Lo hemos escrito alguna vez desde el estallido del coche bomba en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, Zapatero no está en condiciones políticas, psicológicas y puede que ni físicas para hacer frente a la grave situación política y abordar lo que queda de la legislatura. Ayer en el Congreso de los Diputados ofreció pruebas de su debilidad, sin discurso, sin capacidad de réplica, deambulando como un zombie en el debate y con su eterno discurso de la unidad de los demócratas contra el terror de ETA. Pero esta vez no sólo de los partidos políticos, sino ampliado también a las fuerzas sociales y las cívicas, como si estuviera proponiendo la creación de una gigantesca ONG para los asuntos del terrorismo, la paz y el fin de la violencia.

Naturalmente, el líder de la oposición, Mariano Rajoy, le dijo “no”, que no apoyará más pacto que el antiterrorista del 2000, ni aceptará extrañas compañías como las que en la política amparan a Batasuna, en referencia al PNV y ERC, confirmando las diferencias y la ruptura sin solución entre el Gobierno y el PP de aquí al final de la legislatura. Y los dos haciendo alarde de lo mucho que los separa, tanto en lo político como en lo personal.

De la crisis en vigor y estas tensiones tiene mayor responsabilidad el jefe del Gobierno que el líder de la oposición, por el cargo que ocupa y porque en esto de la negociación con ETA Zapatero llevó la iniciativa, tomó sus riesgos y además —y sorprende que Rajoy no lo haya dicho— ha sido el único presidente del Gobierno que se ha lanzado a negociar con ETA sin el apoyo del primer partido de la oposición. Y es precisamente por eso por lo que tuvo que dar explicaciones y asumir responsabilidades. Y no sólo por la metedura de pata del 29 de diciembre cuando declaró que estábamos mejor que nunca y que el 2007 sería un gran año en el camino del fin de la violencia. Sino porque no quiso reconocer ni el fracaso de su negociación ni los errores cometidos a lo largo del proceso, que han sido muchos.

Y esta incapacidad del presidente de reconocer los errores importantes, su aspecto de franca debilidad y desconcierto y la ausencia de un proyecto para responder a ETA de una manera contundente e inmediata, con excepción de esa gran ONG en la que quiere convertir el Pacto Antiterrorista, produce una pésima sensación. Y trasmite a los ciudadanos una sensación de orfandad o de estar, en estos momentos cruciales, ante un vacío de poder bajo la presidencia debilitada y confusa de Zapatero, en un momento en el que se esperaba de él un discurso potente, serio y muy concreto sobre la respuesta, o respuestas inmediatas que hay que dar a ETA en los próximos días o meses. Nada de nada, el presidente llegó sin discurso político y en el turno de réplica apareció perdido en la tribuna, sin saber qué decir y repitiendo como un niño que el Pacto Antiterrorista, que ahora quiere enterrar, lo inventó él. ¿Y qué?

Penoso el espectáculo del presidente que, confundido, le llegó a decir a Rajoy en su intento de réplica que no tiene ni idea del terrorismo, de la misma manera que le acusó de decir siempre que no a todo lo que se le propone, lo que sí es verdad. Pero lo que no dice ni quiere reconocer el presidente es que sembró vientos contra el PP desde el inicio de la legislatura, buscando su aislamiento y soledad, y ahora ha recogido un huracán que se veía venir por la frivolidad de su trayectoria y la falta de señales sobre la voluntad de ETA de dejar las armas. Se veía venir, como lo del Estatuto catalán, o la candidatura de Madrid, o la Ley de la Memoria Histórica, etc. Y Rajoy lo estaba esperando y lo cazó a bocajarro, tirando a parado de una manera inmisericorde, implacable, despectiva —eso es lo que le pierde al líder del PP—, pero a la vez concreta y eficaz. Porque en la parte descriptiva de su discurso el presidente del PP estuvo impecable. Hizo el relato exacto y verdadero, qué había ocurrido y ocultado Zapatero, sobre lo que pasó desde el inicio de la negociación hasta el día de hoy. Empezando porque el presidente había unido este diálogo con ETA a sus reformas autonómicas y pretendidos cambios constitucionales, y siguiendo por todos los errores y mentiras del proceso, así como las concesiones que le hizo a ETA.

Hasta ahí, en la parte descriptiva, certera y crítica con lo ocurrido, el mejor Rajoy, que concluyó diciéndole a Zapatero que no tiene credibilidad y que el PP no acepta ya más pactos que el antiterrorista del año 2000. Pero el jefe del PP —que se hizo rodear en la Cámara con aquellos dirigentes de su partido que eran favorables a la presencia popular en la manifestación: Piqué, Gallardón, Aguirre, asunto que misteriosamente no salió en el debate— quería más. Esperaba, y acertó, un discurso débil y huidizo de Zapatero y él traía, como un Moisés furioso, las tablas de la ley, para poner punto final a la bacanal del becerro de oro, o del baile promiscuo del Gobierno con los nacionalistas. Vio tocado a Zapatero en el primer asalto, y fue a por él en cuanto sonó la campana que abría el segundo round, y fue despiadado a buscarle el hígado, la cabeza y el mentón, hasta que lo tuvo en las cuerdas, y encima lo insultó. Le dijo cosas como que “no era fiable, que no tenía capacidad de análisis, que es un imprudente, que no da la talla, que le toman el pelo, que se equivoca en todo, que se atropella, que peca de jactancia, que apoyarle es un suicidio, que está falto de liderazgo, que rumia el desconcierto y balbucea palabras incomprensibles y que lo que propone es la carabina de Ambrosio”.

Ahí queda todo eso. Y todavía Zapatero le puso la otra mejilla, y le dijo que daba por zanjado todo esto si finalmente el PP aceptaba la unidad del nuevo pacto. Y solamente Zapatero se enfadó cuando, subiendo el tono y la agresividad, Rajoy le dijo que con ETA no se puede dialogar, “porque si usted no cumple le pondrán bombas, y si no hay bombas, es porque ha cedido”. El presidente le pidió a Rajoy que retirara las palabras y el jefe de la oposición, moviendo la cabeza desde su escaño, le contestó que no. A Rajoy le puede la animadversión y el desprecio que siente por Zapatero, aunque sea su presidente del Gobierno, como dice para justificar sus visitas a la Moncloa o para admitir que acudirá a la cita del Pacto Antiterrorista aunque no sirva para nada. Y esa soberbia y transformación en el increíble Hulk del Congreso de los Diputados en la que suele caer Rajoy en los grandes debates le impide llegar a convencer de una vez y a su favor a ese sector moderado del centro político, que está aterrorizado con ETA y con el vacío de poder y de liderazgo del palacio de la Moncloa. Como en el cuento del alacrán, que se suicida picando a la rana que lo transporta para vadear el río, a los dos les puede el carácter: a Rajoy la ira, y a Zapatero la tontería circunstancial, el talante y todas esas lindeces que no caben en la política, y menos aún para hablar con ETA.

Sin embargo, en este caso, los hechos, la cruda realidad, juegan a favor de la oposición y todo apunta que Zapatero se volverá a equivocar. O ¿acaso cree el presidente que el PNV, con los que jugó a la escena del sofá, se van a oponer con todas sus fuerzas a que Batasuna o un sucedáneo se presente a las elecciones locales vascas? Y no digamos si ETA vuelve a hacer acto de presencia con otro ataque brutal, mientras el presidente está dedicado a pedir firmas de apoyo a los sindicatos y a las agrupaciones de actores y otros artistas para su nuevo pacto contra el terrorismo, sin el PP que representa al 42 por ciento de los españoles, y que podría, por su parte, intentar reunir sus propios apoyos sociales y civiles al pacto del año 2000 si las cosas siguen como van.

El espectáculo político de ayer fue el del desencuentro final entre el PSOE y el PP, con alta crispación y con claros tintes electoralistas porque los comicios de la primavera están al llegar. En los pasillos del Congreso, José Blanco contaba, para justificar el desvarío del presidente, que él tiene una encuesta que demuestra que los ciudadanos culpan al PP de la falta de unidad de los demócratas ante el terrorismo. Él también tenía la convicción de que el presidente había cometido errores, como los que subrayó ayer Rajoy, pero Zapatero lo mandó callar. Como callado, y suponemos que asombrado y preocupado, parecía ayer el ministro Rubalcaba —¡que salga Rubalcaba!, se decía desde la tribuna de prensa cuando el presidente, perdido en la réplica, no acertaba con nada— cuando vio cómo su pupilo (que quizá no debió regresar de Doñana) seguía jugando a Bambi, a Gandhi, al diálogo con ETA a la primera oportunidad y a esa gran esperanza blanca del pacto con el PNV que les puede llevar a otro gran fiasco en un plazo no muy lejano porque Ibarretxe —no sólo manda Imaz— no le va en nada a la zaga a su amigo Carod-Rovira, y porque ETA todavía puede sacar las actas de la negociación del alto el fuego, y alguna bomba más.

Un analista de la tribuna de prensa vio el debate como si Zapatero se presentara a una moción de confianza de la Cámara, algo de cierto hay en ello; otros lo vieron como el preámbulo de una moción de censura que estaría preparando el PP a nada que salte otra chispa, otro atentado u otra fractura en el Gobierno, entre los aliados del presidente o incluso en el PSOE. Ayer Bono se despachó, con florituras, a gusto contra Zapatero, diciendo que no más diálogo ni discursos de paz. Otros dirigentes emblemáticos del PSOE llevaban en el rostro la decepción por lo ocurrido. A Gallardón y a Piqué más bien se les veía en la cara la sensación de que su jefe de filas pisó demasiado a fondo el acelerador.