Zapatero-Rajoy a cara de perro: no buscan la unidad sino la adhesión del otro, de Antonio Casado en El Confidencial
El cuerpo a cuerpo parlamentario de Zapatero y Rajoy fue un debate de tonos, no de contenidos. Ahí ganó quien fue de humilde e incluso pidió perdón por algún error cometido, aunque fuese por cálculo de conveniencia. El bronco fue Rajoy. La desmesura, los excesos verbales, los ataques personales, la descalificación del adversario (frívolo, imprudente, no fiable) tienen efectos demoledores ante las cámaras, las de televisión, no las del Parlamento. Si además se televisa la destemplanza de los seguidores, los diputados del PP, con numerosas interrupciones al presidente del Gobierno, peor que peor.
En cuanto a contenidos, muy mal los dos. Ambos venden un discurso especulativo. El núcleo del discurso de Zapatero es una incógnita no despejada sobre una posible vuelta a los tratos con ETA. A partir de ahí, la conjetura. Y el de Rajoy, una asignación de intenciones: el Gobierno no solo volverá a sentarse con ETA sino que, además, cederá a sus exigencias. Típica argumentación preventiva -como las guerras de Bush-, de cuyo acierto o desacierto solo el paso del tiempo podrá dar fe.
Por lo tanto, si al presidente del Gobierno no le da la gana ser explícito respecto a sus verdaderas intenciones (¿habrá nuevos tratos con ETA o no, antes de que dejen las armas?), está invitando a Mariano Rajoy a instalarse encantado en la arbitraria sospecha de que el Gobierno está dispuesto a entregarse a ETA de pies y manos.
Como la política es cualquier cosa menos inocente, me parece que tanto los sobreentendidos de Zapatero como el inclemente procesamiento de sus intenciones por parte de Rajoy, no son sino la expresión de sus respectivas apuestas electorales. Para ser efectivas tienen que ser diferentes, incluso contrapuestas. Pero la exigencia de diferenciación no reclama precisamente nada parecido al consenso, unidad o frente común de los dos partidos que se disputan el poder. Por eso las llamadas del presidente a la unidad de los partidos, en una especie de Pacto Antiterrorista ampliado, estaban condenadas al fracaso.
O, mejor dicho, estaban deliberadamente orientadas al fracaso, porque lo que Zapatero quiere del PP es su adhesión incondicional a la política antiterrorista del Gobierno, porque así lo manda la Constitución, mientras que el PP no desea apoyar a Zapatero sino que Zapatero abrace las tesis de Rajoy sobre la derrota pura y dura de ETA en el marco del viejo Pacto Antiterrorista. Y ninguno dio su brazo a torcer. En este sentido, la sesión de ayer en el Congreso fue más de lo mismo. Nos la podíamos haber ahorrado porque, aparte de los tonos, uno más exaltado, el otro más comedido, no se produjo ninguna novedad respecto al punto donde se cruzan los dos discursos: ¿Debe un Gobierno democrático tratar con una banda terrorista? O, más concretamente: ¿Debe un Gobierno volver a sentarse con una banda terrorista que le acaba de dejar en ridículo?
Esa es la incógnita no despejada en el discurso de Zapatero. Y esa ambigüedad del presidente suscitó en Rajoy la más grave de sus conjeturas sobre una supuesta negociación del Gobierno con ETA: "Si pone bombas, es que el Gobierno incumple. Y si no pone bombas, es que el Gobierno ha cedido". Zapatero le pidió que retirase tan insidioso argumento y Rajoy, desde el escaño, hizo un no muy expresivo con la cabeza.
Así están las cosas. Respecto a la unidad de los partidos contra el terrorismo, de mal en peor. Solo las urnas o la propia ETA, con algo que ni se nombra, pueden hacer el milagro de la reconciliación PSOE-PP para acabar con el terrorismo. De momento, una quimera.
