidad de formalidades.

Aquí como en ningún otro lugar del mundo se percibe algo tan elemental como que la sociedad se aguanta y se consolida por las formas. O por la continencia del instinto y por la idea de pacto, por la fuerza del diálogo social y por el sentido del continuum de la historia. En la admirable civilización británica, que es una construcción sin grandes altibajos, la formalidad no se entiende tanto como represión sino como norma de conducta básica.

Y luego está la ética de la responsabilidad individual, que es lo que ha hecho grandes a los países europeos de prosperidad antigua. Nosotros, los mediterráneos, solemos creer que la miseria material es una desgracia que te toca, en general sin ninguna responsabilidad por tu parte. En los países de matriz protestante creen que es una vergüenza. Consideran que la miseria material es un reflejo de la moral. Lo de fuera es una manifestación de lo de dentro.

Por Londres pasa hoy el mayor flujo financiero del mundo. Más que Wall Street, la City es hoy el centro neurálgico de la globalización económica. Y eso también tiene que ver con las maneras y con el respeto en el trato a la gente. Y con el modo como se montó y se desmontó el imperio británico, tal vez el más civilizado y el mejor exportador de civilización de todos después del imperio romano.

En Londres es visible, tanto o más que en París o en Nueva York, que la multirracialidad, o que la evolución - física y moral- hacia una única raza humana, es ya uno de los signos de nuestro tiempo. Claro que la sociedad tradicional se siente también aquí amenazada, y más después de los atentados en el metro. Pero nadie duda de que la libertad va a ganar la partida a la intolerancia.

La sociedad británica siempre ha sido una sociedad muy vigilante, como ponen de relieve las obras de sir Arthur Conan Doyle, Alfred Hitchcock o Agatha Christie, tan basadas en la observación del entorno y en la sospecha de lo que se sale de norma. Y es que las brumas, tan características del mundo céltico, auspician tanto el misterio y las fantasmagorías como la necesidad de marcar bien los límites de las cosas.

Es una vigilancia moral en el sentido en que la conceptuaba John Stuart Mill, cuyo centenario acaba de conmemorarse. En su luminoso ensayo Sobre la libertad (1859) decía: "Si la sociedad deja que un número considerable de sus miembros crezcan como niños, incapaces de ser influidos por la consideración racional de las causas remotas, el reproche por las consecuencias es imputable a ella misma".

Stuart Mill, que se fue a vivir y a morir a Aviñón para estar cerca de la tumba de su mujer, que murió allí de paso hacia la Costa Azul, consideraba que, para que la libertad fructificase, había que contar no sólo con "los poderes de la educación" sino también con "la autoridad de la opinión". La seguridad, más que de una autoridad externa, depende de la libertad interior, de la solidaridad y de la confianza de cada sociedad en ella misma.