Si hubo algo que se puso ayer de manifiesto con toda la crudeza posible fue la enorme brecha que separa, hoy por hoy, a los dos principales partidos mayoritarios en lo que a política antiterrorista se refiere –en todo lo demás, también, pero quizás tenga menos relevancia-. Los puentes, los consensos, están prácticamente destrozados y no se observan muchas posibilidades de reconstrucción, al menos mientras Rodríguez Zapatero siga siendo el presidente del Gobierno. Ayer tuvo una oportunidad de oro para reconducir todo lo que había torcido y retorcido, y en lugar de eso dio la sensación de que en el banquillo de los acusados en lugar de sentarse la pandilla de canallas, los asesinos de ETA, se sentaba el PP. Seguramente me dirán ustedes que tampoco Rajoy se quedó corto, y es cierto, pero también lo es que fue Zapatero quien rompió los consensos y a quien ahora le toca dar cuenta de por qué lo hizo, vistas las consecuencias de sus actos, de ahí que Rajoy tuviera toda la razón de su parte a la hora de exigirle la oportuna explicación.

Y, francamente, nos quedamos sin saberlo. Es más, del discurso de Zapatero lo único que se puede sacar en claro es que él no se ha equivocado en nada más que en su afirmación del 29 de diciembre, aquella en la que dijo que dentro de un año las cosas estarían mejor. Era tan evidente, no el error, sino el espantoso ridículo al que le condujo la propia ETA unas horas después, que no le quedaba otra alternativa que la de admitir la evidencia y disculparse por ella. Pero del verdadero error, el que le llevo a iniciar un diálogo político con ETA, no ya hace unos meses, sino hace más de tres años, cuando era líder de la oposición y ponía una vela a Dios y otra al diablo sobre las tumbas de sus propios compañeros de partido, de ese error todavía no ha pedido disculpas, y ese error es el que ha tenido como consecuencia fatal dos muertes. Es cierto que ayer Zapatero endureció ligeramente su discurso, pero no le quedaba otra salida, y de alguna manera era su válvula de escape para evitar dar explicaciones sobre lo que ha pasado y, sobre todo, sobre lo que va a pasar. Pues bien, después del pleno de ayer, seguimos sin saber cual es la política antiterrorista que va a seguir.

Porque si alguien puede decir que del debate de ayer sale con una victoria en el bolsillo no son ni Zapatero, ni Rajoy. Es ETA la que, por obra y gracia del ‘proceso de paz’ de Zapatero ha conseguido la mayor de sus victorias: destrozar el consenso democrático en la política antiterrorista. De esa victoria de los etarras muchas explicaciones tendría que dar el presidente del Gobierno, pero tampoco escuchamos ninguna. El discurso del presidente fue un conjunto de vaguedades vacías de contenido, con alguna que otra concesión a la dureza frente a los terroristas del tipo de que la Ley de Partidos está vigente, algo que lleva diez meses repitiendo. Pero, si eso es así, ¿por qué no empieza por promover la ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas cuya vinculación con Batasuna-ETA es algo más que evidente? No es posible fiarse de la palabra de quien dice las cosas y luego no las cumple. Zapatero ha cimentado su política sobre la mentira, y no sabe hacer otra cosa que no sea la práctica del engaño, la hipocresía y el cinismo.

A falta de otros argumentos más sólidos, Zapatero redujo su defensa del ‘proceso’ a una permanente referencia del pasado, una insólita comparación con otras treguas que se caía por su propio peso. Porque, si todas habían fracasado, ¿qué justificación había para volver a cometer el mismo error? Ninguna, o al menos él no pudo darla porque, en el fondo, su justificación radica, como le dijo Rajoy, en que comparte algunos de los objetivos de la banda en la medida que también suponen la deconstrucción de España como Nación. Y, claro, no podía faltar Aznar en la sinrazón que comprendía la ausencia de argumentos de Zapatero, pero olvidó decir que la tregua del 98 no la declaró ETA al PP, sino al PNV, y tuvo Zapatero la osadía de afirmar que nadie entonces se atrevió a decir, después de que ETA rompiera aquella tregua, que la misma había servido para fortalecer a la banda... Pues bien, yo le daré un nombre: Jaime Mayor Oreja se pasó toda la tregua diciendo que era una trampa y que ETA saldría más fortalecida. Y ese Jaime Mayor Oreja, que mucho está teniendo que ver en la posición de Rajoy en este asunto, estaba ayer sentado en la Tribuna de Invitados, expectante, como todos.

Frente al desierto de ideas y políticas que ofreció, tristemente, Zapatero, el líder del PP brilló donde mejor sabe hacerlo, en el debate parlamentario, resaltando las enormes carencias de un presidente cuya única obsesión era conseguir de Rajoy el reconocimiento a que fue él quien propuso en su día el Pacto Antiterrorista. Y Rajoy ni siquiera le concedió esa satisfacción a quien, precisamente, ha enterrado el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo en el fango de la indignidad de una negociación que todavía sigue formando parte de la política de Zapatero. Porque, si de algo pudimos tener ayer constancia, es de que el presidente va a seguir hablando con ETA, al tiempo que intenta esconder esa negociación en las turbias aguas de un pacto al que Rodríguez quiere llamar a todos para no llevarlos a ninguna parte: a los partidos políticos, a los sindicatos, a los empresarios, a los inmigrantes, a las ONGs, a los taxistas, a las asociaciones de jubilados, a las amas de casa, a los clubs de fútbol, a los de acá, a los de allá, a los que suben y a los que bajan, a los que pasan hambre, a los que tienen frío, a los que están cerca, a los que están lejos, a los que ríen, a los que lloran... En fin, que algunos ya lo han bautizado como el Pacto de la Coca Cola.